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Old April 11th, 2011 #1
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Default Los indoeuropeos: Orígenes y migraciones - Adriano Romualdi

El objetivo de este hilo es transcribir, a razón de un capítulo por semana, la obra de Adriano Romualdi Los indoeuropeos: orígenes y migraciones, de la cual ya presenté un capítulo en este mismo foro. El Círculo de Estudios Indoeuropeos se encargó hace algunos años de traducir la obra al castellano y esa es la edición que utilizaré para hacer el trabajo de transcripción. Les recomiendo que estén atentos a la evolución de este hilo, porque se trata de una obra, sin lugar a dudas, imprescindible a la hora de responder muchas preguntas sobre nuestro propio origen.
 
Old April 22nd, 2011 #2
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Prefacio a la edición castellana

El presente libro podría ser un manual universitario, en el cual se podrían haber estudiado los orígenes de nuestros pueblos de un modo claro y fecundo. De hecho, lo habría sido si en 1945 hubiese vencido Europa. Sin embargo, desgraciadamente, en ese oscuro año se consumó un desastre mucho más vasto que una derrota militar. Dos concepciones del mundo se enfrentaron en una guerra por la existencia. Todavía continúan haciéndolo. Ya no son los esqueletos de sus ciudades arrasadas lo que ven los ojos de los vencidos, ni lo que oyen es el fragor de las bombas, sino que lo que contemplan es un mundo extraño, fundado sobre valores profundamente ajenos, mientras que los bombardeos han sido sustituidos por un proceso permanente de desinformación, de simple mentira. Lo que se consumó en 1945 no fue una mera derrota militar. El cese de las hostilidades fue seguido por una política de “vacunación” destinada a evitar una nueva toma de conciencia, un rearme ideológico y ético, a la par de humano, que permitiese a Europa reanudar la lucha. El Sistema concibió planes y estableció directrices en los más diversos ámbitos. Y uno de sus objetivos esenciales consistió en llevar a cabo un proceso de eliminación de las señas de identidad de Europa, en cuyo contesto se encuadra la extensión de la confusión sobre el origen y naturaleza de Europa: el hecho de que la etnología, la arqueología, la antropología, junto al estudio de las religiones o la sociología antigua hasta mediados de la década de los cuarenta hubiesen establecido que los primeros indoeuropeos habían constituido un pueblo aristocrático, guerrero, de origen septentrional y de raza nórdica, poseedor de una concepción de la vida y de lo sagrado enraizada en una tradición viva y a la vez inmemorial, y que grupos surgidos del seno de este pueblo hubiesen sido origen a diversos ciclos de civilización, creaciones análogas de un mismo elemento espiritual y humano: la India, el irán, la Hélade, Roma, la Céltica… poseía demasiadas implicaciones «peligrosas» y las consecuencias a deducir resultaban eran demasiado evidentes, y no en vano el estudio y la reivindicación del mundo indoeuropeo había ocupado una posición central en la ideología y el «mito» que acababa de ser derrotado (Lothar Kilian alude a esta cuestión cuando escribe «pronto tras la Segunda Guerra Mundial se consideró que la única tesis planteable era la del origen oriental de los indoeuropeos mientras que la tesis del denominado círculo nórdico quedaba anticuada». No cabe mayor sutilidad) Por esta razón se falsearon datos de excavaciones, se elaboraron teorías absurdas (se pretendió que la lengua indoeuropea se reducía en realidad a un conjunto de isoglosas y poco más, que la Europa central y nórdica había sido indoeuropeizada lingüísticamente por los portadores de culturas arqueológicas de las que no existe el más leve indicio en esos espacios, que los indoeuropeos originarios, en realidad, no eran sino campesinos anatolios del primer Neolítico… y así hasta la saciedad y no se tuvo escrúpulo en mentir deliberadamente y a conciencia. La «cuestión indoeuropea» había sido completamente «desactivada».

En el presente trabajo, que mereció la alabanza del especialista en indoeuropeística Giacomo Devoto, y que constituyó la introducción a la edición italiana obra de H. F. K. Günther, Frömmigkeit nordischer Artung, y en el caso del excurso sobre los orígenes del latín, un artículo publicado en la publicación Ordine Nuovo (nº 4, diciembre 1971), Adriano Romualdi realiza una doble tarea: por un lado, recogiendo los trabajos de especialistas que realizaron su obra hasta la década de los cuarenta (Specht, Meyer, Schulz, Antoniewicz, el propio Günther…) conjugándolos con los resultados de la lingüística comparada de décadas posteriores (Krahe, Thieme) exponiendo un corpus doctrinal del máximo nivel científico que resulta contundente en sus conclusiones, estableciendo claramente la ubicación de la Urheimat de nuestros antepasados en la zona comprendida en el sur de Suecia, Dinamarca, y la llanura germano-polaca; por otro, somete a una severa crítica las tesis que durante años intentaron ocultar esta realidad, a veces incluso con cierto humor negro (C. H. Boettcher ha llamado la atención con cierta sorna sobre el hecho de que la expansión del Ejército Rojo hasta el Elba contribuía a hacer verosímiles las fantasías de jinetes nómades indoeuropeos que arrasan Europa procedentes de las estepas del sur de Rusia). En este sentido debemos expresar cierto optimismo, puesto que la comunidad científica, superada la presión de la posguerra, va guiándose cada vez más por criterios propiamente histórico-arqueológicos, en vez de político-ideológicos, con la lógica consecuencia de la revitalización de los planteamientos y teorías que se exponen en el presente trabajo. No obstante, durante los casi treinta años transcurridos desde la publicación se han producida numerosas novedades en los campos de la prehistoria y la lingüística que nos han obligado a introducir una serie de notas con el fin de poner al día la argumentación que desarrolla el autor sobre el origen y la personalidad étnica de los indoeuropeos. Uno de los elementos nuevos que han venido a trastocar todos los planteamientos sobre la prehistoria europea ha sido la revolución cronológica que ha supuesto la datación mediante el carbono 14 y su posterior calibración siguiendo diferentes métodos. En consecuencia, hemos tenido que readaptar toda la cronología empleada por el autor, quien redactó su trabajo en los albores de esta transformación, haciéndola retroceder sustancialmente*.

Es el origen racial común la base de nuestro nacionalismo europeo: no lo son las necesidades geopolíticas, ni el haber compartido una historia común, ni tampoco tener unas formas culturales muy semejantes, sino que es un nacionalista basado en la sangre. Si nuestras etnias tienen unas formas culturales comunes, si nuestros estados deben unirse política y militarmente, si nuestra gente debe seguir recorriendo la historia unida, es porque biológicamente somos un único pueblo, sin ello nada de lo demás tendría demasiado sentido, ni demasiada importancia. Somos lo descendientes de aquellos indoeuropeos que dieron comienzo a sus migraciones desde el norte de Europa a finales de la última glaciación: comunidad de lengua y comunidad de ideas, pero, ante todo, comunidad de sangre.

También, desde el CEI, y haciendo honor a nuestro nombre, queríamos dejar claro definitivamente un tema fundamental para todo el nacionalsocialismo hispánico, como es del origen de los indoeuropeos, nuestra identidad como tales y, como subraya, Adriano Romualdi, el valor de lo indoeuropeo como «mito cohesionador» para el nacionalismo europeo. Tradicionalmente hemos venido chocando con cierto miope nacionalismo español que se contentaba con el ramplón y simplista «España es diferente», cuando no apelaba a la «España mestiza» «crisol de razas» y demás (el «nacional-masoquismo» al que J. M. Fernández-Escalante lanza, irónico e inmisericorde, afiladas puyas). Pues no, España no es diferente, ni «mestiza», ni mucho menos «mora»: los hombres que hoy la poblamos somos descendientes de aquellos invasores, colonizadores o repobladores procedentes del Norte; ellos fueron los que forjaron el cuerpo y alma de este extremo sudoccidental del continente europeo, y nosotros sólo nos reconocemos en aquellos nacionalistas que ven en el Norte su origen y su identidad, más allá de que su nacionalismo sea español, castellano, catalán, abertzale o galleguista: si ven en el Norte y en la sangre su verdadera Patria, su lucha es la nuestra.

El segundo motivo que nos ha llevado a editar este libro, es presentar al público de habla hispana al autor del mismo, Adriano Romualdi, injustamente desconocido en nuestros ambientes; idealista, conjugó la militancia política con una profunda preparación ideológica, filosófica e histórica que le permitió obtener plaza de profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad de Palermo. Figura de referencia en el MSI, del que siempre fue miembro destacado, en su obra puede constatarse una incesante labor de aggiornamento del Fascismo y del Nacionalsocialismo (dos concepciones ideológicas que en su esencia resultaban para él absolutamente inidentificables), bajo el prisma de la Tradición, encaminado, sin renunciar a nada, a encarar la batalla política posterior a la derrota militar del 45; también en su planteamientos teóricos y prácticos en el terreno político, se puede ver el genio de alguien que muy lejos de nostalgias y apasionamientos sentimentales, mira la realidad desde las cimas donde sólo llegan los más grandes, su propuesta es la de un dorio, la de un ario: nada de cantos al pasado –algo tan fácil en la Italia de los años 60 y 70- nada de nostalgias de lo superfluo, pero tampoco ninguna transigencia en el campo de los valores, en la defensa de la verdad y en la denuncia de los enemigos de Europa, combate para el que hacen falta armas adecuadas y eficaces y, entre ellas, un partido capaz de ejercer influencia en la sociedad y de ganar cotas de poder real constituía la única forma eficaz y realista de hacer frente a las fuerzas contrarias, dotadas de eficaces organizaciones de esa misma naturaleza. Éste fue el sueño de Romualdi y también la realidad del MSI. Desgraciadamente, Adriano Romualdi falleció en Roma a causa de un trágico accidente de tráfico durante el caluroso verano de 1973.

Por lo que sabemos, hasta la fecha sólo se ha traducido una de sus obras al castellano, Julius Evola el hombre y la obra, por ediciones «Iskander» de Valencia, que constituye sin duda el mejor ensayo escrito sobre el Maestro italiano. Sin embargo, la obra de Adriano Romualdi no se circunscribió a un único campo, sino que trató con profundidad, seriedad y rigor una gran variedad de temas concernientes a nuestra Weltanschauung, por lo que consideramos una tarea fundamental la traducción y edición de la mayor parte de sus trabajos. En este sentido, confiamos en que Los indoeuropeos constituya el primer capítulo de esta labor.

* Las fechas ya calibradas se indican mediante las siglas BC, mientras que se emplea a C cuando por algún motivo ha sido preciso ofrecer una fecha sin calibrar. Por otra parte, hemos querido proporcionar unas orientaciones bibliográficas que puedan resultar útiles a todo aquel que desee profundizar en esta problemática. Así, con el fin de evitar que el exceso de notas hiciese incómoda la lectura hemos incluido en el texto las notas originales de Adriano Romualdi correspondientes a los capítulos I, III y III, casi todas citas textuales de obras de otros autores. Sin embargo, en los capítulos IV y V hemos mantenido las notas originales como tales, ya que por nuestra parte hemos incluido una cantidad sensiblemente menor, que identificamos con un asterisco (*) para distinguirlas de las del autor.
 
Old April 22nd, 2011 #3
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Prólogo

No puede decirse que el problema indoeuropeo sea muy popular en la Europa de hoy. Campo reservado a los especialistas en filología y en arqueología, relegado de los medios de información general y ligado a unas pocas ideas vagas e inconexas (la India, la raza «caucásica»), no ha ejercido ninguna influencia – al menos entre nosotros – sobre las concepciones globales de la historia que inducen a los hombres a creer y a combatir.

Sin embargo, el descubrimiento del parentesco entre las lenguas indoeuropeas y su derivación de un tronco común, que se verificó a comienzos del siglo pasado, posee en sí una serie de elementos susceptibles de constituir el fundamento de una gran idea unitaria de la raza blanca. Esta idea podría contribuir a una toma de conciencia significativa para la Europa contemporánea, en la medida en la que el mito «ario» saliese del terreno de la pura ciencia o del de los equívocos políticos para entrar a formar parte de una visión del mundo revolucionaria y conservadora. Contra la marea subversiva mundial con sumergir nuestro continente, la idea aria podría constituir un punto de referencia para las energías europeas supervivientes.

Al hablar de idea aria no estamos haciendo referencia simplemente al simple sentido de pertenencia a la raza blanca*, sino a la aceptación consciente de los valores que encarna la tradición indoeuropea en la historia de la civilización. Existió una unidad espiritual desde la germánica Islandia hasta la India aria, una unidad que deja su fuerte impronta en monumentos épicos como la Ilíada, el Mahâhârata y el Nibelungelied. En el interior de esta unidad florecen la Hélade y Roma, los valores aristocráticos, cualitativos y agonísticos del mundo clásico. La conciencia de esta tradición de sangre y de espíritu y su contraposición a formas de religiosidad semítica infiltradas durante el ocaso del mundo clásico, que hoy vuelven a manifestarse como fuerzas disolventes, podría ser de vital importancia para la definición de una visión del mundo específicamente europea.

Hasta hoy, el único gobierno europeo que ha hecho gala de esa «conciencia aria», si bien entre incomprensiones y errores, fue el de la Alemania nacionalsocialista. Este fenómeno no puede ser completamente comprendido todavía, pero no podrá dejar de tenerse presente cuando el conflicto mundial entre razas y continentes haya alcanzado toda su intensidad. No resulta, por tanto, nada sorprendente que haya sido precisamente el nacionalsocialismo el valorizador de la obra de algunos de los más interesantes intérpretes del mundo indoeuropeo. Entre ellos se encuentra Hans F. K. Günther, autor de numerosas obras en la que prehistoria, antropología y filología se funden en una tentativa de reconstruir los valores de la Arianidad. Reproponer su obra – en realidad proponerla, puesto que es la primera vez que uno de sus libros se ha traducido en Italia – constituye para nosotros mucho más que un mero servicio prestado a la circulación de las ideas. Se trata de una afirmación de la validez de la idea nórdico-indoeuropea para la definición de una perspectiva histórica que no la del nacionalsocialismo alemán de ayer sino la de un nacionalismo europeo del mañana.

Todos nosotros, y en particular los componentes de las nueva generaciones, intuimos que nos encontramos ante una encrucijada histórica. Las viejas perspectivas nacionales, en las que fuimos todavía educados, quiebran por todos lados. Las patrias italiana, francesa o alemana – y con ellas los particulares enfoques históricos italianos, franceses o alemanes – ya no resultan suficientes ni pueden volver a hacerlo. Nacionalistas sin nación, tradicionalistas sin tradición, buscamos reconocernos en una patria y en una tradición más vastas.

En el mismo momento en el que seamos conscientes de las contradicciones entre los viejos patriotismos, comprenderemos la validez de la idea nacional como síntesis de los valores de la sangre y de la tradición frente a las corrientes niveladoras de un mundo bastardo. La necesidad de salvar el nacionalismo, transfiriéndolo del plano de los antiguos patriotismos al de un más grande nacionalismo de la Nación-Europa nos parece, más que nunca, la necesidad revolucionaria de hoy.

Así, el problema indoeuropeo se nos presenta como el problema del origen de Europa, de la fuente originaria de las energías nórdicas que con la Hélade, la romanidad y el germanismo dan forma a nuestra historia. La idea nórdica, tal y como la proponemos en el ámbito de la Weltanschauung del nacionalismo europeo, no pretende constituir un prejuicio de hecho contra grupos o individuos europeos, sino que aspira a ser un instrumento revolucionario en la comprensión de la historia que nos permita entender que no todos los elementos de Europa poseen el mismo valor y de qué forma, siguiendo la lógica genética que preside el nacimiento de de nuestra civilización de un tronco nórdico, se distinguen en la historia de Europa corrientes centrales y periféricas, corrientes europeas y corrientes antieuropeas.

Aspira a constituir el instrumento de una weltanschauulicher Stosstrupp que nos señale qué es lo que somos y qué es lo que debemos querer.

* Resulta preciso no cometer el error de considerar la categoría «blanco» identificable con la de «ario». Que ambas nociones no son completamente equivalentes lo demuestra el que el racismo practicado en algunos estados es «blanco» pero no «ario». La Unión Sudafricana, por ejemplo, «… lejos de separar a los judíos de los puestos claves del país y, en general, de toda profesión mediante cuyo ejercicio puedan alcanzar influencia política o cultural, les ofrece, a causa del simple color, todas las ventajas que gozan los “blancos”, ventajas que se niegan a los Arios asiáticos, por muy ilógico que parezca, incluso si (como en el caso de la mayor parte de los Brahmana y de muchísimos Kshatriya del Punjab) son de piel clara». (Devi 1976, 25). (Nota del editor de la edición italiana de 1978)
 
Old April 22nd, 2011 #4
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I – El problema indoeuropeo desde el punto de vista filológico y etnológico

Fue la filología romántica, dentro del ámbito del redescubrimiento de la historia y de los orígenes – reacción inconsciente contra el racionalismo iluminista y su pretensión de cortar todas las raíces del hombre – la que proporcionó la idea de la unidad de los pueblos indoeuropeos.

En un primer momento se trató de unos pocos investigadores – un juez inglés, un abad francés y un jesuita alemán – sorprendidos por la semejanza que presentaban algunas palabras indias con términos latinos, griegos y alemanes [1]. En efecto, en 1768 se leía en la Académie des Inscriptions de París una memoria del padre Courdeux de Pondichery en la que se comentaba «de qué depende que un gran número de palabras indias sean comunes al griego y sobre todo al latín». En 1786, William Jones, juez de Calcuta, declaraba en un discurso ante la Sociedad de Ciencias de dicha ciudad que el griego, el latín y el sánscrito mostraban tales semejanzas que era necesario hacerlas derivar de una fuente común. Por último, en 1789, el jesuita alemán Paolino de S. Bartolomé publicaba en Padua una Dissertatio de antiquitate et affinitate linguarum zendicae, sanscritamicae et germanicae. Pero será Friedrich Schlegel en 1808 quien intentará una primera sistematización del fenómeno imaginando una migración de la India a Europa. Más tarde, con la obra de Bopp (1833) se elabora una verdadera gramática comparada de las lenguas sánscrita, persa, griega, latina, lituana, gótica y alemana. En el transcurso de l siglo se reconoce igualmente la afinidad del eslavo, el céltico, el ilírico y el armenio. En el primer ventenio del siglo XX se descubren la lengua tocaria y el hitita. La primera debe su conocimiento al hallazgo de un gran número de manuscritos datables entre los siglos VII y X de nuestra era, merced de las excavaciones efectuadas esencialmente por investigadores alemanes en la cuenca del Tarim (Turquestán chino), que estaban escritos en una lengua indoeuropea desconocida hasta ese momento y que presentaba dos variedades (tocario A y tocario B).

Por otro lado, el descubrimiento de una gran cantidad de monumentos pertenecientes a un pueblo desconocido y la continua mención del «país de Hatti» en los anales egipcios llevaron al descubrimiento del pueblo de los hititas, cuya lengua se encuentra bien documentada por una serie de tablillas halladas en Boghazköy, en la ribera del Kizilirmak. Fue Hrozny quien reconoció en primer lugar el carácter indoeuropeo del hitita en 1915. Para ello, partió de una frase «nu ninda-an ezzateni vâdar-ma ekutteni» que contenía la palabra ninda «pan», ya conocida, y pensó que donde se hablaba de pan se debería hablar de «comer». Ahora, ezzateni correspondía perfectamente al antiguo alto alemán ezzan (moderno essen, inglés eat) y al latino edere. En consecuencia, tradujo «ahora comeréis pan». Inmediatamente se hallaba la palabra vâdar, idéntica al gótico (alemán wasser, griego údor). El sentido de toda la frase, descifrada finalmente, era: «Ahora comeréis pan y después beberás agua».

Para definir esta unidad lingüística y a los pueblos que la propagaron se emplea el adjetivo indoeuropeo, que significa simplemente que dicha comunidad se extiende desde la India hasta Europa, o indogermánico, lo que indica que sus dos extremos más lejanos son la India y la germánica Islandia. Igualmente, se ha hablado de arios, nombre que se daban a sí mismos lo indoeuropeos que invadieron Persia y la India y que fue propia originalmente de todos los pueblos indoeuropeos si es cierto que la encontramos en el otro extremo del dominio lingüístico, entre la lengua de los celtas de Irlanda (aire) [2]. No obstante, en general el término «ario» es empleado en el uso científico para designar a los pueblos indoiranios y a aquellos estrechamente emparentados con ellos (escitas, alanos, osetas, sacas, etc.), por lo que no resulta aconsejable hablar de «arios» en referencia a todos los indoeuropeos [3]. El significado general es el de «noble» y denota la pertenencia al pueblo indoeuropeo conquistador en contraste con los indígenas sometidos.

Catalogadas según un criterio geográfico de oeste a este, las lenguas indoeuropeas serían las siguientes:

a) El germánico, hablado antes del 500 BC en Dinamarca, Escandinavia meridional y en la Alemania septentrional y a cuya familia pertenecen en la actualidad las lenguas escandinavas, el islandés, el alemán, el holandés y el inglés. La documentación escrita más antigua de la lengua germánica es la traducción del Evangelio a la lengua de los godos, realizada en el siglo IV por su obispo Wulfila [4].

b) El célico, que hoy sobrevive únicamente en Irlanda y en algunas zonas de Gales, de Escocia y de Bretaña pero que en tiempos se extendió por todas las Islas Británicas, la Galia, parte de la Península Ibérica (celtibérico) [5], la Italia septentrional (Galia Cisalpina) y amplias regiones de la Alemania occidental y meridional de donde los celtas eran originarios.

c) Las lenguas itálicas, en las que pueden individualizarse grupos claramente diferenciados, tales como el latino-falisco (sobre el bajo curso del Tíber y sobre los Montes Albanos), el véneto (entre el Adigio e Istria), el osco-umbro, lengua de los pueblos umbro-sabélicos extendidos por la Italia central apenínico-adriática y reliquias dispersas de lenguajes hablados entre el Lacio meridional (ausonios) y Sicilia (sículos). En la Italia padana, la conquista etrusca y la invasión gala posterior han hecho desaparecer probablemente dialectos intermedios entre el latino y el véneto.

d) El ilírico, que sobrevive fuertemente alterado en el albanés [6], y que se habló en el norte de Grecia, todo el territorio de la antigua Yugoslavia y parte de Austria. Existen restos toponímicos ilíricos se encuentran en la Alemania oriental y en Polonia hasta la desembocadura del Óder que nos permiten conjeturar sobre un probable origen septentrional de los ilirios. Ilírica sería también la lengua de la Apulia antigua (yapigos y messapios).

e) El tracio, hablado antiguamente en las actuales Bulgaria y Rumania (los dacios), Hungría oriental y extendido más allá de los Cárpatos hasta las fuentes del Dniéster. Una variedad del tracio la constituye el frigio, pueblo que invadió el Asia menor. Por otro lado, la lengua de los cimerios, que habitaban la Ucrania meridional, puede ponerse en relación con el tracio.

f) El griego, dividido en las tres variedades dialectales jónica, eólica y dórica, que hacen presuponer diversas invasiones y estratificaciones de «helenos». El macedonio es, igualmente, un lenguaje griego pero muy influido por elementos ilíricos.

g) El báltico, en el que pueden distinguirse la lengua de los letones, los lituanos y la de los antiguos prusianos, situados en la Prusia Oriental con anterioridad a la colonización germánica de los siglos XIII, XIV y XV, actualmente extinguida. La toponimia permite afirmar que previamente a la gran expansión eslava de los siglos X – XV las lenguas bálticas se extendieron por Bielorrusia, en la región de Moscú y sobre el alto curso del Volga.

h) El eslavo, hablado en la actualidad en inmensos territorios de la Europa oriental y de Asia (polaco, checo, eslovaco, búlgaro, serbo-croata y ruso), estaba constreñido en origen a un pequeño territorio entre el Vístula, los pantanos del Pripet y el Dniéper [7]. Los vénetos de Polonia y del bajo Vístula no eran eslavos sino afines a ilirios y a los vénetos de la Italia septentrional.

i) Las lenguas arias, habladas por los indoeuropeos de las estepas que se denominan a sí mismos arya, y que hablaban prácticamente una única lengua antes de que una parte de ellos se asentase en Persia mientras el resto pasaban a Cachemira y desde allí al valle del Ganges. El testimonio más arcaico de las lenguas arias lo constituye el Rig-Veda, colección de himnos religiosos, los más antiguos de los cuales pueden datarse en la mitad del segundo milenio BC, aunque la redacción escrita sea muy posterior. Al védico sucede del sánscrito (samskrta = confectus, lengua elaborada, literaria) y a éste las lenguas indias modernas. En cuanto a las lenguas iranias, el testimonio más antiguo es el Avesta, colección de himnos que se debe a Zaratustra y que se data en el siglo VII BC. Por otro lado, los núcleos que permanecieron en las estepas hablaban dialectos iranios (Irán de arya) similares a los de la Persia parta y aqueménida. Los osetas del Cáucaso, que constituyen una reliquia de estos pueblos, se denominan todavía a sí mismos «arios» (iron).

j) La lengua hitita, hablada por los indoeuropeos que se establecieron a comienzos del segundo milenio en Anatolia, que un millar de años después sufrirá las invasiones frigio-ilíricas. Otros lenguajes indoeuropeos, penetrados en Anatolia junto al hitita o algunos siglos antes, se hablaban en la Anatolia occidental y meridional (luvita, con sus posibles derivados licio y lidio) y septentrional (palaico).

k) El tocario, hablado todavía en el siglo VII de nuestra era en el Turquestán chino (oasis de Turfan), reliquia de antiguas expansiones indoeuropeas hacia china y que podría relacionarse con los rubios yue-chi y wu-sun de los que hablan los anales chinos.

La afinidad entre las lenguas indoeuropeas es tan evidente que sorprendió a los primeros viajeros europeos a la India. Podría ilustrarse con unos pocos ejemplos: el sánscrito pità (persa pitàr) corresponden al gótico fadar, el latino pater, el griego patér o el irlandés athir. Al sánscrito matà (persa matar) corresponden el antiguo alto alemán mouter, el letón mâte, el latino mater, el griego méter (dórico máter) y el irlandés mathir. Al sánscrito bhràta, corresponden el tocario pracar, el latino frater, el ruso bràt, el gótico brothar y el irlandés brathir. Esta semejanza se aprecia de forma más clara si cabe en la conjugación verbal (latino est, gótico ist, griego estí, sánscrito àsti), en los numerales (latino tres, griego treîs, islandés tri, gótico dri, sánscrito trayas o tocario tre) y por último en fórmulas poéticas primordiales (la invocación «criaturas humanas, escuchad» forma parte del rito tanto en los Vedas como en los poemas homéricos o en las Eddas y Specht la ha reconstruido en indoeuropeo como *gonoses upoklute ). En resumen, la perfecta correspondencia de frases completas a más de cuatro mil años de la diáspora indoeuropea nos muestra la fortaleza de la afinidad originaria anterior a la disgregación.

Latín: Deus dedit dentes, Deus dabit panem
Lituano: Dievas dave dantis; Dievas duos duonos
Sánscrito: Devas adadat datas; Devas dat dhanas

El estrecho parentesco entre las lenguas indoeuropeas nos obliga a deducir que todas ellas derivan de una única lengua originaria (Ursprache) que habría sido hablada por un único pueblo (Urvolk) en una antiquísima patria de origen (Urheimat), para ser difundida posteriormente en el curso de una serie de migraciones por el inmenso espacio que se extiende entre el Atlántico y el Ganges.

En los últimos tiempos parece que resulta de buen gusto bromear sobre el problema del pueblo y de la patria original. Sin embargo, no es posible plantear la cuestión de otra manera. La formación de las lengas indoeuropeas en una época bastante antigua (al menos entre el V y el IV milenio BC) presupone una estrecha comunidad cultura de un cierto grupo de estirpes en un área bien delimitada y su sucesiva y veloz dispersión hacia lugares muy alejados entre sí. Como tendremos ocasión de ver, la arqueología confirma estos presupuestos. Todos aquellos que se llenan la boca con expresiones tales como «fermentos culturales» o «convergencias culturales» cierran los ojos ante la experiencia histórica que nos muestra que los grandes movimientos lingüísticos representan esencialmente procesos genéticos. Sabemos que los anglosajones que en el siglo V habitaban en la Germania septentrional migraron a Inglaterra y desde allí se desparramaron por todos los rincones del planeta como americanos, australianos o canadienses. Y podemos verificar con nuestros propios ojos como los descendientes de los anglosajones salidos de la Germania del norte y sus primos de Londres o Nueva York se asemejan físicamente como gotas de agua. Ciertamente la difusión de los lenguajes neolatinos no presenta un cuadro análogo: han sido la lengua escrita y la organización política de Roma las que han difundido la latinidad pero no la «raza» latina. Pero, obviamente, estas condiciones superiores de organización y civilización no pueden presuponerse para el quinto o el cuarto milenio.

La difusión de una lengua no se explica con imprecisas «convergencias» sino con precisas expansiones, si bien el contacto con nuevos ambientes trae consigo necesariamente el enriquecimiento del patrimonio lingüístico originario. La difusión de las lenguas indoeuropeas representa la expansión de un pueblo que vive en una misma área geográfica, en una cerrada comunidad de civilización – al nivel de una cultura neolítica normal – que permita el compartir expresiones referidas a la flora, a la fauna, a la economía y a la religión que constituyen lo que Thieme denomina die indogermanische Gemeinsprache.

No es imprescindible que una tal comunidad de civilización implique una unidad racial pero es probable y resulta demostrable con el auxilio de la antropología prehistórica. «Raza y lengua no coinciden»: otro de los tópicos que se repiten gustosamente. Y como todos los tópicos tiene su parte de verdad. No obstante, es igualmente cierto que cuando más se retrocede hacia los orígenes raza y lengua tienden a coincidir. Volviendo al ejemplo anterior, es evidente que el negro de Estados Unidos que habla inglés no es un inglés y mucho menos un «germánico». Sin embargo, los que llevaron la lengua inglesa a los Estados Unidos eran «germánicos», o al menos lo eran aquellos anglosajones que llevaron el núcleo de la lengua inglesa a Inglaterra. Si hablar de «raza indoeuropea» es un sinsentido en tanto que los orígenes indoeuropeos son posteriores al fraccionamiento y a la mezcla de las razas, es, sin embargo, bastante razonable esperar una gran homogeneidad del tipo físico de las primeras culturas indoeuropeas.

Con esto basta sobre el Urvolk y el Ursprache. Lo que nos interesaba precisa es que el problema indoeuropeo no es un pseudo-problema: es un problema histórico real.

En lo referente a la Urheimat se ha discutido y se discutirá durante mucho tiempo todavía. Y sin embargo, la filología nos proporciona indicaciones tan precisas que es necesario mucho trabajo para no quererlas ver.

A comienzos del siglo pasado, en pleno entusiasmo por el descubrimiento de la civilización india, cobró fama la idea de la remota antigüedad de esta cultura y de que en ella estaba el origen de los pueblos indoeuropeos. Era la época en la que se databa la civilización de los Vedas en torno al 3000 BC o al 4000 BC (hoy Heine-Geldern data las primeras invasiones arias en la India en torno al 1200 BC) y en la que se creía que la confusión de e en a, propia del sánscrito, representaba la fase originaria indistinta de la que posteriormente derivarían las dos vocales. Esta tesis del origen asiático, apoyada sobre inconscientes sugestiones bíblicas – ex Oriente lux – hizo buscar las primeras sedes de los indoeuropeos en las proximidades del Himalaya y del Pamir. Aunque nadie defiende esta tesis actualmente en estos términos, en cierta forma sobrevive en la teoría que pretende derivar la primera cultura indoeuropea de las estepas del Aral y del Turquestán.

Prescindiendo de estas vagas sugestiones, el único método válido para encontrar la patria de las lenguas indoeuropeas consiste en comprobar de qué animales, de qué plantas y de qué condiciones climáticas se encuentran huellas en el mayor número de ellas, para delimitar siempre más precisamente el área en el que vivieron los primeros indoeuropeos.

Lo que primero se constata es que la difusión de los lenguajes indoeuropeos en regiones meridionales es un hecho secundario y relativamente reciente. Los indoeuropeos no disponían de una palabra para designar al león – en tiempos extendido desde la India a Macedonia – y cuando núcleos de estos pueblos se asentaron en las tierras del sur recurrieron para designarlo a términos nuevos: griego léon, armenio inj, persa ser, sánscrito simba. Latinos y helenos, penetrando en las penínsulas mediterráneas desde las regiones más septentrionales, conocieron plantas y animales desconocidos para la lengua indoeuropea, aceptando las palabras indígenas que los denominaban: griego kupárissos y latino cupressus, griego elaíwa y latino oliva, griego woínos y latino vinum [8]. En estos casos es materia de controversia que la semejanza se deba al préstamo de una lengua a otra o a un substrato indígena idéntico en Italia y en Grecia. Otras veces los nuevos términos se han formado de modo independiente en ambas lenguas: latino asinus y griego ónos.

Por el contrario, los nombres de árboles y de animales comunes a la mayor parte de los lenguajes indoeuropeos, como también los términos que aluden al clima y a la división del año, nos hablan de regiones nórdicas. Los indoeuropeos conocieron la primavera, el verano y el invierno pero no el otoño. Es como dice Tácito de los germanos: «Conocen y tienen nombre para el invierno, la primavera y el verano; ignoran el nombre y los dones del otoño». Darré ha explicado el fenómeno recordando las condiciones de la agricultura en la Suecia actual: se siembra y se recoge la cosecha durante el mismo verano. De éste, y sin solución de continuidad se entra en el invierno que constituye con mucho la más importante de las estaciones indoeuropeas: Las palabras para la nieve, el hielo o el frío lo demuestran de forma elocuente.

Los indoeuropeos conocieron el abedul, el árbol blanco del Norte. Conocieron la encina, el álamo, las coníferas. Conocieron el oso, el lobo, el ciervo, el castor. Vivieron en un ambiente de bosque donde el claro, el lugar donde cae la luz en medio de la gran foresta, es sacro para la divinidad del cielo: el latino lucus está relacionado con la raíz *leuk de la luz e indica en origen la claridad en medio del bosque (lituano laukas «campo» y antiguo alemán loh «claro»). Esta recurrencia del bosque, del lobo, del oso ha sido puesto de relieve por Devoto: «Los rasgos fundamentales del paisaje indoeuropeo los proporciona el bosque» (Devoto 1962, 251).

La presencia del nombre del caballo en las lenguas indoeuropeas se ha considerado a menudo como una prueba del origen de los pueblos indoeuropeos de las estepas del sur de Rusia [9]. En realidad, el caballo doméstico era conocido desde tiempos antiguos en la Europa septentrional y la importancia que asume el caballo en conexión con el carro de guerra es un hecho relativamente reciente que pude situarse en el segundo milenio. El carro indoeuropeo más antiguo era tirado por bueyes y evolucionó del trineo. Hilzheimer señala tres especies de caballo en la Europa prehistórica: el equus robustus, antepasado de la raza hoy en día denominada «de sangre fría», el equus Nehringii, una especie de pony y, por último, pero sólo a partir de la Edad de Bronce, el equus orientalis, originario del Asia central. Las dos primeras especies son autóctonas de la Europa neolítica, ya los cazadores paleolíticos del Solutrense perseguían las manadas de caballos salvajes y en la cultura megalítica nórdica, durante la época de las tumbas de corredor, se atestigua la presencia del caballo doméstico: el cráneo de un caballo atravesado con un puñal de sílex encontrado en Escania (Suecia meridional) nos ofrece un antiquísimo testimonio del sacrificio de un caballo indoeuropeo [10]. No existe ningún motivo para atribuir a los indoeuropeos un origen asiático a causa de su conocimiento del caballo, aunque su cría especializada se desarrolló por primera vez a comienzo del segundo milenio entre los indoeuropeos orientales, irradiando desde aquí por transmisión cultural a micénicos, ilirios, celtas, etc. Nos encontramos de nuevo ante las vagas sugestiones de «horas indoeuropeas que irrumpen desde las estepas euroasiáticas» contra las que ya Hermann Hirt había argumentado que ningún pueblo de las estepas jamás ha logrado difundir lenguas en Europa: «Ningún pueblo que en los tiempos históricos se ha asentado en las estepas de la Rusia meridional ha logrado añadir a su dominio lingüístico ninguna parte de Europa» (Hirt 1905 I, 182).

Contra las ideas de Koppers, el padre Schmidt y compañía, para quienes los indoeuropeos habrían sido «pastores-guerreros secundarios» iniciados en el Turquestán por «pastores-guerreros primarios» - los uraloaltaicos – en la cría del caballo, Fritz Flor ha desmotado la argumentación etnológica favorable a un origen indoeuropeo en Asia (Fritz Flor 1936). No es posible aceptar que los indoeuropeos hayan sido originariamente pastores: su ignorancia de la manteca o de los pantalones, cosas familiares a los pueblos del Altai, quienes a su vez ignoraban la agricultura, bien conocida por los más antiguos indoeuropeos. Por el contrario, como ha señalado Jettmar, la agricultura penetra en el Asia central en el segundo (IV o III milenio BC) con las aristocracias campesinas y ganaderas que, proviniendo de Rusia, introducen las lenguas iranias.

Günther ha creído poder demostrar que los pueblos del Asia central que presentan influjos európidos y de la raza nórdica, son los más familiarizados con la agricultura. En realidad, si es cierto que los arios, en el curso de sus migraciones debieron especializarse en el pastoreo, es igualmente cierto que al asentarse de modo estable volvieron a considerarse agricultores. En el Avesta está escrito: «Aquél que siempre el grano con cuidado, oh Spitama Zaratustra, aquél que siempre el grano edifica el Orden».

Que los indoeuropeos estuvieran familiarizados con el caballo no demuestra que hubiesen sido criadores de caballos del Asia central, del mismo modo que el hecho de que los indios americanos cabalgasen – pueblos que no habían visto los caballos antes de la llegada de los europeos – no demuestra que fuesen jinetes en origen. Cierta cantidad de paralelos etnológicos recogidos por Koppers relativos al uso ritual del caballo, la leche y la sangre del caballo se explican perfectamente con la mediación de los ugrofineses, quienes siempre han ejercido de intermediarios entre la Europa del Norte y el Asia central. Ugrofineses y no uraloaltaicos son algunos de los elementos culturales adoptados por los indoeuropeos [11].

Las convergencias arias y uraloaltaicas en el campo de la mitología «uránica», pueden explicarse también con el predominio ejercido sobre el corredor de las estepas, por pueblos indoeuropeos durante los milenios anteriores al cambio de era: iranios, tocarios, cimerios, escitas, alanos, etc. En realidad, la hipótesis del origen euroasiático de los indoeuropeos va siempre ligada a vagas sugestiones que se desvanecen ante un examen más pormenorizado [12].

Frente a estas sugestiones está la evidencia de un grupo de lenguas maduras en regiones boscosas septentrionales – in dem Waldland Europas - y difundidas por territorios meridionales más áridos y esteparios: lo que en latín todavía es únicamente sed (sitis) se ha convertido en griego fthísis (consunción), poseyendo en sánscrito el mismo significado. Para Giacomo Devoto: «El ambiente natural, tan diferente desde el punto de vista de la humedad, provoca que un sentimiento objetivo, de carácter normal en Occidente, se convierta en un símbolo de sufrimiento en Oriente. Tal es la pareja semántica “sed-muerte” que se desarrolla dentro de la tradición léxical de *gwhyitis, que en latín está representada por sitis, sed, pero en girego produce phthísis, consunción. Esta cuestión se explicaría fácilmente si pensamos en lo normal e irrelevante de la sed en regiones boscosas y en su peligrosidad en zonas áridas de estepa» (Devoto 1962, 273).

Hablando de «regiones boscosas septentrionales» no se especifica demasiado. El abedul se extiende desde Escandinavia hasta el Altai y esta primera delimitación implica un área inmensa que va desde el Rin hasta Siberia, cerrada al sur pos los Alpes y el Danubio y al norte por la línea Gotemburgo-Riga-Moscú-Omsk. Pero existe cierto número de palabras que permiten una delimitación más precisa.

La primera es el nombre de la haya (latino fagus, antiguo alemán buohha, nórdico bok, griego fegós, ruso buzinà, curdo buz), árbol que no crece al este de la línea Königsberg-Odessa y cuyo conocimiento hace que quede excluido que los indoeuropeos sean originarios de cualquier parte de Rusia. Este argumento del haya ha sido criticado numerosas veces: se ha argumentado que fegós en griego es una especie de encina y que el ruso buzinà quiere decir saúco. Todo esto es explicable si se piensa que en Rusia y en Grecia el haya no existe: en Grecia el traspaso es mucho más claro si recordamos que las bellotas de la encina ofrecieron a los inmigrantes helenos la misma utilidad que les proporcionaban en su antigua patria las bayas del haya. El «argumento del haya» ha sido reconsiderado y defendido por Wissmann, quien ha demostrado impecablemente que también la palabra curda buz deriva de la misma raíz variada apofónicamente *bhag/bhug (Wissmann 1952) [13].

Lo anterior permite afirmar que también los indoiranios conocieron una vez el haya (el curdo es un dialecto iranio) y que sus sedes más antiguas estuvieron al oeste de la línea Odessa- Königsberg. La evidencia de un origen europeo se ve reforzada por el nombre del tejo *oiwa (irlandés eo, griego óie, lituano ievà, eslavo iva). También el tejo tiene una difusión análoga a la de la haya: al oeste de las islas Aland-Grodno-Bessarabia.

Sin embargo existe otro término que nos permite una delimitación todavía más precisa: el nombre del salmón, en germánico (alemán lachs), lituano (lasis), ruso (losòsi y – en el extremo opuesto del mundo indoeuropeo – tocario (laksi). El salmón vive exclusivamente en los ríos que desembocan en el Báltico y en el mar del Norte y no en los que lo hacen en el mar Negro o en el Caspio. Su presencia en la lengua de los tocarios, pueblo que para los defensores del origen asiático sería una reliquia de los indoeuropeos en el corazón de Asia, demuestra de forma evidente que la sede de los antiguos arios no estuvo en las estepas asiáticas sino en torno al Báltico.

Naturalmente en la lengua de los tocarios la palabra para «salmón» ha asumido el significado genérico de «pez»: en el Turquestán no existen salmones. Thieme, quien ha presentado este argumento decisivo (Thieme 1954), ha encontrado la palabra laksa también en India. Allí tiene el significado de 100.000. En iranio 10.000 se dice baevar y designaba originariamente un enjambre de abejas (indoeuropeo *bhei, alemán biene. 100.000 se expresaba en Egipto con el jeroglífico de «renacuajo». En la escritura china la palabra «buey» indica también el número 1.000.

Siempre los pueblos «primitivos» han extraído los conceptos numéricos más abstractos de la visión concreta de multitudes de animales. Y precisamente es una característica del salmón el aparecer en grupos que remontan saltando los ríos durante el periodo de la puesta de huevos. La llegada de las multitudes de salmones es un acontecimiento para los pueblos que viven en las riberas de los grandes ríos del Canadá y lo mismo debió ser para los primeros indoeuropeos que vivieron junto a los ríos de la Alemania septentrional. De la llegada de los salmones dependía la prosperidad o la carestía, la vida y la muerte. El significado del sánscrito laksa (100.000) y su pervivencia en regiones tan alejadas del área del salmón, aparecen, así, plenamente justificadas.

Respondiendo a los críticos, Thieme ha refutado una por una todas las etimologías alternativas propuestas para laksa, demostrando que la palabra afín que designa al árbol de la laca se explica muy bien si se considera que el árbol de la laca es rojo como la carne rosada del salmón (Ausonio, Mosella, 97: nec te puniceo rutilantem viscere, Salmo, transierim...), característica cuyos ecos han permanecido entre los lejanísimos tataranietos de los pescadores de salmones de la Alemania del norte [14].

También Franz Specht (1947, 5) ve en los primeros indoeuropeos, asentados en la Alemania septentrional, tribus de pescadores «que habían llegado, como poblaciones de pescadores, a un alto grado de sedentarismo ya en el Mesolítico». Tanto las gentes de Ertebølle como las de la cultura de Maglemose vivían esencialmente de la pesca: estos últimos habían desarrollado un arpón bifurcado especial para la captura del salmón.

Existe, además, otra indicación geográfica, idéntica a la del salmón: es la presencia en las lenguas indoeuropeas de la anguila (griego énchelos, latino anguilla, lituano ungurys, eslavo aguristi) que tampoco vive en el Caspio ni en el mar Negro por la excesiva salinidad de sus aguas [15]. Specht ha efectuado una crítica precisa de las ideas de Nehring y Brandstein, que situaban la patria de los indoeuropeos en las estepas de los kirguises, demostrando que el indoeuropeo *medhu «miel» no nos señala hacia regiones de estepa, donde la miel no existe, sino a las boscosas del septentrión, donde los antiguos eslavos y germanos conocieron una floreciente apicultura. Por último, cabría señalar que si los indoeuropeos hubieran procedido de las estepas habrían debido conservar una palabra para designar al asno, animal que vive en estado salvaje en aquellos territorios (Specht 1939) [16].

Sobre la base de todos estos elementos, Thieme ha podido afirmar que la patria de origen de los indoeuropeos se encontraba en el área de los ríos que desembocaban en los mares septentrionales (im Gebiet der nördlichen Meere) y al oeste de la línea del haya, es decir, en los territorios que se extiende entre los ríos Vístula y Weser. Que este territorio alcanzaba por el norte hasta el Báltico está atestiguado por la palabra común a cinco lenguas indoeuropeas para «mar» (galés mor, latino mare, gótico marei, lituano mares, eslavo morje). Es un hecho que el significado del indoeuropeo *mari oscila entre «mar» y «agua estancada», «pantano», lo que se debería a la naturaleza de las cosas alemanas del Báltico y del mar del Norte, con sus lagunas arenosas, los bajíos, los watten, etc. Este carácter pantanoso de las regiones alemanas septentrionales debió ser todavía más acentuado durante el Mesolítico y el Neolítico a causa de los innumerables estanques, lagos y lagunas, residuos de la gran glaciación. Es igualmente probable que el área originaria se extendiese hasta el mar del Norte debido a que la palabra para «sal» significa «sal marina» (cf griego hàls y sánscrito sar) – el Báltico posee unas aguas demasiado dulces «el mar Báltico, pobre en sal, difícilmente podía proporcionar la noción de sal marina a la lengua común de los indoeuropeos» (Thieme) – a no ser que este concepto de sal lacustre derive de los pequeños lagos de agua salada al norte de Harz y de la región de Saale. Por otro lado, Thieme ha recordado que los indoeuropeos conocían no sólo «barcos» (griego ploion, ruso plov, sánscrito plavà) sino también «naves» (irlandés nau, griego naus, sánscrito nau). El Rig-Veda nos habla, si bien mediante una amplificación poética, de sataritram navam, «una nave de cien remos» [17].

En consecuencia, a la pregunta de donde vivieron los primeros indoeuropeos, podríamos responder con Thieme: «Su patria estuvo situada en el territorio de los ríos salmoneros: hasta el mar Báltico y (?) el mar del Norte, al oeste de la frontera del haya y al este del Rin, por consiguiente en las redes fluviales del Vístula, del Óder del Elba y (?) del Weser» (Thieme 1954, 56).

Hasta aquí la cuestión de los orígenes de las lenguas indoeuropeas. Sin embargo, las filología no nos proporciona únicamente indicaciones sobre la patria de los indoeuropeos, por el contrario nos permite reconstruir las grandes líneas de su civilización y las fases de su separación.

En primer lugar la agricultura fue común a todos los indoeuropeos: al latino sero corresponde al sánscrito sira «arado», al antiguo alto alemán samo el prusiano semen. Comunes son las denominaciones para la cebada (*gherzdh de donde proviene el latino hordeum y el alemán Gerste), la espelta (latino far, antiguo alto alemán barr, ruso brasino), el grano (irlandés gran, gótico kaùrn, eslavo zruno, sánscrito jirna). En tanto que la agricultura, originaria del medio oriente (estación agrícola de Jericó: 9000 BC), llega a Europa central sobre el 7000 BC y a la Europa septentrional sobre el 5000-4500 BC, será preciso datar la primera cultura indoeuropea a partir de comienzos del V milenio BC (Champion et alii 1988, 144, 163-164, 169-170; Lichardus et alii 198, 7155).

De los animales domésticos los indoeuropeos conocieron la oveja, el perro, el buey, el cerdo, la cabra y el caballo. El perro está atestiguado en Dinamarca desde fines del Mesolítico, el caballo debió ser domesticado al menos desde la época de las tumbas de corredor (Ganggräber) [18]. El cerdo es un típico elemento de la cultura indoeuropea primigenia, ligada a antiquísimos ritos (suovetaurilia), que testimonia un asentamiento estable: los verdaderos nómadas no lo conocen puesto que no está adaptado a los migraciones y una vez que se asientan continúan considerándolo impuro (es el caso de los hebreos o de los beduinos) [19].

Darré ha visto en el cerdo un típico animal de la prehistoria indoeuropea. Su complexión rosada y sus hábitos, nos indican que es uno de los más antiguos compañeros de los campesinos nórdico que vivían en los bosques primordiales de encinas y hayas: «no resulta extraño que la raza nórdica considere entre los animales sacros el típico animal de los sedentarios de los bosques de hoja caduca de la zona templada-fría, es decir, el cerdo. No es extraño que, cuando se encuentra con los semitas del Mediterráneo oriental, el cerdo de lugar a las disputas más ásperas: el cerdo es la antípoda del animal del clima desértico. Y es normal que los patricios en la ceremonia matrimonial subrayen el elemento agrícola mediante el sacrificio de un cerdo que debía realizarse con un hacha de piedra. Ambos particulares nos presentan a los patricios como campesinos de la edad de piedra” (Darré 1929, 238 y también 202, 10 y 15).

La familiaridad con el cerdo es uno de los numerosos elementos que nos obligan a ver en los indoeuropeos un pueblo de los bosques del Norte, «agricultores primordiales del territorio centroeuropeo de bosque caducifolio». Los indoeuropeos conocieron un metal, *ayes, término que se continúa en el latino aes «bronce», en el gótico aiz (alemán Eisen, «hierro») y en el sánscrito ayas «metal», Es el primer metal, todavía indistinto, es decir el cobre: el bronce se afirma en Europa a partir del 2500 BC y el hierro poco después del 1200 BC. Dado que el cobre aparece en Europa septentrional poco antes del 3800 BC (Midgley 1991, 297-302), podemos considerar esta fecha como el terminus post quem de las migraciones indoeuropeas.

Estas migraciones, comenzadas aproximadamente entorno a esta fecha, debieron llevar a una primera separación en indoeuropeos occidentales e indoeuropeos orientales, conservando los primeros la velares palatales como velares simples, mientras que los segundos las redujeron a sibilantes. La palabra que sirve de ejemplo es el indoeuropeo *kmtom: centum en latino, e-katòn en griego, hund en gótico (alemán Hund-ert), cet en irlandés pero, por el contrario, báltico simts, persa satem, sánscrito satám. Se podrían identificar los indoeuropeos satem con los grupos que migraron precozmente al este del Vístula y los indoeuropeos kentum con aquellos que permanecieron durante más tiempo en las antiguas sedes. Posteriormente, un grupo kentum sudoriental, en el que debieron estar comprendidos los antepasados de los helenos, debió abandonar la Europa centro-septentrional. En esta área permanece un, por así decir, «pueblo indoeuropeo restante» (indogermanisches Restvolk) que hablaría una especie de indoeuropeo indiviso que Krahe ha denominado alteuropäisch.

Este «antiguo europeo» o «paleoeuropeo» se puede analizar en una gran cantidad de nombres de ríos (alteuropäischen Gewässernamen) que ocupan un territorio que no corresponde a todo el área indoeuropea sino sólo a la de los indoeuropeos nordoccidentales y a la de sus expansiones. Krahe, quien ha acuñado el concepto alteuropäisch, ha descrito esta característica hidronimia.

La mayor parte de las raíces con las que debemos tratar están relacionadas con el agua, con el fluir. De *ala (lituano aluots «fuente») tenemos Ala río de Noruega, Als río cercano a Viena, Aller afluente del Weser, Alento en el Adriático y en Lucania. De *albh (antiguo nórdico elfr «río» y antiguo alemán elve «lecho fluvial»), de donde *albhos (en latino albus y en griego alfòs), tenemos Aube, afluente del Sena, Albis, antiguo nombre del Elba, Albula, primer nombre del Tíber y de un arroyo cercano a Tívoli, Albanta < Lavant, río de Carintia, Alfunda > Ulvunda en Noruega. De *ama (griego amára «fosa, canal») derivan Amitas, río de Apulia, Amítes en Macedonia o Amisia, nombre latino del Ems. El nombre del Trent se puede relacionar con el de Drava mediante una base *drowos «curso de agua» (sánscrito dravàh «humendad»), el de Varo con el Warge, río de las Ardenas, el Farar en Escocia con el Wörnitz, que desemboca en el Danubio, mediante una base *vara «agua» (persa vairi «lago»). El Weser posee la misma etimología que el Bisenzio (Visentios), del Vístula y del Vèzère, según el arquetipo *vis (sánscrito visàm «agua» y el griego hiós «veneno»)

Una prueba más todavía: el nombre de la selva Ercynia, que en la obra de César De Bello Gallico designaba al gran bosque que se extendía desde el Rin hasta Bohemia, puede retrotraerse a un antiguo *perqunia del indoeuropeo *perqus, «encina», como el nombre de la divinidad báltica de la encina y del rayo, Perkunas. Ercynia, con pérdida de todo elemento labial, es una forma céltica, pero el nombre medieval alemán es Virgunna, que nos envía a un fergunia germánico. En definitiva, el nombre de la floresta que cubre la Alemania central debió conservar hasta bastante tarde su originario nombre indoeuropeo hasta que, entorno a la mitad del primer milenio antes de nuestra era, celtas y germanos innovasen los primeros perdiendo la p y los segundos transformándola en f. En realidad, es necesario aceptar que mientras algunos pueblos, como arios, griegos, hititas, muy alejados de las sedes primordiales y ya entrados en la historia, ya en el segundo milenio hablaban lenguas evolucionadas, en la Europa central y septentrional se conservó durante mucho tiempo una especie de indoeuropeo indiviso. Esta unidad se rompe sólo al alba del 1000 BC con el asentamiento de los ilirios y de los itálicos en sedes más meridionales y posteriormente con las migraciones célticas y la mutación consonántica germánica.

Por más que busquemos hacia atrás en esta área no encontramos nada más que indoeuropeo [20]: «…la Europa central y septentrional, al igual que una parte de la occidental – al menos en la medida en la que los instrumentos lingüísticos permiten afirmarlo – debe ser considerada, desde los tiempos más remotos, como un espacio lingüístico indoeuropeo y de manera especial “antiguo europeo”» (Hans Krahe 1954, 71).

Krahe ha podido demostrar que estos nombres de ríos ya se habían formado con anterioridad a las primeras migraciones, en el seno de una comunidad formada por los antepasados de los celtas, los germanos, los latinos, los vénetos y los ilirios. Los bálticos formarían parte también de esta comunidad, que influenciaría también a los eslavos. Al norte de la cresta alpina y de una línea conformada por su prolongación hacia oeste y este, esta hidronimia se revela como el estrato toponímico más antiguo analizable [21]. En la Francia del Sur como también en Cataluña e Italia este substrato se superpone a formaciones autóctonas. Es un área que coincide casi perfectamente con el de los Campos de Urnas. Como conclusión de su investigación, Krahe ha reafirmado categóricamente el origen nórdico de itálicos e ilíricos: «…los antepasados de los ilirios y de los “itálicos” eran, en la época en la que se formó la hidronimia europea, pueblos del Norte, semejantes a los antepasados de los celtas, de los germanos y de los bálticos. Este origen nórdico de itálicos e ilirios constituye uno de los hechos más significativos para la prehistoria que se pueda sostener sobre la base de investigaciones lingüísticas» (Krahe 1954, 71).

De todo lo expuesto anteriormente aparece claro que, a pesar de las dudas sistemáticas de los súper-escépticos, la filología proporciona – sin necesidad del auxilio de ninguna otra ciencia – indicaciones precisas a quien quiera verlas sobre la prehistoria europea: la existencia de una lengua indoeuropea común entre el Weser, el Vístula y el Báltico en una época comprendida entre el 5000 BC y el 3500 BC, una primera separación de los indoeuropeos orientales y meridionales, la persistencia de un indogermanisches Restvolk «resto étnico indoeuropeo» en territorios centroeuropeos no muy distantes de las originarias y su dispersión final con las migraciones itálicas, ilíricas y célticas.

En la medida en que la arqueología esté en situación de mostrar que, efectivamente, se ha producido un gran movimiento de pueblos originado en la región localizada entre los ríos Weser y Vístula, cuyas huellas puedan seguirse hasta el Mediterráneo, el Cáucaso y la India, estas hipótesis habrán quedado demostradas.

Anotaciones

1. Debería mencionarse también la figura del jesuita español Lorenzo Hervás (1735-1809) quien había descubierto cierto número de relaciones entre el sánscrito, el latín y el griego. Por otro lado, la acuñación del término «indogermánico» correspondió en 1810 a Conrad Malte-Brun mientras que la creación del de «indoeuropeo» se debe a Thomas Young en 1813 (Mallory 1989, 14, 273; Kilian 1988, 179).

2. Sobre estos términos no existe una total certeza. Sobre las etimologías alternativas de Pokorny para eiru y de Szemerényi para *aryo véase Villar (1996, 17). Sobre este último término puede verse también Dumézil (1999, 249-273). La raíz correspondiente se ha documentado también en germánico en una inscripción rúnica en la que aparece el término arioster («los mejores») (Kilian 1988, 19 y nota 16).

3. En este punto el autor comenta la conveniencia de la utilización del término «ariano», en uso en la lengua italiana, en contraste con el de «ario» «con el sentido de indoeuropeo para subrayar la unidad de sangre-espíritu-lengua implícita en la fórmula indoeuropea».

4. Con anterioridad a la Biblia de Wulfila las inscripciones rúnicas en lengua germánica se emplearon con profusión en el norte de Europa: la más antigua corresponde al famoso yelmo de Negau hallado en Yugoslavia para el que se han propuesto fechas entre el séptimo y el segundo siglo antes de nuestra era. Es particularmente interesante que este primer testimonio escrito en lengua germánica muestre ya completamente verificada la mutación consonántica (Kilian 1988 b, 96-97; Mallory 1989, 84-85).

5. Además de celtibérico, lengua perteneciente al grupo celta, en la Península Ibérica se constata igualmente la presencia de otra lengua indoeuropea, la denominada lengua de las inscripciones lusitanas, de rasgos arcaicos y que posee el fonema /p/ en posición inicial perdido en celta. Además está abundantemente documentada la presencia de hidrónimos pertenecientes al paleoeuropeo. Recientemente, Villar (2000) ha intentado demostrar la existencia de otro estrato lingüístico indoeuropeo irreductible a cualquiera de los tres anteriores.

6. Actualmente se consideran muy débiles las relaciones entre el ilírico y el albanés. Véase Villar (1996 313-316); Adrados et alii (1995, 121); Kilian (1988, 17).

7. Otra propuesta relativa a la Urheimat eslava es la de J. Udolph (1979, 619) quien lo sitúa en el territorio que se extiende «aproximadamente entre Zakopane al este y la Bucovina al este», es decir, en una ubicación algo más meridional.

8. Walde y Pokorny sostienen que los términos para vino y viña pueden derivarse sin dificultad del indoeuropeo mediante una raíz *uoi- uei- «girar, doblar». Por otro lado, la viña se atestigua durante la primera mitad del cuarto milenio BC (es el momento del optimum climático del postglacial) en la Escandinavia central: en la cerámica TRBK aparecen marcas de semillas de vid que para Schwantes serían pruebas de vendimia (Boettcher 2000, 147). En cuanto al león también ha sido ampliamente discutida su existencia en protoindoeuropeo que para nosotros, no obstante, resulta muy problemática (Mallory 1982, 208), sin embargo en cualquier caso es un animal documentado durante el calcolítico en centroeuropa (Boettcher, 227).

9. Efectivamente, la domesticación del caballo y el empleado de carros han sido argumentos aducidos hasta la saciedad por los defensores del origen nordpóntico de los indoeuropeos, véase, por ejemplo, Anthony (1991), Mallory (1989) o Gimbutas (1970; 1973; 1977). Sin embargo, la presencia del caballo como fuente de alimentación está bien atestiguada en la cultura de Ertebølle-Ellerbeck y en la TRBK. En esta última son abundantes, igualmente, los testimonios de carros. Váse sobre el caballo en Ertebølle-Ellerbeck Midgley (1992, 376) y Østmo (1997 286-287) y sobre el carro en contextos TRBK Dinu (1981) y Häusler (1981 129, 134; 1994; 1998, 14). Para una amplia discusión sobre este tema véase B. Hänsel y S. Zimmer (eds.) (1994).

10. Este cráneo de caballo ha sido recientemente fechado mediante C14 en 1060 ± 70 BP, y por tanto, a pesar de haberse hallado en un contexto megalítico, corresponde al periodo vikingo (Østmo 1997, 286).

11. «Ugrofinés» y «uraloaltaico» no constituyen dos categorías separadas, sino parcialmente coincidentes puesto que el grupo de pueblos ugrofineses (dividido a su vez en un grupo ugrio u oriental, que comprendería a magiares, vogulos y ostíacos y un grupo finés u occidental compuesto por fineses, lapones, estonios, ceremisios, mordvinos, etc.) constituye el núcleo de la familia urálica, a la que pertenecería junto al grupo ugrofinés el samoyedo. La familia altaica, por su parte comprendería un grupo turco-tártaro, un grupo mongólico y un grupo manchú-tunguso. Según ciertos autores, también el japonés y el coreano pertenecerían a las lenguas uraloaltaicas o, al menos, estarían estrechamente emparentadas con ellas. Una situación análoga presentarían las lenguas y etnias de la América precolombina, sobre todo la lengua quechua del imperio incaico, afín al tunguso. Ahora bien, hablar de uraloaltaico significa aceptar la tesis de una afinidad entre las lenguas altaicas y las urálicas, tesis de cuya validez ha comenzado a dudarse seriamente en los últimos cuarenta años. Más aceptable parece, por el contrario, las tesis de Köppen, quien sostiene que entre las lenguas ugrofineses y las indoeuropeas existiría una relación tal que no podría excluirse un origen común (aunque en realidad, Kossina reduce las influencias recíprocas a una relación particular entre germánico y las lenguas ugrofinesas). En tal caso, la noción de una comunidad uraloaltaica podría ceder su sitio a una originaria comunidad ario-urálica. (Nota del editor de la edición italiana de 1978).

12. Un examen de diferentes posiciones etnológicas sobre esta cuestión, muy favorable a la tesis de Flor puede verse en Kilian (1988, 111-120).

13. Este argumento ha sido contestado sobre todo por los defensores de las teorías nordpónticas aduciendo la presencia de otra especie de haya, la fagus orientalis, en los territorios ribereños meridionales de los mares Negro y Caspio y el Cáucaso en una zona que, no obstante, no deja de ser marginal con relación al área originaria que se ha propuesto para la cultura kurgán, que se localizaría en las llanuras septentrionales del Caspio y el Aral. Véase Villar (1996 35-37, 48-49).

14. Probablemente el argumento del salmón sea el que ha ya hecho correr más ríos de tinta precisamente por el carácter contundente que poseía la argumentación de Thieme. Hasta hace poco la principal objeción se fundamentaba en el avistamiento de salmones en el mar Negro a un centenar de kilómetros de las costas, lo que no entraba a considerar la argumentación relativa a la numeración. R. Diebold, por su parte, sostiene que en realidad *loksos (o laksos) no corresponde a salmón del Báltico (salmo salar) sino al salmo trouta especie más extendida pero, no obstante, el propio Mallory (1983, 267-8, 272) reconoce la inexistencia tanto de restos de salmo salar como de salmo trouta en las comunidades de la «Early Kurgan Tradition», durante el Neolítico y el Eneolítico.

15. Y antiguo alto alemán egala. Mallory (1983, 273) reconoce también la inexistencia en el registro arqueológico de restos de anguila (Anguilla anguilla), aunque apunta su presencia actual, en muy pequeña medida, en los ríos que desembocan en el Mar Negro. No obstante, acepta la etimología indoeuropea de *angw(h)i-. Por el contrario, Polomé (1990, 335-336), un pertinaz rastreador de substratos preindoeuropeos en el norte de Europa, niega el carácter indoeuropeo de esta raíz lo que le obliga a proponer una solución inverosímil: los indoeuropeos, recién llegados a las costas del Báltico procedentes de las estepas, habrían tomado el nombre de la anguila de las poblaciones preindoeuropeas de Ertebølle. No obstante, de ser así resultaría muy difícil explicar la aparición de términos pertenecientes al mismo campo semántico derivados de dicha raíz, tales como el armenio, auj, «serpiente» o el avéstico, a •
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, «culebra», en lenguas indoeuropeas cuyos hablantes habrían llegado a sus sedes históricas en el Asia meridional directamente desde las estepas del sur de Rusia. Véanse también en otras lenguas indoeuropeas derivados de esta raíz en A. Roberts y B. Pastor (1996, 10).

16. Los resultados del trabajo de Stuart E. Mann sobre paleontología lingüística quedan reflejados en el mapa que adjunta a su trabajo publicado en A. Scherer (ed.) (1968). Véase mapa I.

La validez de la paleontología lingüística como método de investigación ha sido discutida hasta la saciedad. Sin entrar en mayores precisiones, por nuestra parte compartimos plenamente la opinión de Adriano Romualdi sobre lo aceptable de sus conclusiones. Sobre los diferentes posicionamientos ante este método véase Kilian (1988, 29-46) o Villar (1966, 29-72).

17. Sin embargo, quizás no se trate de una exageración excesiva: en Bohuslän grabados de la edad de bronce representan naves con unas dotaciones de más de trescientos individuos (Morales 1990, 15). Por su parte, C-H. Boettcher (1991, 24-30; 2000, 58-125), quien identifica, al igual que Adriano Romualdi, los pescadores del Ertebølle con los protoindoeuropeos, analiza magistralmente el papel jugado por la navegación en la organización social y económica de esta cultura, así como en su expansión siguiendo la red fluvial continental y su superposición como estrato señorial sobre los campesinos de la cultura de la cerámica de bandas.

18. Efectivamente, parte de los restos de caballos de la estación de Hunte, perteneciente a la TRBK, corresponden a caballos domésticos (Häusler 1981, 129).

19. La actitud de hebreos y beduinos frente al cerdo es, sin embargo, completamente diferente. Si estos últimos siempre han considerado impura la carne de cerdo (también con anterioridad a la prohibición islámica), los primeros se abstienen de consumirlo porque originariamente lo han venerado. Escribe Frazer: «Los griegos no llegaban a comprender si los hebreos adoraban al cerdo o lo abominaban porque si bien era cierto que no podían comerlo por otro lado estaba prohibido matarlo y si la primera prohibición indica impuridad, la segunda demuestra aun más claramente su carácter sagrado y debemos concluir que al menos en origen el cerdo fue adorado y no aborrecido entre los hebreos. Esta explicación viene confirmada por le hecho de que hasta el tiempo de Isaías los hebreos se reunían secretamente en un jardín para comer carne de cerdo o de rata como rito religioso. Sin duda se trataba de una ceremonia antiquísima, que se remontaba a los tiempos en los que tanto el cerdo como la rata se veneraban como divinidades y degustados en banquetes sacramentales en ocasiones especiales y solemnes, como carne divina.» (J. G. Frazer, Il ramo d’oro, Turín, 1965, vol. II, p. 743.) (Nota del editor italiano de 1978).

20. Para los defensores de la hipótesis kurgán se ha convertido casi en una obsesión la búsqueda de huellas de un presunto substrato preindoeuropeo en la Europa septentrional. Efectivamente, todas las áreas donde se ha podido constatar un proceso de indoeuropeización lingüístico, las lenguas habladas por los pueblos anteriormente asentados allí han dejado numerosos testimonios, tanto en la topografía como influyendo en el léxico y en la transformación sistemática de la lengua de los recién llegados. Sin embargo, en el norte de Europa, como reconoce M. E. Huld (1990, 381) «ambos tipos de evidencias pueden ser refutados». Por un lado, las transformaciones de las lenguas indoeuropeas de la Europa septentrional no necesitan, en absoluto, la intervención de substratos para explicarse, valga como ejemplo el caso de las mutaciones consonánticas germánicas parangonable a las producidas en griego en época histórica (Kilian 1988, 49). Por otro, los presuntos préstamos procedentes del substrato preindoeuropeo, muy reducidos en número, podrían dividirse, de forma muy esquemática, en dos grupos: uno relacionado con la terminología marítima y otro con términos ecológicos e innovaciones tecnológicas. Los primeros (Polomé 1990, Sausverde 1996), han sido refutados por K. T. Witzak (1996) quien reconoce la existencia de un substrato en germánico, sí, pero claramente indoeuropeo, mientras que la mayoría de los segundos están fuertemente relacionados lingüísticamente con el complejo egeo-balcánico, zona de donde tiene su origen, sin lugar a dudas, el proceso de neolitización del norte. Otro grupo muy reducido, sólo constatado en céltico, podría relacionarse con el substrato bandkeramik renano o con el del Neolítico de la Europa atlántica, zona de donde proceden, en realidad, la escasa media docena de presuntos préstamos (Polomé et alii 1987; Hamp 1987; Huld 1990, 1996). Véase el capítulo siguiente.

21. P. W. Schmid y J. Udolph han profundizado en la línea de investigación abierta por Krahe. El primero (Schmid 1987) ha podido demostrar que para el corpus léxico empleado en la hidronimia paleoeuropea implica realmente el corpus total indoeuropeo, en particular griego e indoiranio, siendo tajante afirmar que «el concepto indoeuropeo y paleoindoeuropeo pueden hacerse coincidir». El segundo ha documentado la plena pertenencia del eslavo a este complejo, adhiriéndose a la tesis de Schmid sobre la inclusión del antiguo indoiranio y, eventualmente, la del griego y del carácter «relativamente reciente» del proceso de satemización (Udolph 1982, 68-70). Por otra parte, se han presentado algunas objeciones a la identificación del alteuropäisch con el indoeuropeo: la presencia de alguna raíz no indoeuropea y el hecho de que el paleoeuropeo presente el fonema /a/ en vez del /o/, fonema este último que se considera estuvo presente en el indoeuropeo. Sin embargo, la presunta presencia de raíces no indoeuropeas, muy escasas, en la hidronimia se limita, en realidad, a zonas marginales al territorio paleoeuropeo (las Islas Británicas y las zonas mediterráneas) y por otro, Villar ha podido demostrar que el fonema /a/ es más antiguo que el /o/ en indoeuropeo, hecho tan elocuente por sí mismo que obvia mayores comentarios. Véase Villar (1996, 91-106, 184-195). Sobre la distribución territorial originaria de la hidronimia paleoeuropea véase mapa II.
 
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II – El Neolítico: Orígenes y primeras migraciones indoeuropeas

Durante decenas de miles de años una profunda cubierta de hielo se extendió por toda la Europa septentrional, alcanzando el curso inferior del Rin y los Cárpatos. En aquella época la Europa central era una tundra polar, mientras que en la Península Ibérica vivían grandes manadas de renos y de bisontes. Las comunidades humanas que permanecieron en el continente se concentraban principalmente en las costas atlánticas, donde el clima marítimo y la corriente del Golfo, junto a una gran cantidad de abrigos y cavernas, ofrecían condiciones de vidas más tolerables.

A propósito de la glaciación, Walther Darré (1929, 190) escribirá: «Un glaciar se forma sólo a causa de la presión de la nieve, nunca por congelación. Por tanto, ningún geólogo habla de una Edad de Hielo sino únicamente de periodos de nevasca y de relativas avanzadas del hielo. La caída de la nieve y los fríos extremos se excluyen recíprocamente, de modo que la glaciación sobrevenida sobre Europa central o constituye una prueba de que en aquella época reinase un frío excepcional… Durante le período de las nieves, en el territorio de la Europa central libre de hielos no pudo existir un clima verdaderamente apacible, pero, no obstante, el tiempo no era tan desapacible como lo es hoy un día de noviembre, neblinoso, frío y húmedo». En esta eterna estación de niebla y hielo, semejante a un tal, húmedo y frío, día de noviembre, no lo suficiente gélida como para impedir la vida pero sí lo bastante para hacerla dura y difícil, creció el tipo humano de pigmentación débil y ojos claros, mal adaptado a la luz y al calor del sol, pero alto, robusto, duramente seleccionado y provisto de calma, firmeza y tenacidad, a partir de la raza de Cro-Magnon – los «helenos del Paleolítico» a quienes debemos las pinturas del norte de la Península Ibérica – cuya estatura media giraba en torno al 1’80 m. En la convergencia de este tipo con una especie más pequeña, dolicocéfala y grácil, (el hombre de Chancelade o el de Aurignac) podemos buscar el origen de las actuales razas rubias: la dálica y la nórdica. En aquel clima de continuo invierno, este tipo human desarrolló las características propias de la gente del Norte, características que encontraremos posteriormente entre los pueblos indoeuropeos: la actitud investigadora e inventiva (Erfindungsgabe), una cauta prevención (Voraenklichkeit( y unos duros criterios selectivos (harter Auslesevorgang).

En torno al 13000 BC dio comienzo el gran deshielo. Hacia el 10000 BC, los hielos se habían retirado al norte de Hamburgo; en el 9.000 BC, la región de Copenhague estaba libre de ellos; en el 7500 BC la de Estocolmo. Se formó el Báltico, antes una gélida bahía del océano (mar de Yoldia; 10000-7800 BC), después, debido a una elevación de las tierras, libres del peso del hiel, un lago de temperatura moderada (lago Ancylus: 7800-5500 BC) y finalmente, debido a la licuefacción de los últimos hielos y a la transgresión marina, de nuevo un mar (mar de Litornia: 5500-2000 BC), mientras la tierra del Norte que unía Inglaterra y Dinamarca desaparecería lentamente bajo las olas.

Los proto-nórdicos siguieron a las manadas de renos que migraban hacia el norte tras la tundra. Lentamente, en el transcurso de milenios, alcanzaron Alemania, Dinamarca y Suecia, donde se asentaron permanentemente, pescando y cazando. Del tipo nórdico primigenio quedaron en la Europa sudoccidental los guanches canarios, rubios y de ojos azules, hoy extinguidos [22] y los beréberes rubios representados en las incisiones rupestres del Sahara.

Mientras al norte los hielos se han retirado, el Sahara, que había estado cubierto de bosques, se angosta, transformándose primero en una sabana y posteriormente en una estepa para acabar convirtiéndose en un desierto. Tribus de hombres pequeños y oscuros, dolicocéfalos y delgados avanzaron desde allí hacia la Península Ibérica (capsienses) y hacia toda la Europa occidental y meridional. Al este, retirados los hielos que junto al a acrecentada extensión del Caspio habrían constituido una barrera infranqueable hacia Asia, una especie humana pequeña y rechoncha, de cabeza redonda y características mongoloides, se filtra progresivamente a través del corredor de la estepa tras la fauna siberiana que fluye hacia Europa. Todas estas transformaciones acompañan el fin del Paleolítico, la «antigua Edad de Piedra», e introducen el Mesolítico, la «media Edad de Piedra», al que sucederá hacia el 6000 BC la «nueva Edad de Piedra», el Neolítico.

La raza nórdica se había venido asentando con particular densidad en la región del Báltico meridional, donde desde la segunda mitad del IX milenio BC hasta la segunda mitad del IV BC florece la cultura maglemosiense, que se extiende desde las Gran Bretaña hasta Rusia, y posteriormente la cultura de Ertebølle-Ellerbeck, extendida desde Holanda hasta el Vístula con centros en Dinamarca y Suecia [23]. Esta cultura recibe también el nombre de Kökkenmodinge, cúmulos de moluscos que constituían una de las principales fuentes de recursos de aquellas poblaciones.

En el VIII milenio BC, la agricultura, proveniente de Asia Menor, ha hecho su aparición sobre el continente europeo, primero en Grecia y los Balcanes, después a través del Mediterráneo y remontando el Danubio, hasta alcanzar el corazón del continente. Cabría pensar que esta última transformación, con la que se abre el Neolítico, deba asociarse a la aparición del cuarto elemento étnico europeo, la raza dinámica, cuyas braquicefalia y nariz aquilina se retrotraen a la raza del Asia Menor y que podría haberse difundido por los Balcanes junto a la oveja, el buey y el grano, todos ellos originarios de Oriente Próximo.

Con el comienzo del Neolítico, y la definición de áreas culturales precisas, el cuadro está maduro para la búsqueda de los orígenes indoeuropeos. Al principio del cuarto milenio, la época que precede a las grandes migraciones indoeuropeas, Europa aparece dividida en cinco grandes áreas culturales. De ellas, el área occidental-mediterránea, que comprende la Península Ibérica, la región francesa, las Islas Británicas y que, atravesando Italia, llega hasta Grecia (territorios de los posteriores iberos, ligures, eteocretenses con conexiones ibéricas y camíticas), es con toda seguridad no-indoeuropea. Igualmente, el área ártica, extendida desde Escandinavia hasta Siberia por las zonas de bosques de coníferas del norte de la línea Oslo-Riga-Moscú-Omsk, no entra en consideración como candidata a territorio de origen indoeuropeo. Se trata de un territorio habitado por grupos de cazadores ugrofineses de raza báltico-oriental (laponoides) que no poseen los elementos de civilización campesina presupuestos a los indoeuropeos.

De las tres culturas que alternativamente se han identificado con el núcleo de los pueblos indoeuropeos, la danubiana, la nórdica y la póntica, la primera constituye la más antigua cultura agrícola europea. Los danubianos se abrieron camino a través de los bosques que recubrían toda Europa, trayendo desde los Balcanes los primeros elementos de la agricultura. Su vía de penetración fue el curso del Danubio y de sus afluentes. Aplicando incendios en los bosques para conseguir tierras de cultivo, y abandonando a los pocos años unos terrenos que habían quedado exhaustos, peregrinaron hasta los cursos del Rin, el Elba y el Vístula. A mediados del sexto milenio los encontramos diseminados por un área inmensa que se extendía desde Renania y Alsacia al oeste hasta Podolia y Besarabia al este y que por el norte alcanzaba la línea Rotterdam-Magdeburgo-Varsovia. Por todo esta área se encuentra su característica cerámica, vivamente decorada mediante bandas (Bandkeramik). Gordo Childe (1968 190) describió estas comunidades de la siguiente manera: «Los danubianos eran un pueblo pacífico. Las únicas armas que se han encontrado en sus asentamientos consistían en cabezas de maza en forma de disco como las que habían sido utilizadas en el Egipto predinástico y algunas puntas de flechas talladas en sílex. Fueron democráticos e, incluso, también comunistas: no existen señales de jefes que concentrasen las riquezas de la comunidad». Sobre este complejo danubiano, que se desarrollará durante tres milenios, nuevas oleadas periódicas reforzaran los orígenes sudorientales: la cultura de Vinça, que se irradia desde Serbia, la de Lengyel, que, con el grupo de Jordansmühl, se instala en Silesia y sobre el Vístula o la de Boian, a partir de la cual se desarrollará en Podolia y Moldavia la cultura con cerámica pintada de Cucuteni-Tripolje. Todas estas culturas renuevan el originario empuje minorasiático.

Los danubianos han sido identificados a menudo con los primeros indoeuropeos [24], sin embargo el carácter pacífico e igualitario de su cultura y su escasa movilidad, unidos a su falta absoluta de carácter ofensivo, hacen esta identificación muy improbable: «su carácter de pacíficos campesinos, apegados a la tierra contradice las hipótesis históricas», afirma H. Seger (1936, 5). Las grandes casas colectivas y la ausencia de signos que delaten la existencia de jefes o de una aristocracia nos hablan de una organización eminentemente pacífica y comunitaria, de «campesinos viviendo en un régimen matriarcal, en comunidades rurales escasamente ligadas entre ellas» (H. Günther).

La raza predominante en el seno de la comunidad danubiana parece haber sido la mediterránea, aunque la dinámica debe haber jugado un papel lamentablemente poco documentado. La raza nórdica está bien representada en Alemania: los primeros colonos danubianos debieron mezclarse profundamente con las poblaciones mesolíticas de la Europa central [25]. La concepción general de la sociedad y de la religión, por lo que podemos deducir a partir de las numerosas estatuillas femeninas, asociadas al toro, antiguo símbolo de la fecundidad, era matriarcal (véase sobre esta cuestión Gimbutas 1991). Según W. Butler (1938, 56): «Como ser supremo se adoraba una Diosa Madre o Diosa de la fecundidad, cuya imagen podemos reconocer en los ídolos del grupo sudoriental de la cultura de la cerámica de bandas. El diseño de un sapo que podemos observar en un vaso de arcilla representa un animal sagrado e, igualmente, las creaciones plásticas en forma de cabeza de buey están en relación con determinadas ideas religiosas». Los Bandkeramiker se enmarcan en el horizonte sudoriental de la «civilización de la Madre», con sus pacíficos cultos de la fecundidad y con la típica promiscuidad de las sociedades en las que el elemento viril se encuentra en un segundo plano. Todos estos elementos nos conducen en último análisis al Asia Menor, donde se encuentra la fuente del ciclo danubiano y donde, con toda certeza, no podemos buscar los orígenes de los indoeuropeos [26]. Dato particularmente importante es que los danubianos parecen haber ignorado casi por completo el caballo.

A todo esto, hay que añadir que a comienzos del tercer milenio la cultura danubiana cede por todas partes ante las invasiones de los pueblos del hacha de combate: «La caída de la cultura de la cerámica de bandas fue catastrófica» (O. Menghin). Hachas y huesos de caballo se atestiguan de manera creciente, aristocracias se asientan en fortalezas bien fortificadas. Si es incuestionable que los antecedentes inmediatos de las migraciones indoeuropeas en Italia y en Grecia se encuentran en el área danubiana, también lo es que esto que esto acaece después de que ésta haya sido ocupada por las comunidades guerreras del Norte.

La cultura nórdica se desarrolla a partir de la segunda mitad del V milenio BC, en un área que comprende la baja llanura nordeuropea entre el Vístula y el Weser, Dinamarca y Escania. Se trata del territorio que Thieme presupone para la lengua indoeuropea unitaria. Su primera manifestación la constituyen las comunidades de agricultores-cazadores de los vasos de embudo o TRBK (Trichterbecherkultur) [27]. Los intentos de atribuir un origen preciso a la cultura de los vasos de embudo pueden considerarse fallidos: las afinidades con Occidente (cultura de Michelsberg) se explican en la actualidad como influencias de la TRBK hacia el valle del Rin e, incluso, hacia Inglaterra (Widmill Hill); las que presenta con Oriente (el eterno referirse de Childe a las «regiones pónticas») no se han demostrado en absoluto. A este respecto K. Tackenberg (1954, 47) sostiene que «se han alzado algunas voces para que se tomase en consideración una proveniencia de los territorios del norte del Cáucaso. Pero las argumentaciones son tan débiles que esta opinión no resulta convincente en absoluto». Todavía menos feliz resulta la propuesta de Neustupny (1963, 65) de hacer derivar los Trichterbecher de la cultura de Lengyel, es decir, del complejo danubiano («Los orígenes de esta cultura son todavía oscuros, pero sabemos que es preciso buscarlos en la Europa central, entre algunos de los grupos evolucionados de la cultura de Lengyel» Si los orígenes son oscuros cabría preguntarse cómo sabemos que derivan de la cultura de Lengyel. Más adelante escribe: «Mientras que en la cultura de Lengyel aparecen, en el ámbito del culto, rastros evidentes de un posible matriarcado o de su posible supervivencia, en la TRBK faltan completamente elementos análogos». Entonces, ¿por qué la TRBK derivaría de Lengyel? Por forma, espíritu y personalidad la cultura nórdica es irreductible a la danubiana. Aunque resulta posible que el ambiente nórdico haya recogido innovaciones técnicas del sur, igualmente lo es que se haya desarrollado autónomamente desde el complejo Ertebølle [28].

A partir del 3800 BC aparecen en Dinamarca y en Schleswig-Hostein las primeras tumbas megalíticas, de inspiración occidental, pero que, como ha destacado G. Daniel (1958, 55 y 123-124), no constituyen un testimonio de invasiones desde Occidente:
«Parece que no hay que considerar que los dólmenes de la Europa septentrional derivan de la Europa occidental… sino como invenciones autónomas de la Europa del norte (…) Podemos aceptar la opinión de que la arquitectura de las tumbas megalíticas tuvo orígenes independientes en diferentes lugares de la Europa prehistórica, al menos en Jutlandia meridional, en Malta, en el sur de Francia y en la Península Ibérica». Con las sepulturas megalíticas, extendidas desde el Mediterráneo a lo largo de todas las costas atlánticas [29], no se difunde una misma cultura sino únicamente una concepción general: «En definitiva ¿cómo podríamos imaginar una migración masiva a través del mar del Norte durante el tercer milenio a C?... las sepulturas megalíticas constituyen la expresión de una acrecentada veneración de los antepasados, que con la fuerza de una nueva religión conquista vastas regiones del mundo. La propia inmensa difusión por tierras y mares lejanos nos previene para no ver en ella otra cosa que el producto de tráficos y contactos espirituales» (Seger 1936, 9). Las primeras tumbas megalíticas son los dólmenes, cámaras formadas por cinco grandes losas; les siguen, en una evolución cada vez más compleja y grandiosa, las tumbas de cámara y de corredor. La cultura megalítica es la expresión de una aristocracia campesina con firmes tradiciones sociales y campesinas [(*) acerca del carácter aristocrático de la sociedad protoindoeuropea, atestiguado por la reconstrucción lingüística del indoeuropeo, véase Schlerath 1973].

«La cámara de piedra constituía el mausoleo de una familia noble, el resto del túmulo cubría a los simples mortales del séquito… del las sepulturas de Grundoldendorf (cerca de Hamburgo) cada una pertenecía a una generación. La generación siguiente levantaba una nueva sepultura paralela a la primera y la tercera y la cuarta, a su vez, levantaban otras. La sencilla planta de este pequeño cementerio documenta el sedentarismo de una familia noble y, como podría decirse, de un feudatario» (Schuchhardt 1941, 142).

La cerámica megalítica, evolucionado desde la forma sencilla del vaso de embudo, alcanza límites de gran belleza y racionalidad. Mientras que en la cerámica danubiana las bandas decoran vivamente la superficie sin adherirse a la forma, en un juego brillante y superficial – estilo en que alcanza su máxima madurez estilística en los elegantes vasos pintados de Tripolje -, las cerámicas nórdicas no conceden nada a la pura ornamentación. Todas las líneas subrayan la arquitectura de los vasos, las juntas y las separaciones. Günther contrapone «la lujosa proliferación de las formas ornamentales de la cerámica de bandas», en las que se plasma la sensibilidad meridional de los danubianos, a la tendencia nórdica hacia «las robustas formas geométricas o tectónicas, hacia formas de un espíritu que une tensión y mesura». La cultura nórdica no presenta señales de matriarcado: no aparecen por ningún lado los ídolos femeninos. Por el contrario, algunos indicios hacen pensar en cultos celestes y meteóricos. Sprockhoff (1938, 140), tras haber examinado las evidencias de un culto del hacha en el área nórdica, observa: «Ahora bien, el vínculo ideal que se establece entre el hacha y el dios del trueno es tan estrecho en toda época que resulta necesario admitir también para la remota Edad de Piedra del Norte un culto al dios del trueno, que en este caso se identificaría con el dios del sol y del cielo. A él se consagran las hachas de ambar y de arcilla, así como realizadas en miniatura. Del mismo modo que las mujeres germánicas de tiempos posteriores lucían martillos de Thor tallados en plata engarzados en cadenas, las poblaciones nórdicas de la más remota Edad de Piedra portaban en sus cuellos, como adorno, perlas de ámbar en forma de hacha bipenne, símbolo del dios del trueno de aquellos días, un dios que hoy para nosotros carece de nombre. El hacha de guerra simplemente se convirtió en el símbolo de la más alta divinidad». La firme estructura familiar y las tradiciones de caza y de guerra atestiguan una cultura eminentemente viril. La raza dominante es la nórdica, junto a su variedad rubia más masiva, la dálica.

En la época de las tumbas de corredor (a mediados del cuarto milenio BC) la cultura megalítica muestra una gran fuerza expansiva: se extiende por todo el territorio entre Holanda y el Vístula, desciende por el curso del Elba y del Óder y da origen a grupos locales sobre el Elba medio y el Havel (Walternienburg, Bernburg con dataciones entre 3285 ± 153 en Aspenstedt y 2897 ± 56 en Quenstedt, Midgley 1922, 227), mientras grupos nórdicos se infiltran en Silesia entre los agricultores danubianos de la cultura de Jordansmühl. Estrechamente ligada a esta expansión nórdica se encuentra la cultura de las ánforas globulares (Kugelanphoren) (3200-2700 BC), cuyos orígenes Seger creía ver en Brandemburgo y sobre las pendientes de Harz: «Aquí se encuentran sus más grandes manifestaciones y sus formas más puras», y que hoy Neustupny hace derivar de núcleos nórdicos asentados en el arco del Vístula (en Cujavia). Se trata de una cultura acentuadamente patriarcal, en la que coexisten agricultura y ganadería. Esta cultura se expande hacia el este, hacia Polonia oriental y Ucrania [30].

Neustupny señala en esta cultura el simbolismo de la esvástica y la tapa de una urna con una figura humana que tiene en lugar de la cabeza el disco solar.

La multiplicidad de estos grupos y su dinamismo ofrecen los presupuestos requeridos para la primera expansión indoeuropea:

«Que tantos grupos individualizados pudieron formarse sobre un área relativamente reducida y durante un periodo que abarcó poco más de dos o tres siglos, constituye un testimonio claro de la inestabilidad que se difunde por aquella zona de frontera, así como de los fraccionamientos, estructuraciones de grupos étnicos, las batallas y las migraciones que debieron derivar de una tal situación» (Seger 1936, 33).

Las primeras repercusiones de esta presión nórdica se advierten con la difusión de la cultura de Rössen, originaria de la región de Magdeburgo, hacia el valle del Rin y la Alemania del sur. Los Rössener ocupan una posición intermedia entre el área megalítica y el mundo danubiano. Su tipo físico es nórdico: «La mezcla, sin embargo, no es racial, sino que se limita únicamente a la cultura, puesto que el examen de la conformación craneal señala que los hombres de la cultura de Rössen pertenecen a la raza nórdica» (Behn, «Die Vormetallischen Kulturen», 110). Con ellos influencias nórdicas y lenguajes indoeuropeos se expanden hacia el sur. Giacomo Devoto (1962, 97) observa:

«Mientras que los empujes de origen sudoriental son sobre todo comerciales y culturales, debe atribuirse una consistencia étnica o, al menos, demográfica, a la presión que se ejerce en sentido opuesto desde el norte hacia el sur que en la Alemania occidental se identifica con la civilización de Rössen y el ambiente que la acoge. El lugar de origen corresponde a la región de Harz, en la Alemania central. La actividad de la caza encuentra sus modelos en el mundo megalítico. Se ha identificado esta cultura como una cuña megalítica en el territorio de la cultura de la cerámica de bandas de la Alemania meridional».

Mucho más lejos, la penetración de núcleos danubianos en Tesalia (acrópolis de Dimini), en inusitada calidad de señores y conquistadores, podría conectarse, igualmente, con las primeras presiones nórdicas:

«La cerámica de estas estirpes nos señala su pertenencia al área de la cerámica de bandas y su proveniencia de Hungría y de Transilvania… sus fortificaciones denuncian que los tiempos habían devenido guerreros y las casas rectangulares de origen centroeuropeo, como los influjos centroeuropeos sobre la ornamentación originaria, atestiguan una aristocracia de estirpe indoeuropea. (…) El pueblo de Dimini penetró en Grecia, ocupó las islas en torno a Delos, alcanza el Peloponeso septentrional y entabló relaciones de mutuo intercambio espiritual con los habitantes de Creta» (Günther 1967, 48).

La aparición de la acrópolis de Dimini puede ponerse en relación con el fin de Troya I y el surgimiento de Troya II (2800 BC). Para esto sería necesario abandonar la cronología demasiado alta atribuida a Dimini por Schachermayer (2900 a. C.) y orientarse hacia una baja, como la de Matz (2500 a. C.) [31]. Que esta primera invasión de Grecia conlleve elementos indoeuropeos, como quiere Günther, es dudoso. Más bien hay que contar con el elemento preindoeuropeo definible genéricamente como «pelasgo», no todavía indogermanisch, pero ya, según el punto de vista de Kretschmer, indogermanoid. Fue precisamente Kretschmer quien, analizando una forma como Tyndarídai, apelativo de Cástor y Pólux, la encontró equivalente a la de Dióskuroi a través de un tin, reencontrable en el etrusco Tinia, «Júpiter», y un dar, análogo al sufijo tor de Numitor, «hijo de Numa». Este Tin puede relacionarse con el sánscrito dinam y con el eslavo dini «día», todos ellos derivados de la raíz indoeuropea *dei del esplendor diurno y del cielo (indio Dyaus, griego Zeús, germánico Tyr y latino Dies-pater, de donde deriva Juppiter). El etrusco Tinia y los helénicos Tyndarídai representan algo que no es todavía indoeuropeo pero ya, de alguna manera, «indogermanoide», «siendo débil su relación con el mundo lingüístico indoeuropeo» [32].

Kretschmer, quien identifica a los verdaderos indoeuropeos con los nórdicos, quería reconocer en el complejo danubiano una afinidad originan con ellos. En efecto, al menos en Alemania, Checoslovaquia y Polonia, la cultura danubiana debió desarrollarse sobre un substrato mesolítico semejante al del área nórdica, como demuestra la presencia de la raza nórdica en el área danubiana. Es muy probable que estas gravitaciones danubianas sobre el Mediterráneo, consecuencia de las presiones de los pueblos del Norte, llevasen hasta las cosas del Egeo el pelasgo, lengua «indogermanoide» según concepto y terminología de Kretschmer. Estos movimientos no han alcanzado únicamente Dimini y Grecia sino Italia (cultura de Molfetta) y a través de Sicilia han llevado la espiral danubiana hasta Malta. Por otra parte, han penetrado también en Anatolia. Podría relacionarse con esta dispersión de elementos danubianos el etrusco y el tirrénico por un lado y el pelasgo y el tirrenito por otra: el nombre de la tetrápolis ática Hyttenia se explica a través del etrusco huth «cuatro», el griego opuío «mi esposo» puede confrontarse con el etrusco puia «mujer» y de todos es conocida la similitud entre el etrusco y la lengua de las inscripciones de Lemnos [33]. Es probable que estas primeras gravitaciones sobre el Mediterráneo hayan llevado a Troya el megaron, la casa con pórtico y un hogar central de los climas fríos, que en tiempos se consideró relacionada con la casa cuadrangular del área megalítica, que hoy se cree de origen anatólico pero cuya procedencia nórdica permanece siempre como probable. Con ellas se difunde la esvástica, uno de cuyos centros de difusión se encuentra en Rumania, que alcanza Troya bastante pronto. Pero las verdaderas migraciones indoeuropeas comienzan algunos siglos después. En torno al 2900 BC se asiste a una violenta explosión del área nórdica, cuyo epicentro se encuentra en Turingia, con la cultura de la cerámica de cuerdas y del hacha de combate.

Esta cultura recibe el nombre del vaso característico decorado con impresiones de cuerdecillas (Schnurkeramik) y del hacha de guerra (Streitaxt). La cerámica, afín a la megalítica, pudiéndose reconducir en último análisis al primigenio vaso de embudo, presente el mismo carácter tectónico y un severo organicismo, «un arte de la mesura y de la fuerza», como lo ha definido H. F. K. Günther.

Los Schnurkeramiker con un pueblo de campesinos guerreros dotado de gran fuerza expansiva, de gewaltiger Stosskraft (Sprockhoff). Toda su sociedad se encuentra marcada por un carácter eminentemente marcial: tanto en Suecia como en Fatyanovo se han encontrado hachas de juguete en las tumbas infantiles. Las hachas de combate de la cultura de la cerámica de cuerdas están magníficamente elaboradas, evidenciando una gran pericia técnica y un gran amor por las armas. Sus ánforas están cubiertas de símbolos solares. Han domesticado al caballo y viven en casas rectangulares semejantes a las del área megalítica. En cualquier lugar donde aparecen, incluyendo los más lejanos dominios de expansión, en Rusia central o en el Cáucaso, muestran el mismo claro predominio de la raza nórdica característico de la Turingia prehistórica:

«La cerámica cordada está asociada a los cráneos más largos y estrechos que se encuentran en toda la Edad de Piedra. La misma cultura megalítica no los presenta semejantes, poseyendo sus cráneos la antigua forma de Cro-Magnon, con rostros anchos, casi cuadrados y de una longitud media, mientras que los de Turingia presentan rostros altos y delgados, con una pronunciada dolicocefalia, la que caracteriza todavía hoy a la auténtica raza nórdica» (Schuchhardt 1941, 162) [34].

Sobre el origen de la cultura del hacha hay disparidad de opiniones. Algunos (Kossinna, Menghin, Schulz, Bicker, Seger y, recientemente, Neustupny) ven en ella una simple derivación del área nórdica. Otros (Schuchhardt, Sprockhoff y también Günther) le atribuyen un origen independiente y antiguas raíces en la Alemania central [35]. Por su parte los defensores del origen póntico de los indoeuropeos, basándose en la difusión de la cerámica de cuerdas desde Turingia hasta el Cáucaso, han intentado repetidamente demostrar que los primeros centros de la streitaxtkultur se encuentran en las estepas del mar Caspio y del mar Negro, en el interior de la cultura de las tumbas de fosa (pit-graves) con esqueletos recubiertos de ocre (Ockergräberkultur) [36]. En realidad, el clima de creciente movilidad guerrera presupuesto para la aparición de la cultura del hacha, cuyos integrantes practicaban tanto la ganadería como la agricultura, no se explica necesariamente con infiltraciones de pueblos pastores desde las estepas. Se trataría más bien de los cambios climáticos que se producen a comienzos del periodo subboreal [37] y de procesos de crecimiento demográfico, fenómenos que acompañan la aparición de grupos ganadores no sólo en Alemania sino también en Francia (cultura SOM) y en España (cultura del vaso campaniforme). La contraposición abstracta entre campesinos matriarcales y pacíficos por un lado y nómadas pastores y guerreros por el otro ha impedido a muchos autores [38] comprender la naturaleza dinámica y colonizadora del campesinado nórdico que ya durante la época megalítica presenta tradiciones marciales y una tendencia hacia la expansión: «La propia denominación de campesinos-guerreros o de campesinos-nobles implica que no debe considerarse a los indoeuropeos como campesinos que lo soportaban todo, al modo del campesino ruso del Báltico oriental. En conformidad con la raza nórdica, predominante entre ellos, constituían una estirpe de señores y jefes, que poseía junto a las calidades campesinas, el gusto por la empresa, la resolución en la acción y el valor» (Günther 1936, 338).

Con anterioridad a la guerra, Nowothnig y Bicker, seguidos por Günther, habían creído poder demostrar un origen antiquísimo de la Schnurkeramiker en Turingia, con raíces mesolíticos rastreables hasta el 5500 aC [39] (Schulz 1968, 150). Las razones que avalan una mayor antigüedad de la cultura de la cerámica cordada en Turingia que en Polonia o Rusia han sido recapituladas por Devoto en la página 115 de su Origini Indoeuropei Podrían resumirse del modo siguiente: es difícil que en Turingia se encuentre cerámica cordada más típica que la de Polonia si aquélla constituye un punto de llegada, es difícil corrientes provenientes de regiones familiares con el metal (el Cáucaso) sustituyan este material por la piedra, mientras que resulta normal que los pueblos del hacha de piedra aprendan gradualmente a fabricarlas en metal, por último la difusión de la cerámica de cuerdas hacia el este se produce contemporáneamente a la invasión de Alemania por parte del pueblo del vaso campaniforme, de origen español, lo que explicaría el flujo indoeuropeo hacia el este y el sudeste y no hacia el oeste, tal y como ha propuesto Antoniewicz: «No puede excluirse que el avance del pueblo caracterizado por el vaso campaniforme haya acelerado el ritmo de la expansión de los portadores de la cultura de la cerámica de cuerdas hacia oriente, hacia las fronteras de Asia» (Antoniewicz 1936, 217).

Las altas fechas de dos yacimientos de la cerámica de cuerdas en Holanda, los más antiguos que se conocen (Anlo 2602 ± 55 y Schaasbergen 2618 ± 320 aC) (3000-2800 BC) nos permiten afirmar que la cerámica de cuerdas ya está radicada en la llanura germánica septentrional antes de la mitad del tercer milenio aC. Esto la hace contemporánea de las tumbas de corredor y de la cultura de las ánforas globulares, lo que vuelve extremadamente débil la hipótesis «kurgánica» de Gimbutas, según la cual la llegada de pueblos de las estepas con lenguajes indoeuropeos y cerámica de cuerdas, habría tenido lugar en la Europa septentrional en la época de la caída de Troya II (2250 aC) [40]-

Childe, que había sido el más tenaz de los defensores del origen caucásico de la cultura del hacha, y sobre cuya autoridad juran los partidarios de esta hipótesis, mostraba al final de su vida un total escepticismo. En una pequeña obra (Childe 1958, 200), aparecida un año antes de su muerte, tras haber planteado de nuevo la hipótesis de un movimiento de pueblos desde las estepas, concluía: «Sin embargo, en el estado actual de los estudios arqueológicos en la Rusia meridional y en Ucrania, inducciones absolutamente opuestos podrían revelarse llenas de contenido real». Por otra parte, Neustupny (1961, 451 y 454) ha podido demostrar que en Polonia la cerámica de cuerdas se origina directamente de las ánforas globulares y ésta, a su vez, de la cultura megalítica nórdica: «… es necesario concluir que la primitiva cultura de las ánforas globulares tuvo su origen en el curso superior del Vístula a partir del grupo Wiorek de la cultura de los vasos de embudo». Más adelante, al referirse a la decoración con cuerdas: «el incremento gradual de la decoración a cuerdas debe considerarse una tendencia interna del desarrollo de la cultura de las ánforas globulares (…) Es suficiente señalar que tanto desde el punto de vista cronológico como del tipológico, resulta posible la derivación no sólo de Fatyanovo sino también de la cultura de los sepulcros de fosa (pit-grave culture) [41]. Esta sintetización es particularmente feliz, tanto porque permite enraizar claramente la cultura del hacha den el área nórdica como porque Neustupny, sabiamente, deja abierta la posibilidad de la formación autónoma de ánforas globulares (y de cerámica cordada) no sólo de los núcleos megalíticos del Vístula sino también de los de Alemania central.

En realidad, desde sus orígenes, la cerámica cordada aparece unida a la cultura de las ánforas globulares y a otros grupos nórdicos, y estrechamente asociada a su expansión. Ambas corrientes Kugelanphoren y Schnurkeramik, representan grupos nórdicos periféricos que reaccionan ante el cambio climático y al aumento demográfico, causado por la actividad agrícola, con la asociación de la vida ganadera a la campesina y con migraciones en las que el arado se alterna con el hacha de guerra para la conquista de nuevas tierras. En palabras de Antoniewicz: «La expansión de la cultura de la cerámica cordada fue realizada por un pueblo de guerreros-campesinos que poseían una gran capacidad de aprender pero también de crear».

La cerámica de cuerdas señala la fase explosiva de la expansión nórdica iniciada en la época de las tumbas de corredor. Con ella la cultura nórdica se abre hacia horizontes más vastos: «Los constructores de megalitos eran campesinos. En Walle, cerca de Aurich, se encontró un arado en óptimo estado de conservación. Se encontraba a tal profanidad que se le puede asignar una antigüedad de 5.000 años. El campesino es sedentario: vive y muere en su tierra. Pero con la llegada de la gente de Turingia una nueva vida penetra en el país. La fuerte iniciativa de este pueblo tan expansivo abre la perspectiva hacia más vastos horizontes. Así, vemos que la cerámica megalítica y la cordada se expande conjuntamente hacia el sur y hacia el este, mezclándose con culturas limítrofes o dispersándolas y avanzando sobre inmensos territorios» (Schuchhardt 1941, 181).

La expansión de la cultura nórdica hacia la Rusia central o meridional puede seguirse a través de la cultura megalítica de Volinia, la cultura del Medio Dniéper o la cultura de Fatyanovo. Todas estas culturas están caracterizadas por cerámica globular o cordada y por hachas de combate., Invaden el territorio de los cazadores ugrio-fineses de la cerámica a peine y presionan sobre el de los agricultores de la cerámica pintada en Tripolje. Estas invasiones han sido apasionadamente negadas por la escuela arqueológica soviética de Marr y camaradas, para quienes la existencia de una Urheimat indoeuropea constituía «un prejuicio burgués, exactamente como el de la existencia de Dios» y para los que las invasiones indoeuropeas formaban parte de la «mitología capitalista» [42].

Esta escuela pretendía explicar la aparición de la cultura de Fatyanovo o el fin de la civilización de Tripolje y su sustitución por grupos ganaderos, con el «mecanismo de la redistribución del beneficio en sentido capitalista, creador de estructuras represivas militarístico-patriarcales». Frente a estas magnificas memeces tomó posición el propio Brjussov, quien, parapetándose tras citas de Lenin y Stalin, reintroduce por la puerta trasera muchos de los execrados conceptos burgueses, reconociendo que en la prehistoria no sólo se produjeron transformaciones sociales sino también movimientos de pueblos, de aquí el título de su libro, publicado en Berlín en 1957, Geschichte der neolitischen Stämme in europäischen Teil der UdSSR. Brjussow admite que la cultura del Medio Dniéper, junto con las de Volinia y Fatyanovo (fatyanovoartigen Kulturen), forman un complejo de afinidades occidentales con la cultura de las ánforas globulares y la saxo-turingia. Niega, sin embargo, una invasión desde el oeste: para él, todas estas culturas gleichzeitig bestanden. En realidad, que estos grupos, diseminados por territorios tan inmensos hayan «coexistido contemporáneamente», sin derivar unos de otros, puede, Brjussov, creerlo o fingir creerlo. La debilidad de su posición puede medirse cuando niega el origen de las ánforas globulares a partir de la cultura megalítica de Volinia porque ésta constituye una teoría «de los arqueólogos fascistas alemanes, en particular de su jefe de filas G. Kossinna». En general, Brjussov se alarma a causa de «las flechas de los arqueólogos burgueses siempre apuntan desde el oeste hacia el este», quizá porque le recuerdan a otras flechas [43].

En realidad, Kossinna fue el primero en destacar el carácter conquistador de la cultura de Volinia, cuña megalítica orientan con ánforas globulares y hachas de combate. Su territorio presenta la forma de un triángulo cuya base sería la línea Kovel-Ternopol y con su vértice más agudo situado más allá de Zitomir, en dirección a Kiev. El pueblo de la cultura megalítica de Volinia practica la ganadería y la agricultura y vive en casas rectangulares con un ordenamiento patriarcal. Estos campesinos están armados hasta los dientes: el enorme número de hachas-martillo encontradas en su territorio lo confirma. Existen huellas de esclavitud, o que ha llevado a pensar que habían sometido a los indígenas y les hacían trabajar para ellos.

La cultura del Medio Dniéper (Mitteldneprkultur) constituye bajo muchos aspectos un fenómeno análogo al de la cultura de Volinia. Sus primeros núcleos se encuentra al norte de Kiev: posteriormente desciende por el Dniéper y se asienta en Crimea y sobre el Don. Brjussow, en su obra anteriormente citada (1957, 256), reconoce su origen extranjero: «Las estirpes de la cultura del Medio-Dniéper expulsaron del Sosh-Tal a las autóctonas que lo habitaban con anterioridad. Este procese está constatado en innumerables asentamientos. Sus orígenes en el área báltica, a través de los cursos del Vístula y del Bug, son también reconocidos por Gimbutas, aunque la datación que propone en su artículo Neolithic and Calcolitic Cultures in Eastern Europe, publicado en la obra editada por Ehrich (1967), parece excesivamente antigua [44]: «La población neolítica de las cuencas del Dniéper inferior y del Don y de Crimea era del tipo protoeuropeo Cro-Magnon. Se ha señalado que no se trata de la misma población que vivía en esa área durante el periodo Mesolítico. Los hombres mesolíticos del norte del mar Negro eran más gráciles, más del tipo mediterráneo. Por tanto, constituye una posibilidad que el grupo Cro-Magnon haya llegado a las costas del mar Negro desde el norte, a través de Polonia y Ucrania occidental (Volinia)». La cerámica cordada de base plana de la cultura del Dniéper sustituye a los vasos autóctonos con forma de huevo. Aparecen las huellas de agricultura, pero también de caza, pesca y de cría de animales, entre ellos de cerdos.

La cultura de Fatyanovo recibe su nombre de una localidad cercana a Jaroslav, situada en el alto curso del Volga. Se trata de una típica cultura del hacha de combate, con fuertes afinidades con Suecia y Prusia Oriental. El pueblo de Fatyanovo, armado con hachas-martillo, se abre camino entre las estirpes del Volga y del Oka, «separaron las estirpes del Oka» en palabras de Brjussov, introduciendo la agricultura y la cría de ganado. Sus cráneos largos y sus rostros estrechos contrastan con los de los indígenas ugrofineses. A este respecto, Childe (1968, 171) escribe «Los estudios antropométricos de las poblaciones de Fatyanovo realizados por Trofimova han demostrado continuamente que los agricultores y ganaderos debían ser inmigrados. Los cráneos, europóides o mediterráneos, están en claro contraste con los de los cazadores-pescadores autóctonos que son laponóides» [45].

Estos pueblos que se infiltran en Rusia desde Alemania y Polonia se pueden poner en relación con los indoeuropeos del tipo satem: baltos, eslavos, arios. Esta corriente se encontrará con la de de las tumbas con ocre (la cultura kurgánica de Gimbutas), extendida originalmente por las estepas del Caspio y el Aral y después por Ucrania, donde entabla relaciones con la Mitteldneprkultur. En su periodo más antiguo, esta cultura presenta una cerámica con forma oval, una ganadería trashumante muy desarrollada y domesticación del caballo. Falta el cerdo [46], y ya esto hace muy improbable su identificación con los indoeuropeos. Esta cultura, expandiéndose hacia el oeste determina, junto con la de Volinia, la catástrofe de Tripolje. Una penetración del pueblo de las tumbas de ocre hasta la Dobrugia y Hungría es innegable. Y, sin embargo, no constituirá el único de los raids eurasiáticos que destruyen pero no permanecen: escitas, hunos, ávaros, mongoles o tártaros. Como siempre, la última palabra la tiene el guerrero-campesino de Occidente que, alternando las armas con el arado, expande hacia Oriente las fronteras de Europa y de la raza nórdica: «La agricultura puede nutrir sobre un mismo territorio muchos más horizontes que los nómadas de las estepas. Es susceptible de producir constantemente nuevas energías que fortalecen y vivifican la primera corriente. El asalto de los pueblos de las estepas puede resultar extremadamente violento, puede destruir como un río de lava pero, al no poseer nada dentro de sí mismo, muy pronto se absorbe en la arena» (Hirt 1905, 190). La cultura de las catacumbas de la Edad de bronce, con tradiciones Ockergräber pero también Mitteldniepr (no es el primigenio vaso ovoide el que se afirma), junto a la penetración de la espiral danubiana allende el Cáucaso nos muestran que corriente había prevalecido [47]. El movimiento de la cerámica de cuerdas se ha realizado de oeste a este, imponiendo formas nórdicas y centroeuropeas sobre el suelo de Rusia. Constituye una migración que desde Alemania alcanza el Volga y el Cáucaso, para posteriormente sobrepasarlos y tender desde ellos hacia Persia y la India. En este momento, y en particular en la cultura de Fatyanovo, podemos reconocer las vanguardias de los arios: «Creemos que se trata, además, de la civilización de los arios (indoiranios), que fluye lentamente hacia el sudeste» (Menghin 1950, 9) [48].

Contra la hipótesis de Schrader, que veía en las lenguas de la terminología agrícula de los arios la prueba del originario nomadismo de los indoeuropeos, se ha señalado que este empobrecimiento es secundario, derivado de la migración de los indoeuropeos orientales a espacios con diferentes características medioambientales (Goodenough 1970). El ugrofinés conserva muchos préstamos en la que protofineses y protoarios se hllaban en contacto en la región del Volga. Son préstamos de una lengua no completamente aria todavía, en estadio intermedio entre el báltico y el ario, con k ya transformada en s, m semivocálica rigiendo a, pero e y o no completamente confundidas con a. El ugrofinés septa, siete, deriva del indoeuropeo *septm a través del ario (sánscrito saptà), mientras que el ugrofinés sate (húngaro száz), cien, proviene del ario sata. El ugrofinés vasara, derivado del ario vasra (martillo), parece perpetuar en la memoria el efecto producido en las cabezas ugrofinesas por las hachas-martillo de Fatyanovo. Por otro lado, porsas, reconstruido por Benveniste (1983, 20-26), con relación al griego porkos, presupone un ario parsas, reconstruido por Benveniste con el significado no ya de «jabalí» sino de «cochinillo»: los antepasados de los arios también fueron criadores de cerdos.

Todos estos préstamos, y en particular este último, nos retratan a los arios en el momento en el que se desprenden de la cepa báltica originaria y del bosque indoeuropeo, donde habían criado cerdos, para enfrentarse al horizonte de la estepa y convertirse a la vida nómada.

En efecto, la migración de las gentes de Fatyanovo desde sus sedes del Volga y la aparición de formas características de esta cultura en los kurganes de Majkop, en el Cáucaso septentrional, atestiguan una presión hacia el sur, desde las regiones boscosas de Rusia central hacia las estepas del Caspio. Los esqueletos d la cultura de Kuban, en medio de riquezas producto de razias en Armenia y Anatolia, pertenecen a la raza nórdica – alta estatura, cráneos largos, rostros estrechos – y sus martillos de piedra, en medio del refinado esplendor meridional, nos hablan de un señorío nórdico sobre los pueblos del Sur. Se trata, como proponía Tallgren, de «bárbaros del Norte» establecidos en un amiente extranjero. Por otra parte, la idea de Childe de hacer derivar las ánforas globulares de las jarras de plata de Majkop o las Kragenflaschen megalíticas de la alcolla de oro con un anillo de plata en torno al cuello proveniente del mismo Kurgan, choca contra una dificultad insuperable: este kurgán no puede ser anterior al 2200 aC, mientras la cultura de las ánforas globulares se remonta en Alemania a fines del cuarto milenio y las Kragenflaschen danesas a la primera mitad de ese mismo milenio. Por el contrario, las hachas de cobre del Cáucaso son, según Menghin «descendientes tardíos y corruptos de las hachas del Norte» [49].

Una misma facies cultural, testimonio de un mismo género sucesos, se advierte al menos cincuenta años antes en Troya II y Alaka Huyük. También en Troya, hachas rituales de piedra en el seno de una civilización familiarizada con el cobre nos hablan de una aristocracia nórdica, la misma que ha traído la esvástica junto a otros símbolos solares. Los señores de Alaka, en el corazón de Anatolia, con sus estandartes solares y sus hachas rituales de piedra, son también indoeuropeos [50]. Sus estandartes muestran la esvástica, la rueda solar, el ciervo, asociado en el Norte al culto del sol, es, según A. E. Günther «un animal ligado al alma del hombre nórdico». Por otro lado, los Dioscuros, los dioses gemelos de los indoeuropeos, asociados con el caballo y concebidos como caballeros en la Hélade (leukopólos «blancos potros») y en la India (Asvin de Sava «caballo», llamados también Nâsatyas), aparecen en el Norte como dos ciervos, los dos alces que tiran del carro del sol. Tácito habla de un pueblo de la Germania oriental que conoce dos divinidades semejantes: «Se habla de dioses que según el uso romano podrían llamarse Cástor y Pólux (…) Son venerados como jóvenes hermanos. Su nombre es Alcis». Y en los Edda podemos leer:

El ciervo del sol yo vi venir del Sur
Sus patas estaban sobre la Tierra,
Pero sus cuernos alcanzaban el Cielo.

El estandarte con el ciervo campeando en medio de dos toros más pequeños se han interpretado como la afirmación del dios solar del Norte en medio de símbolos de la fecundidad. Con un poco de imaginación podemos representarnos a los señores de Alaka como una «aristocracia luvita».

Estas presiones del Norte parecen alcanzar su punto álgido en el siglo XXVIII BC. Por otros lados, el pueblo de la cerámica de cuerdas y del hacha de combate, «el pueblo de señores de la cultura de la cerámica de cuerdas, extraordinario por la belleza de sus armas», está en marcha para conquistar lejanos países. Alrededor del 2600 BC, Troya II y muchos otros enclaves de Grecia y Anatolia son destruidos. Elementos protohelénicos se infiltran en Grecia, mezclándose con los indígenas mediterráneos y los «pelasgos» de Dimini. Hachas de combate, ánforas turingias, una mayor sensibilidad tectónica en la cerámica, caracterizan, según Fuchs, este movimiento, cuyos orígenes e podrían seguir «paso a paso desde la Grecia meridional hasta la Grecia central y de aquí, a través de Tesalia, Macedonia, los Balcanes meridionales y la Bohemia-Moravia hasta el punto de origen en la Alemania central» (Fuchs 1939, 171; 1937) [51].

Núcleos indoeuropeos se establecen en Anatolia: los textos de Boghazköy nos ofrecen un amplio repertorio para definir nacionalidad (¿luvitas? ¿palaitas? ¿licios? ¿hititas?). Mientras tanto, la antigua cultura campesina del Danubio agoniza. Tripolje y Cucuteni son destruidas, quizás por pueblos del Norte. Aristocracias de criadores de caballos con hachas de guerra aparecen por todas partes en su territorio. De la mezcla de formas nórdicas con las danubianas y las palafitícolas se forman la cultura de Mondsee, en Salzburgo, la de Altheim, en la alta Baviera, la de Baden, extendida desde Austria hasta Serbia, la de Lubljana-Vucedol, con el Danubio, donde se yergue, como símbolo de tiempos guerreros, el Burg de Vucedol. En todas ellas hay una «aristocracia nórdica dominando sobre una población alpina aborigen» (Childe).

La cultura de Mondsee, con sus símbolos solares, la esvástica, la agricultura y la ganadería, es importante para los orígenes itálicos. Todavía más resulta la de Lubljana-Vucedol, en la que Menghin veía «el territorio original de griegos e itálicos», de la ue parten los flujos de hachas de combate que vamos a encontrar en Belvedere (Chiusi), en Rinaldone (Bolsena) y en Gaudo (fuentes de Sele). En estos elementos nórdico-danubianos se deben recordar las vanguardias de los «itálicos», vanguardias ausónicas, enotrias y sículas.

Contemporáneamente, los helenos descienden a Grecia, con cerámica minia. Son, en palabras de Childe, «nuevos y belicosos colonos». Un nuevo estrato de destrucciones señala su paso: la fractura con el Heládico antiguo es total. Orcómenos es destruida y sobre las cabañas redondas se edifican casas rectangulares. Los minios son gentes guerreras, como lo demuestran las armas depositadas junto a sus muertos. Conocen el caballo, que introducen en Grecia por primera vez. Su modo de vida es semejante al de los Schnurkeramiker de Turingia. Esta última migración es tasable en el 1950 aC. Al igual que las incursiones precedentes, ésta ha llevado hasta la Hélade, separándolos de su vecindad con hititas e itálicos, varios núcleos helénicos identificables con jonios y eolios. Los dorios permanecen en la periferia, en el Epiro y los Balcanes. Los primeros contactos con la talasocracia cretense nos presenta a estos helenos todavía en estado de inferioridad, como en la saga de Teseo [52].

Una cerámica minia semejante, junto a armas metálicas y caballos, penetra contemporáneamente en la Troade. Son las vanguardias hititas. Su llegada a través de los Dardanelos en vez de por el Cáucaso parece más verosímil debido a la afinidad occidental del hitita (latino quis e hitita kuis, latino hiems y griego chímon e hitita gimmanza derivados del indoeuropeo *gheims «invierno, hielo»). Su punto de partida hay que buscarlo en la cultura de Gulmenitsa, en el curso inferior del Danubio, que constituye la provincia más meridional de Tripolje, dislocada por grupos saxo-turingios penetrados a través de las Puertas de Hierro. Un eco de esta migración se podría encontrar en la plegaria del rey Muvatallis:

Dios del Sol del cielo
mi señor, pastor de los hombres,
Tú surges, oh dios del Sol del cielo, del mar y sales al cielo.

Oh dios del Sol del cielo, mi Señor,
diariamente juzgas
al hombre, al perro, al cerdo y a los animales salvajes de los campos.
Este mar desde el que se eleva el sol sólo puede ser el mar Negro, que los hititas debieron tener a su izquierda al descender a lo largo de las costas búlgaras.

Aqueos e hititas son los primeros pueblos indoeuropeos que se establecen con carácter permanente en el territorio de las antiguas culturas egeas y minorasiáticas y será también los primeros en desarrollar una organización civil superior. Así mismo, son, junto con los arios, los primeros en asumir una fisionomía lingüística bien definida. En toda la Europa central, debió continuar hablándose todavía una especie de indoeuropeo indiviso, empleado también por los antepasados de los vénetos y los latinos.

El reflujo de la cultura del hacha saxo-turingia sobre el área megalítica representa la última invasión del Norte y el precedente inmediato de la formación de los germanos [53]. Al alba de la Edad del Bronce, tras el esfuerzo de creación de pueblos realizada durante el milenio precedente, el área nórdica se cierra sobre sí misma. Comienza un largo proceso de maduración tras el cual, cuando Europa, agotada la linfa indoeuropea en el Mediterráneo, tenga necesidad de nuevas energías, surgirán los pueblos germánicos: «Al final del Neolítico reciente se cierra un proceso histórico de incalculable importancia y cuyas consecuencias no se circunscriben a Dinamarca o al Holstein sino que sobrepasan las mismas fronteras de Europa. Por su parte, el Norte entra en un periodo de quietud. Pero, lo que podría parecer estancamiento constituye, en realidad, maduración interior que, tras un conservadurismo tenaz, tiene lugar una sana, tranquila y continua evolución, fenómenos propios del Norte, que lo distinguen del resto de áreas y que le han permitido constituir un tranquilo aljibe del cual, cuando ha sido preciso, han surgido los héroes de la vida» (Sprockhoff 1936, 1).

Anotaciones

22. La investigación antropológica ha demostrado sin lugar a dudas la pervivencia entre la población de las islas de un tipo cromañón, el más numeroso de los diferentes tipos aislados entre la población prehistórica canaria. Las momias conservadas demuestran que este tipo cromañón estaba fuertemente despigmentado.

23. Bajo la denominación Ertebølle-Ellerbeck se encuentra aquí toda una serie de grupos del Mesolítico tardío, fuertemente emparentaos, pero que presentan ciertas diferencia en sus tecno-complejos. La primera aparición corresponde al yacimiento de Bergumermeer, en Holanda, datable entre 6842 ± 152 BC que pertenece al grupo De Leien Wartena. El resto son los grupos Hülsten, Nollheide, Boberg, Oldesloe-Kobrow, Cchojnice-Pienki y Janislawice. En sentido estricto, el grupo Ertebølle-Ellerbeck se extendería por Jutlandia, las islas danesas, el sur de Suecia y la franja costera septentrional de Alemania desde el Holstein hasta más allá del Oder (Midgley, 1992). Véase el mapa III. Por otra parte, desde hace ya tiempo se ha matizado el carácter «mesolítico» de Ertebølle-Ellerbeck: estudios palinológicos han atestiguado la práctica de la agricultura (polen de cereales cultivados y de hierbas asociadas a estos) y se ha documentado la presencia de animales domésticos (buey, oveja y cabra). Los materiales líticos, muy diferentes de los propios del complejo danubiano más meridional, atestiguan un origen en la cultura de Maglemose mesolítica autóctona (Lichardus et alii 1987, 154-159, Champion et alii 1988, 144).

24. Esta era la tesis de Bosch Gimpera (1975; 1989) y, desde enfoques lingüísticos de la G. Devoto (1962). Últimamente ha encontrado en J. Makkay (1987; 1992) a su más firme valedor. Véase mapa IV.

25. Los estudios antropológicos documentan, por un lado, una difusión más tardía del tipo dinámico por la cuenca del Danubio (Szathmáry 1980, 239), mientras que por otro, efectivamente, confirman el fuerte componente nórdico entre los Bandkeramiker de la Alemania central, aun sin negar la evidente presencia de tipos mediterráneos más gráciles [Kilian 1988, 148. 149-149).

26. En realidad sí se han buscado. El arqueólogo G. Renfrew (1990) ha propuesto identificar a los indoeuropeos con los grupos humanos difusores de la agricultura, cuyo punto de partida se hallaría en la llanura de Konya. Por otro lado, los lingüistas T. Gamkrelidze y V. V. Ivanov (1989) localizarían la Urheimat indoeuropea en la Anatolia oriental, entorno al lago Urmia o al Van. No obstante, ambas hipótesis han levantado demasiada polémica para su escaso fundamento. Véase Villar (1996, 52-61) y Häusler (1998, 8-9, 15-17).

27. La cronología empleada por el autor en la edición original, respetada en la edición de 1978, corresponde a las fechas obtenidas por medio del método del carbono 14 expuestas en el capítulo «Northern Europe» de H. L. Thomas en Cronologies in the Old World Archeology, Chicago y Londres, 1967. Se trata de dataciones sin calibrar, que sitúan el comienzo del primer Neolítico nórdico a mediados del IV milenio (Fase A: Elinelund 3668 ± 245 aC y primer nivel de Heidmoor 3344 ± 115 aC. Fase B: segundo nivel de Heidmoor, 3220 ± 105 aC. La fase C, en la que hacen aparición los dólmenes, se dataría en el 2963 ± 80 aC en Dinamarca, yacimiento de Muldbjerg, y en 3011 ± 205 aC en Suecia, yacimiento de Vatteryd, y al 2865 ± 11 aC en Polonia, yacimiento de Cmielòw. Las tumbas de corredor, se datarían a su vez, en el 2777 ± 80 aC en el yacimiento holandés de Odoorn y en el 2623 ± 120 aC y 2612 ± 120 aC en Dinamarca, en Tutstrup y Ferslev, respectivamente), sin embargo, para esta edición hemos utilizado las fechas ya calibradas, que hacen retroceder un milenio el comienzo de la cultura de los vasos de embudo, siendo los grupos más antiguos el oriental, al que pertenece el yacimiento de Sarnowo (4417 ± 60), y el grupo nórdico, que representa dataciones en Rosenhof del orden de 4274 ± 90 BC o 4253 ± 96 BC.

Las dataciones de Heidmoor serían de 3954 ± 134 BC y de 3825 ± 114 BC, Muldbjerg ha proporcionado fechas del orden de 3740 ± 176 BC y 3706 ± 178 BC, Cmielòw de 3.568 ± 68, mientras que Odoorn, Tutstrup y Ferslev ofrecen dataciones de 3332 ± 118 BC, 3108 ± 180 BC y 3093 ± 179 BC, respectivamente.

«Esta cronología es sensiblemente más alta que la aceptada hasta hace pocos años, que situaba el origen de los dólmenes en el 2.600 aC y el de las tumbas de corredor en el 2.300 aC. Que estas fechas restituyan toda su importancia al foco nórdico, intuida en primer lugar por Kossinna, me parece evidente». Con estas palabras Adriano Romualdi cerraba la nota dedicaba a la cronología de la TRBK. Resulta evidente, del mismo modo, que esta segunda «revolución cronológica» provocada por la calibración dendrocronológica refuerza la opinión que expresó hace casi treinta años. De esta manera se constata que la cultura de los vasos de embudo se desarrolló durante más de un milenio y medio. Por otra parte, Haudry (1999, 155) acerca de la relación entre la TRBK e indoeuropeo escribe: «…la cultura neolítica de loas vasos de embudo concuerda bien con la imagen tradicional del pueblo indoeuropeo confirmada por la paleontología lingüística: en esta cultura encontramos contemporáneamente la cría de animales y el cultivo de plantas, el caballo, el carro y el hacha de combate, fortificaciones e indicios de una sociedad organizada jerárquicamente…». Véase mapa V.

28. Efectivamente, en la actualidad no existen dudas sobre este hecho. J. Lichardus ha vuelto a plantear la posibilidad de un origen nordpóntico pero la refutación que lleva a cabo Häusler (1981, 102-104) de sus argumento es demoledora. Véase también Midgley (1992, cap. III), Kilian (1988, 77-78) o Mallory (1989, 252-253).

29. Las tesis sobre el origen mediterráneo oriental del megalitismo europeo han tenido que ser completamente revisadas a tenor de la nueva cronología basada en la calibración dendrocronológica de las fechas obtenidas mediante C14. Las culturas megalíticas occidentales anteceden en milenios a sus presuntos precedentes del Mediterráneo oriental. Por otra parte, tampoco existen dudas sobre el carácter autónomo de cada uno de sus diversos centros. Consúltense, por ejemplo, Renfrew (1986).

30. M. Gimbutas ha sostenido con insistencia que el origen de la cultura de las ánforas globulares estaría en la cultura nordpóntica de Srednij-Stog. Sin embargo, no existe absolutamente ningún argumento que apoye esta pretensión. Que la Kugelanphorenkultur se ha originado a partir de la TRBK es actualmente un hecho incontestable. Por otra parte, dataciones recientes demuestran que en Volinia y Podolia esta cultura se prolongó hasta el 2000 BC (Häusler 1981, 127-30; 1985, 61-64; 1998, 29-32; Sulimirski 1968, 49-51; 1970, 150, 162-170). Véase también Priebe 1938 y Wislanski 1970. Véase mapa VI.

31. Hoy por hoy la cronología baja propuesta por Matz está prácticamente abandonada. Sin embargo, el adelanto general de fechas hace que el cuado sea sensiblemente semejante al propuesto por Romualdi en función de cronologías bajas: Troya II se databa sobre el 2200 aC lo que llefvaba a considerar el 2500 aC para Dimini, pero actualmente Troya II se fecha sobre el 2800. Por otro lado, la cronología de Dimini, al igual que la del Neolítico reciente de Macedonia, Tracia y los Balcanes, plantea el problema de conciliar las fechas, muy numerosas, obtenidas por C14 calibrado y mediante termoluminiscencia (4500-3900 BC) con las obtenidas por medios más tradicionales (4000-3000 BC). Véase Treuil et alii (1992 62).

32. Otra cuestión sobre la que existen posiciones enfrentadas es la de la existencia de lenguas indoeuropeas prehelénicas en Grecia, entre ellas principalmente el pelasgo. Véase Birnbaum (1974) o Villar (1996, 426-430).

33. Algunos autores defienden la naturaleza indoeuropea del etrusco, entre éstos destacan F. R. Adrados (1989) y F. C. Woudhuizen (1991) quienes desde posiciones algo diferentes defienden su relación con el grupo anatolio.

34. En realidad, la proporción existente entre los tipos nórdicos y málicos en la TRBK y en la Schnurkeramik es sensiblemente semejante. Actualmente no puede contraponerse una «cultura megalítica dálica» a una «cultura de la cerámica de cuerdas nórdica»: En ambas culturas es muy predominante el tipo nórdico, mientras que la proporción de málicos sólo es algo superior en algunos grupos locales de la TRBK. De especial interés: en el grupo de Baalberg de la TRBK no presenta diferencia con respecto a la posterior cerámica de cuerdas. Véase Kilian (1988, 121-154) y Schwidetzky (1980).

35. Son amplia mayoría los especialistas que consideran la TRBK como el origen de la cultura cordada: L. Kilian, A. Haüsler, U. Fischer, H. K. Thomas, M. Midgley, K. Jazdzewski, W. H. Goodenough o J. Makkay entre otros muchos. Véase mapa VII.

36. Entre otros cabría mencionar a M. Gimbutas, N. Merpert, J. P. Mallory, D. Anthony. Existen otras hipótesis: M. Buchwaldek y T. Sulimirski la creerían originaria de los territorios fronterizos entre el bosque y la estepa ucranianos, situados entre el Vístula y el Dniéper y en las zonas pantanosas del Pripet.

37. En realidad, los procesos ligados a la aparición de la cultura del hacha implican unas secuencias temporales mucho más largas de lo que se había supuesto. Durante los periodos transicionales desde la TRBK no se documentan acontecimientos bélicos sino todo lo contrario (Champion et alii 1988, 240), lo que habla, además, en contra de la presunta llegada de pastores nómadas desde las estepas (Häusler 1981, 120-122). Una amplia panorámica de la cultura de la cerámica de cuerdas puede verse en Behrens y Schlette (eds.) (1969), en Behrens (ed.) (1981) y en Buchwaldek y Strahm (eds.) (1992).

38. Las tesis de M. Gimbutas constituyen un buen ejemplo.

39. Esta tesis ha sido retomada por Z. Krzak (1981). Sin embargo, las críticas de Häusler (1983) resultan contundentes.

40. La teoría del origen nordpóntico de los indoeuropeos y su identificación con una denominada cultura kurgán ha tenido mucho predicamento en las últimas décadas. Durante demasiado tiempo se cumplieron los temores de F. Schachermeyr, quien había alertado del «peligro de una manía kurgán». Sin embargo, el escepticismo jamás ha dejado de ser abrumador entre los especialistas. M. Gimbutas, la autora que con mayor empeño ha defendido esta hipótesis, se ha visto obligada a cambiar sus posiciones sobre muchos puntos a medida que avanzaba la investigación y resultaba imposible sostener las anteriores. En esta obra Romualdi critica las propuestas expuestas en la obra de esta autora publicada en 1965. A. Häusler (1981; 1985) ha sometido a una crítica devastadora tanto los métodos como las conclusiones a las que llega M. Gimbutas en sus trabajos de 1973 y 1977. Una exposición detallada de la tesis kurgán se puede ver en J. P. Mallory (1989) (una recensión crítica sobre esta obra pude verse en Schlerath 1992). Entre los muchos «talones de Aquiles» que presenta esta hipótesis, a pesar de la suficiencia de que hacen gala algunos de sus defensores, uno de los fundamentales es la imposibilidad de hacer derivar la cultura de la cerámica de cuerdas de la cultura de las tumbas de fosa: ni rituales funerarios, ni cultura material [Kilian (1988, 95] ha aislado 23 elementos de ambas culturas de los que 21 no son comunes: sólo lo son los collares confeccionados con dientes de animal, por lo demás común a otras muchas culturas neolíticas, y el túmulo funerario, que en el caso de la cerámica de cuerdas perfectamente pudo tener su origen en el grupo de Baalberg de la TRBK y que, por otro lado, no aparece en diversos grupos cordados como por ejemplo Fatjanovo], ni tipología antropológica se corresponden, amén del marcado contrsate entre ambas cuando coinciden o se superponen en algún territorio. Esta imposibilidad de explicar el mecanismo de difusión de las lenguas indoeuropeas hacia el oeste debería ser argumentado suficiente para invalidar esta hipótesis.

41. No obstante, no es posible actualmente demostrar la procedencia de la cultura de las tumbas de fosa (la cultura kurgán por antonomasia) de la cultura de las ánforas globulares: esta última se infiltra con posterioridad en los territorios del sudeste europeo superponiéndose a la anterior (Sulimirski 1970, 162-170).

42. Para una crítica de la escuela arqueológica soviética consúltese el artículo de Bolko Freiherr von Richthofen en H. Arntz (ed.).

43. Véase mapa VIII.

44. Esta cuestión, a la que no parece haberse prestado demasiada atención, puede resultar crucial. En efecto, durante la transición del Mesolítico al Neolítico se produce un acusado cambio de población en los valles de Dniéper y del Don: los habitantes del Mesolítico son de tipo mediterráneo, mientras que los del primer Neolítico exclusivamente del tipo «cromañón», relacionado con las poblaciones situadas más al norte (Ertebølle, Janislawice…). Estas gravitaciones nórdicas no corresponden a las expansiones posteriores de ánforas globulares o de cerámica cordada (cultura del Medio Dniéper) sino a movimientos muy anteriores, que probablemente hayan tenido mucho que ver con la critalización de la denominada cultura Masoviana o del Dniéper-Elba. Esta población recién llegada va a ser la base de la posterior cultura de las tumbas de fosa, cuyas raíces no están en el territorio nordpóntico sino mucho más al norte, en el área báltica (Sulimirski 1970, 37-40); C-H Boettcher (1991, nota 77) incuso avanza la posibilidad de que podría verse en esta cultura «una prolongamiento oriental de la cultura de los vasos de embudo, tal y como el grupo de Michelsberg (…) ha demostrado ser el ramo occidental. Ambas culturas están relacionadas mediante rasgos dignos de ser subrayadas a la cultura de Ertebølle y a la de los vasos de embudo…»; Kilian (1988, 158-159) igualmente sugiere la existencia de estas relaciones. Es posible, por tanto, que haya que ver aquí el primer proceso de indoeuropeización del área nordpóntica, posteriormente reforzado por los empujes del Neolítico reciente.

45. Esto ha sido confirmado por los trabajos de Schwidetzky (1978) y Menk (1980).

46. No obstante, la investigación arqueológica si que ha documentado en las últimas décadas la presencia del cerdo, en su variedad doméstica y como jabalí, tanto en la cultura de las tumbas de fosa como en Srednij-Stog (Sulimirski 1970, 114 y 135; Mallory 1982, 211; Boettcher 2000, 191).

47. Esta cultura presenta una cerámica con decoración cordada y hachas d combate perforadas, habiéndose documentado enterramientos en catacumbas anteriores en grupos de la cerámica de cuerdas polacos (Lichardus 1987, 259). Por su parte, L. S. Klejn (1969) sostiene incluso que el grupo del Don de la cultura de las catacumbas del primer Bronce constituiría sin más un grupo de la cerámica de cuerdas, mientras que el grupo del Cáucaso septentrional estaría relacionado con Transcaucasia y, efectivamente en este último predomina el tipo armenoide, ajeno tanto a la cerámica de cuerdas como a la cultura de las tumbas de fosa. Häusler (1975), a pesar de la completa transformación de la cultura material y del rito funerario, cree que todo el complejo de las catacumbas deriva sin más de la cultura de las tumbas de fosa.

48. Actualmente es difícil atribuir a los grupos indoiranios el complejo de Fatyanovo y Balanovo, que están relacionados más bien con la expansión de los baltos por la Rusia central. Probablemente aquellos se formen en la estepa por la superposición de los grupos cordados y ánforas globulares sobre el sustrato kurgán que en contra de la opinión de A. Romualdi muy probablemente ya sea indoeuropeo (ver nota 44), proceso tras el que se constituye la cultura de las catacumbas de la edad del bronce.

49. Esta argumentación ha perdido actualmente su valor debido a la completa transformación del marco cronológico. Sin embargo, la conclusión a la que se llega es completamente válida. Las hachas de combates sólo comienzan a aparecer en la estepa en los periodos más recientes de la cultura de las tumbas con ocre (también llamada cultura de las tumbas de fosa o cultura kurgán) y en la posterior cultura de las catacumbas. Constituyen un elemento más de las superposiciones d la cultura de la cerámica de cuerdas. Por oro lado, ya no existe duda del desarrollo independiente de la TRBK o de las ánforas globulares con relación al Cáucaso.

50. El problema de la indoeuropeización de Anatolia presenta todavía en la actualidad numerosos interrogantes. Es indudable, pese a las opiniones de algunos autores ya mencionados, que los indoeuropeos constituyen una población inmigrante en el Asia Menor. La solución del problema de la ruta de penetración (Winn 1974, 1981; Mellart 1981; Mallory 1989, 30; Steiner 1990) parece decantarse definitivamente hacia la ruta occidental. En cuanto al momento: Se han constatado dos periodos de trastornos y destrucciones seguidos de una transformación del registro arqueológico: 2700-2600 BC y 2050 BC. En ambos periodos se difunden por toda Anatolia siguiendo la dirección NO-SE elementos culturales balcánicos y de la Troade. Se ha querido ver en la cultura de Ezero de Bulgaria el origen del primero de estos movimientos, haciéndose resaltar los presuntos elementos pónticos de esta cultura. Häusler (1981) ha desmotando brillantemente esta argumentación, poniendo de relieve, por el contrario, la presencia en su seno de elementos relacionados con la cultura de la cerámica de cuerdas de la Pequeña Polonia.

51. La tesis de Fuchs sobre la penetración de la cerámica de cuerdas en Grecia, que Kilian recoge en su trabajo de 1955, fue muy criticada por Milojcic (1955). En realidad los materiales que presuntamente pueden atribuirse a esta cultura son muy escasos y algunos de ellos muy dudosos, correspondiendo a todo a todo el Heládico Antiguo y al Héladico Medio I: resulta difícil ver en ellos los testimonios de una inmigración. Quizá sea sintomático que Kilian (1988) no vuelva a hacer mención de esta hipótesis al hablar de la indoeuropeización de Grecia.

52. Actualmente se considera que la cerámica minia es un desarrollo autóctono de la Grecia continental, de hecho se advierte que este tipo cerámico se difunde siguiendo una dirección sur-norte. En realidad, el problema de la llegada de los griegos sigue levantando polémicas. Las posturs van desde la presencia de los griegos ya desde el Neolítico Häusler (1981b) hasta su llegada a mediados del segundo milenio Drews (1988). Los intentos de relacionar ciertos elementos aparentemente nuevos (esencialmente los túmulos funerarios) con la estepa han resultado fallidos (Häusler 1981b): son construcciones radicalmente diferentes. Quizás las propuestas más interesantes provengan de Howell y de Boettcher. El primero relaciona las transformaciones del Heládico Antiguo III (mediados del III milenio), de carácter «protominio», con elementos de las culturas septentrionales de Baden y Vucedol y deja abierta la posibilidad que no sea «imposible que elementos similares que aparecen en Italia y Anatolia puedan derivar del mismo área» (Howell 1973, 95). Por su parte, Boettcher (2000, 261-264) ve en la cultura de Baden, surgida de la TRBK, el origen de la cultura de Ezero (recoge los términos «complejo de Baden-Ezero» y «complejo danubiano-balcánico» acuñados por Gimbutas y Mallory respectivamente y el punto de partida del empuje que va a llevar a los indoeuropeos hacia el Mediterráneo oriental. Para este autor, que sigue a Stefan Hiller, el proceso de entrada se habría verificado durante el tercer milenio BC.

53. En realidad no puede hablarse de «reflujo». Como ya hemos comentado, tanto en Escandinavia como en la llanura nordeuropea se produce un largo y continuo proceso de transformación cultural desde los diferentes grupos de la TRBK hasta los de la cerámica de cuerdas, en algunos directamente mientras que en otros se produce la intermediación de la cultura de las ánforas globulares. Véase bibliografía de los autores mencionados en las notas 35, 37 y 40.
 
Old May 2nd, 2011 #6
Alejandro
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Alejandro
Thumbs up Muchas gracias

Quería desde estas modestas líneas, dar las gracias al forista VSL por el enorme trabajo que se ha tomado en transcribir el texto de Los Indoeuropeos para ponerlo a nuestro alcance.
Un fuerte saludo.
 
Old May 7th, 2011 #7
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III – Las Edades del Bronce y del Hierro: la formación de las nacionalidades indoeuropeas.

La Edad del Bronce, cuyo comienzo en Europa puede datarse en torno al 2300 BC y que perdura en el sur hasta el 1200 BC y en el Norte hasta el 1000 BC, corresponde al periodo de maduración de las diferentes nacionalidades indoeuropeas.

Respecto al Neolítico, nos encontramos con formas más rígidas y aristocráticas y con una más neta separación social. La Überschichtung de los estratos preindoeuropeos por las aristocracias campesinas saxo-turingias – estirpes de señores predominantemente de raza nórdica – ha conferido una impronta aristocrática a la sociedad europea. Este fenómeno se advierte también en Inglaterra, en la cultura de Wessex, donde la invasión de grupos mixtos campaniforme-cerámica de cuerdas a fines del tercer milenio representa, quizá, una vanguardia protocéltica. Estos pueblos construyen Averbury y Stonehenge, dotando al megalitismo británico una nueva orientación, en palabras de Childe: «una nueva orientación más celeste que ctónica» (véase Kraig 1981).

Estas culturas europeas de la Edad del Bronce poseen, a pesar de la inexistencia de la escritura, una característica nobleza:

«Faltan en ellas muchos de los más importantes bienes culturales, como ciudades, construcciones artísticas en piedra, monumentos pictóricos y literarios, monedas (sólo se encuentran a veces anillos de bronce) tornos de alfarero y otros; sin embargo, en ellas se ha desarrollado todo germen de civilización en tal grado que puede hablarse con pleno derecho de una “nobleza cultural” de los pueblos que han sido partícipes de la Edad del Bronce» (Behn 1949, 80-81).

En Asia menor encontramos ya arios con una lengua similar al sánscrito clásico. Provienen de las estepas pónticas, donde la cultura del Kuban y del Terek representa todavía la fase indistinta todavía de la unidad indoaria y donde el nombre de los sindi, mencionados en la Antigüedad clásica sobre el mar de Azov, corresponde al del Indo y al de la India. Igualmente, el antiguo nombre del Volga, Waros, es ario. En la estepa, estos arios han desarrollado un arma formidable: el carro de guerra. Ya los primeros indoeuropeos habían conocido el carro tirado por bueyes, derivado de los trineos mesolíticos. Pero la unción de caballos al carro ligero representa una invención revolucionaria destinada a transformar las técnicas de guerra. Oswald Spengler (1937, 150) escribirá: «La velocidad como arma hace su entrada en la historia de la guerra e, igualmente, la opinión de que el combatiente ejercitado en las armas ocupa en el seno de su pueblo una posición de primer plano. A este arma corresponde un nuevo tipo de hombre. Se hacen sentir la alegría de la empresa y de la aventura, del valor personal y del ethos caballeresco. Surgen razas de señores que consideran la guerra como fuente de vida y miran con orgullo y desprecio a las estirpes de campesinos y ganaderos. Aquí, durante el segundo milenio, se manifiesta una humanidad inexistente hasta este momento. Nace una nueva dimensión espiritual».

Precedidos por los guti, «vanguardia rubia» aparecida alrededor del 2200 BC, en el 1740 los casitas arios caen sobre Babilonia. Traen con ellos el asno de las montañas (el caballo); su dios se llama Surias (védico Surias, el Sol); su rey Abirattas (sánscrito abhi-rathas, «el hombre del carro perfecto»). En 1680, Egipto tiembla ante la llegada de los hyksos: «Éstos procedían del norte, no de la Siria sino de Armenia y de regiones todavía más lejanas; y no constituían un pueblo unitario, sino bandas de conquistadores, aliadas o enfrentadas las unas con las otras, las cuales sentían el dominar y el depredar como un propósito de vida e hicieran trabajar para ellos a las poblaciones sometidas» (Spengler 1937). A lo largo del corredor estepario que se prolonga desde la Mesopotamia septentrional a la Transjordania – donde aparecen dólmenes similares a los del Cáucaso – su avance resulta irresistible. Y con ellos avanzan símbolos y costumbres del Septentrión: «Los nómadas emergen de la estepa… para recorrer la alta Mesopotamia, Siria, Fenicia y Canaán, erigiendo sus fortalezas para lanzarse durante un tiempo sobre Egipto. Todo participa en esta invasión asiática: nuevos elementos étnicos, realizados materiales, ideas religiosas. Con los adoradores del fuego y del sol llegan la esvástica, el bronce, el caballo, los bastiones en las llanuras, la rueda dentada…» (Mayani 1956, 232). Las ciudades de Siria y de Palestina caen una tras otra. La avalancha inunda Egipto que durante quinientos años sufrirá la dominación extranjera.

Fuentes escritas tres siglos posteriores nos iluminan sobre estas gentes que han invadido el Asia Menor. El tratado entre el monarca hitita y el señor de Mitanni, datado en 1376 BC, nos descubre una aristocracia aria que gobierna un pueblo asiático en la Mesopotamia septentrional. Estos mitanios juran sobre «Mitrashil, Arunashshil, Indara e Nashatyanna»: son Mitra, Varuna, Indra y los Asvin de la mitología védica. Un Códice de la doma del caballo nos muestra su pericia en la guerra con el carro. El vocabulario técnico es ya casi sánscrito:

tera-vartana «tres giros»: sánscrito tri-vàrtanam «tres vueltas».
satta-vartanna «siete giros»: sánscrito sapta-vàrtanam «siete vueltas».
Navartanna «nueve giros»: sánscrito nava-vàrtanam «nueve vueltas».

Estos especialistas en la Blitzkrieg, que aterrorizan el Asia Menor sobre sus carros, se denominan a sí mismos hari, «los rubios», o también, maryannu, «jóvenes héroes». Sus reyes poseen nombres sánscritos (Artatama, Shutarna, Artasumara, Dushratta). Y nombres igualmente arios son los de los príncipes de Palestina que mantienen correspondencia con el Faraón en las cartas de Tell el Amarna, como un Artamanya o un Shuwardata («don del sol»), señor de Queïlat, junto a Hebrón. Un nombre como Ariwana se puede interpretar mediante el avéstico van como «victoria aria»; Indranta, comandante de Aksapa es «el protegido de Indra»; Daasartii (sánscrito Dasarti) «el enemigo de los Dasya»; Biridaaswa (sánscrito Virddhasva) «aquel que posee grandes caballos»; Waambadura (sánscrito Vama-pandura) «aquel que es blanco y valeroso». Son aquellos Anaquim y Rephaim, recordados como gigantes por la tradición bíblica y cuyo nombre reaparece en los montes Rifeos de la geografía helénica, identificables con el Cáucaso o con los Urales.

Un carro de guerra encontrado en Egipto, datable en torno al 1400 BC, actualmente conservado en el museo de Fiésole, tiene el timón de madera de abedul, lo que indica mejor que cualquier otra prueba de donde procedían sus dueños.

Estas aristocracias errantes de predadores y de fundadores de estados representan algo semejante a los normandos del alto Medioevo. Su aspecto físico se diferencia del de los indígenas. Entre los prisioneros sirios representados en la tumba de Haremheb los mitanios, con sus nobles perfiles europeos, destacan entre los rostros romos de los semitas. Max Semper (1936), siguiendo un procedimiento original pero de eficaz resultado, ha colocado junto a las cabezas de los prisioneros siríacos cabezas de hebreos modernos y junto a la de los prisioneros mitanios cabezas de alemanes actuales: el efecto resulta convincente. Por su parte, Z. Mayani (1956, 66) describe una estatuilla encontrada en Siria por Parot, cuya pose se corresponde con la del auriga de Delfos y cuyos rasgos son europeos. Un detalle indiscreto pero interesante es que este personaje, a diferencia de la costumbre semítica, no está circuncidado: «…Se podría notar que esta efigie no posee nada de semítico. Sus rasgos parecen más bien indoeuropeos. Estaríamos tentados de creer que este gigante reproduce uno de los maryannu, mercenarios de la guardia indoeuropea repartidos durante esta época por el Oriente Próximo, o uno de los Anaquim (“gigantes”) o de los Rephaim, grupos no determinados, pero que también nos parecen del mismo origen». Que los hyksos, o al menos sus jefes, fueron indoarios puede considerarse cierto. Su invasión, que trae el bronce y el caballo, transformará completamente la civilización egipcia. El Nuevo Imperio, con su movilidad expansiva y guerrera, es heredero del feudalismo hykso. Vínculos de sangre surgirán entre Mitanni y la dinastía faraónica. Amenophis III es hijo de una mitania, así como también lo es mujer. Su hijo Akenatón, hijo de la princesa Teje, representada con los ojos azules, es «plus Indo-Aryen qu’ Egyptien». Su misticismo solar posee un trasfondo antisacerdotal y naturalista que bebe en la fuente de la religión aria del sol y del fuego. La invasión aria ha cincelado profundamente el mundo de las antiguas civilizaciones orientales.

Más hacia el este, en dirección a China, análogos movimientos de pueblos nos permiten conjeturar otras invasiones arias. Contemporáneamente a la llegada de los casitas y a la de los hyksos, los antiguos centros del Turkmenistán y de la meseta irania son destruidos. Espirales danubianas y motivos de la cultura ucraniana de las catacumbas nos permiten reconocer un impulso procedente del oeste. Surgen las culturas del Afanasievo y la de Andronovo, extendidas hasta el Yenisei y cuna de los sakas iranios. Jettmar pone relaciona estos movimientos con la infiltración de los pueblos arios en el Turquestán que provoca efectos en toda Siberia: «Nos encontramos ante un horizonte inquieto que afecta a todo el espacio de la estepa y puede ponerse en relación con la aparición del metal en China…Estos grupos, responsables de perturbaciones en la meseta irania y en el Turquestán meridional, deben identificarse con los arios. La infiltración en el espacio de las estepas ha podido llevar a la formación de los iranios» (Jettmar 1966, 286). A estas penetraciones se debe la difusión de la agricultura entre los nómadas del Asia central a mediados del segundo milenio. Günther ha podido demostrar que la agricultura se difunde en el Asia central junto con la raza nórdica. Este movimiento alcanza China donde introduce el bronce. A pesar de lo exiguo de las pruebas numerosos indicios permiten suponer que en los inicios de la historia china se produjo una invasión del pueblo de los carros de guerra:

«En las partes más antiguas de la epopeya india se trasparenta el ethos de estos conquistadores, al igual que en la Ilíada. Sin embargo – lo que según mi parecer no se ha considerado hasta ahora lo suficiente – en China sucede lo mismo. Actualmente sabemos que el cuadro de la más antigua historia china hasta la época de los Chang es una invención de los sabios confucianos… una historia real y verdadera, como en Grecia y la India, no existió en China antes de la primera mitad del segundo milenio antes de Cristo. No obstante, también aquí se conservó desde el principio aquella tradición que se impuso con el pueblo de los señores del carro de guerra. Los Chou pertenecen a este horizonte cultural. Desde esta época en adelante, el carro de batalla constituye – como en Occidente – el arma aristocrática y decisiva por excelencia, que todavía a comienzos del periodo Han decide la suerte de las batallas. En este contexto más amplio, la historia china desde el 1200 aC en adelante nos aparece mucho más clara: ésta descansa sobre los mismos fundamentos que la de la India antigua y el mundo clásico» (Spengler 1937, 151). No podemos dejar de señalar que un pequeño número de palabras chinas puede relacionarse con palabras indoeuropeas [54] como mi (de miet «miel» y tocario mit (indoeuropeo *medhu), kuan «perro» e indoeuropeo *kwon.

En la Anatolia central, al oeste del Tauro, en los confines del estado ario de Mitanni, reside otro pueblo indoeuropeo, el de los hititas. Al igual que los arios, constituyen un sutil estrato dominante – un sutil estrato superior de raza nórdica – sobre una masa indígena. Las bases del vocabulario hitita son indoeuropeas pero la masa de las palabras proviene de las lenguas autóctonas de Anatolia [55]. También en la religión, la divinidad celeste de la tempestad convive con la gran madre asiática. Su monarquía aristocrática, con una asamblea de nobles (el pankus) de tradición nórdica, se distingue de las teocracias orientales. Tras la rápida ascensión en tiempos de Labarnas (1700 BC) y el fulgurante avance de Mursilis sobre Babilonia (1600 BC), el Imperio conoce un periodo de gran expansión hacia el Egeo, Capadocia (¿Kizzuwatna?) y Siria, donde chocará con los egipcios en Kadesh (1286 BC). Un siglo después es destruido por invasiones provenientes de los Balcanes.

Durante los últimos años de su existencia, el imperio hitita está en contacto al oeste con el pueblo de Ahhijava (Achaiwa) cuyos príncipes poseen nombres como Tagavagalavas (Etewocléwes) o Attarsjias (Atreus). Estos contactos se producen en las cercanías de Lapzas (Lesbos) y de Lukka (¿Licia?), donde existe una ciudad llamada Taruisa (¿Troya?) y Viljiusa (Wilios) cuyo rey es Alaksandus (¿Paris?). Son los aqueos homéricos que han desarrollado sobre el continente griego una floreciente civilización. Esta civilización es deudora de la cultura cretense pero en ella se expresa un espíritu más viril que se refleja en las pinturas de carros y de puñales de ataujía:

«Y, en efecto, el arte micénico aparece, en conjunto, más enérgico y viril que el cretense, más delicado. El arte micénico se expresa en la caza, en la guerra y en las empresas de los héroes, mientras que el cretense se encuentra cómodo en la vida agradable, el juego y en la veneración de lo femenino» (Schuchhardt 1941, 289).

Las máscaras de Micenas, cuyas tradiciones se pueden seguir hasta Albania y Carintia, contrastan con su impronta heroica y bárbara con la gracia melindrosa del Príncipe de los Lirios, mientras que la dama de Tirinto hace gala – en contraste con la parisina de Cnosso – de una majestad y una solidez de formas, junto a un perfil clásico y firme, que pueden definirse perfectamente como nórdicas. En el 1400 BC los aqueos conquistan Creta pero serán a su vez arrollados por la migración dórica. Su lengua nos es conocida por el lineal B, descifrado en 1952. Es una lengua griega arcaica en la que híppos se dice todavía hiqquos (latino equus, indoeuropeo *ekwos) y Zeús es todavía un diwei- A lo largo de la ruta del ámbar, que va desde el golfo de Trieste a la desembocadura del Óder, la cultura micénica mantiene contacto con el norte.

Inmediatamente al norte de ésta, se encuentra la cultura eslavónica de Yugoslavia, con sus influjos sobre las costas adriáticas de Italia hasta más allá de los Apeninos (bronce de Cetona), que quizá deba vincularse con los orígenes umbro-sabélicos. Herodoto (IV, 49) sabía todavía de umbros que vivían en los valles del Sava y del Drava.

En los Balcanes orientales, la civilización del Bronce se relaciona con los pueblos traco-frigios: los frigios en Bulgaria, tracios y dacios en Rumania y Transilvania. En estrecho contacto con estos pueblos se encuentra la cultura ucraniana de las catacumbas, que debe atribuirse a los cimerios, quizá de lengua tracia. Esta cultura revista gran importancia por su papel de mediación hacia el Cáucaso y para los pueblos arios. Ruedas, círculos concéntricos, S rúnicas e incisiones rupestres afines a las escandinavas atestiguan un culto al sol. La cultura de las tumbas de cámara, extendida entre el Don y los Urales, es escítica.

En la Europa central, la cultura de los túmulos de la Alemania meridional y renana (Hügelgräberkultur), que hacia el 1800 BC ya se había difundido hasta Borgoña y la Champaña, puede considerarse protocéltica. En Sajonia, Turingia, Silesia, así como en la Bohemia-Moravia y sobre el curso del Danubio entre Ratisbona y Bratislava, prospera la cultura guerrera de Aunjetitz, familiarizada con la minería, y que erige tumbas principescas a sus jefes.

En el territorio de la primera cultura megalítica, al norte de la línea Bremen-Stettin, florece la espléndida civilización del Bronce Germánico, sólo parangonable a la micénica, con la cual mantiene un activo comercio del ámbar. La metalurgia produce verdaderas obras maestras repitiendo el motivo de la espiral procedente del Danubio. Las tuberas danesas nos han restituido cuerpos y vestidos óptitamente conservados: vestidos largos hasta los pies, cinturones ornamentados con grandes discos de bronce, redecillas para los cabellos de las mujeres; túnicas cortas, capas, gorros y polainas para los hombres. Las casas, como las de Buch (junto a Berlín) son del tipo megaron. El carro del sol tirado por un caballo, encontrado en la isla de Seeland, atestigua una religión solar cuyos ecos permanecen en la saga helénica de los hiperbóreos caros a Apolo. Esta religión solar retorna en las incisiones rupestres de Bohuslän, al norte de Gotemburgo: la nave solar avanza guiada por cisnes; figuras divinas blanden grandes hachas; otras sostienen discos, ruedas, como las que todavía arden en muchos lugares de Europa para celebrar el solsticio. En relación con el culto al sol están los Luren, enormes trompas de bronce de cuello muy largo.

Los motivos de la nave solar con mascarón de cisne, así como los de la esvástica, el círculo o la rueda se vuelven a encontrar, estilizados, en el área de los Campos de Urnas hasta el villanoviano lacial y boloñés. Por su parte, la cultura germánica irradia hacia el este, sobre Finlandia y los países bálticos, donde – desde la Prusia Oriental a la región de Moscú – florece la Edad del Bronce báltica.

En torno al 1800 BC la cultura de Aunjetitz (2300-1800 BC) se transforma en la cultura prelusaciana y posteriormente en la lusaciana, que posee su centro epónimo en Lusacia (entre Dresde y Cottbus), unificando el territorio entre el Elba y el Vístula. A septentrión confina con los germanos en el Brandemburgo, mezclándose con ella en la desembocadura del Óder. La cultura lusaciana penetra en Bohemia transformándose en la cultura de los Campos de Urnas que, a su vez, asimila la cultura de los túmulos, expandiéndose por todo el territorio comprendido entre el Mosela al oeste, el Sava al sur y los Cárpatos y el Vístula al este. La cultura de los Campos de Urnas (Urnenfelderkultur) toma su nombre de los antiguos cementerios en los que las urnas se alinean sencillamente unas junto a otras. La costumbre de incinerar los cadáveres posee antiguas raíces en la Europa central [56], pero sólo ahora asume un carácter orgánico y totalitario. Este rito constituye una nueva expresión del culto al cielo y al fuego que está en el origen de la religiosidad indoeuropea. El simbolismo de los Urnenfelderleuten es el de las incisiones rupestres de Escandinavia.

Muchas son las hipótesis avanzadas sobre la composición étnica de la Urnenfelderkultur. Desde Kossinna, los lusacianos se han identificado a menudo con los ilirios: topónimos ilíricos acompañan la difusión de los Campos de Urnas en los Balcanes y en Italia. En efecto, un nombre como Tharandt, pueblo de Sajonia, que recibe su nombre del torrente Thare, puede confrontarse con el de la mesápica Tarento (del río Taras) y con el del Tara, río de Serbia. Sobre la hidronimia ilírica puede verse lo comentado más arriba. Esta toponimia ilírica ha sido reconstruida merced sobre todo a H. Krahe (1955). Por otro lado la expansión de los Campos de Urnas en Francia y Cataluña posee carácter céltico [57]. El nombre de los veneti acompaña por todas partes los movimientos de los Campos de Urnas: losveneti del Vístula y los galli venelli del Loira, los veneti en Italia y los enetoí mencionados por Homero entre los pueblos de Anatolia. Este nombre pasará de los lusacianos a los eslavos llegados a Polonia (wenden). Pero, no obstante, los vénetos de Italia no hablan una lengua ilírica sino un dialecto intermedio entre ilirio, latín y germánico.

Todas estas razones nos llevan a considerar a los Urnenfelderleuten no como un pueblo indoeuropeo ya definido sino como un aglomerado todavía indistinto de los indoeuropeos que han permanecido en sus más antiguas sedes que poco a poco van adquiriendo una fisonomía céltica, itálica o ilírica. Esta cultura de los Campos de Urnas es la responsable de la difusión de la hidronimia alteuropäisch estudiada por Krahe: desde un punto de vista lingüístico esta cultura está, por así decir, en estado líquido (flüssige Zustand), poseyendo una dinámica interna de carácter biomodifikatorisch, que la predispone a transformaciones rápidas y continuas.

En torno al 1400 BC la cultura de los Campos de Urnas entra en estado de ebullición: largas espadas con punta y con filo, puntas de lanza, flechas, hachas, puñales, grebas, pectorales y carros de guerra de cuatro ruedas nos hablan de un pueblo preparado para el asalto: «La gran migración comenzó hacia el 1400 BC. Se podría hablar de una explosión de la cultura de los Campos de Urna… En la actual Hungría, en Rumania, en la Checoslovaquia oriental y en la Yugoslavia septentrional, los acontecimientos se desarrollaron al compás del desorden bélico» (Gimbutas 1966, 131).

Los Campos de Urnas se desbordan. Comienza la gran migración hacia el sur.

En Italia, los primeros Campos de Urnas aparecen a mediados del siglo XIII en las terramaras de las provincias de Parma, Piacenza, Mantua y Cremona. Se trata de asentamientos sobre pilotes construidas sobre la tierra firme, rectangulares o trapezoides, cortadas en ángulo recto por un cardo y un decumanus, subdivididas rigurosamente y con un espacio libre situado a oriente a modo de comitium. La severidad de la planta, las sobrias urnas lusacianas, depositadas unas junto a otras en la tierra desnuda, testimonian un espíritu severo y quiritario. Christopher Dawson (1943, 367) escribe: «El sentido de orden y disciplina social que trasluce de la propia forma de las terramaras con su rígida observancia de una única planta tradicional, parece preanunciar las análogas características del que será posteriormente el pueblo latino. El intenso espíritu social de la sociedad latina, un espíritu conservador, el instinto para el orden, así como el uso de la azada y de la medida lineal sugieren que hayan sido los herederos de un pueblo con un largo pasado sedentario y ordenado…». Esta cultura austera, de mentalidad rigurosa y casi geométrica, cuyas sobrias urnas que en el momento de su aparición en el Lacio poseen «solidez, tensión y una expresión casi metálica», penetra en la Italia central. Tras un trayecto cuyas estaciones principales son Villanova (junto a Bolonia), Pianello del Genga (junto a Fabriano), las acerías de Terni y Palombara Sabina alcanzan Etruria y los montes Albanos donde surgirá Alba Longa, madre de Roma.

Se trata de la migración de los latinos, seguidos por los vénetos que de cuando en cuando se mezclan con ellos: un antiquísimo Gau del Lacio prehistórico habría sido, según Plinio (Naturalis Historia III, 69), el de los venetulani. A este respecto, Franz Altheim (1940, 34) escribe: «También con este grupo migraron hacia el sur minorías ilíricas, en parte hasta losa asentamientos más recientes de la Italia central. Los venetulani y el topónimo Carventum parecen indicar que fueron los vénetos los que avanzaron hacia el sur junto a los latinos».

Las inscripciones de la Val Camonica atestiguan un dialecto del tipo latino-falisco, confinado en un valle alpino y residuo de la migración itálica. El término tiez se reencuentra en el latino dies, Iuvila en Julius (de Dyowlios), sanquos (genitivo) en Sancus, antigua divinidad, y tito (dativo) en tiro: una inscripción camuna como tito sanquos «genio Sancus», puede compararse directamente con las inscripciones faliscas del tipo titoi mercui «genio Mercui». En la propia Val Camonica las inscripciones rupestres presentan sorprendentes analogías con las inscripciones rupestres de Suecia: no sólo aparecen los mismos símbolos, las mismas figuras (el sol tirando por ciervos, el «portador del hacha», el «portador de la lanza» - las antiguas figuras de Odín o Thor o el latino Marte – sino también un idéntico estilo que esculpe las figuras como «figuras que portan» que está ligado a la mentalidad «tectónica» del Norte. Altheim (1940, 24-25) escribe: «En Bohuslän, en Ostergötland y en Val Camonica se renuncia a la gracia de líneas; ésta se evita sin ambages, mientras se rellena el perfil y se substituye el perfil desnudo por la ságoma. Igualmente, las transiciones son menos pronunciadas y los detalles trazados más fuertemente. Los miembros y el torso, la cabeza y los cuernos se distinguen clamadamente y son puestos de relieve en su forma específica… el hombre, que en las inscripciones rupestres de la Península Ibérica nordoccidental falta casi por completo, ostenta el lugar principal en el Norte escandinavo y en el Val Camonica. La difícil estructuración de la figura humana, que por primera vez intenta conseguir que destaquen las articulaciones, concebidas como elementos decisivos para la composición, hace que las inscripciones de los orígenes indoeuropeos aparezcan como precursoras del arte geométrico de Grecia, al menos como partes de un mismo género». Algunas palabras latinas se relacionan únicamente con el antiguo nórdico: el latino os es comparable con el nórdico oss boca de río; el latino annus con el gótico athn; el latino sanctus con el nórdico sattr (de santhaz); el latino longaevus con el nórdico longaer. Estos términos enlazan directamente Escandinavia con el Lacio, sin la mediación del restante mundo germánico. Rudolf Much, quien ha subrayado este hecho (Much 1936, 549), ha puesto de relieve que tanto el latino auster como el noruego austr indican el sur y no el oeste como en el resto de las lenguas indoeuropeas, lo que se explicarían en Noruega por la especial orientación de los valles. Este mismo autor ha recordado que entre los hérulos de Odoacro se encontraban también rugios, originarios de Noruega, preguntándose si en la época de la migración latina no sucedió algo similar. Una nave nórdica está esculpida sobre las rocas camunas, habiéndose observado a menudo la semejanza del vocabulario marinero latino y germánico. El nombre del ciervo, el animal solar de Suecia y Val Camonica, aparece en el nombre del Brenta y de la mesápica Brindisi a través del ilírico brundon, que puede relacionarse con el noruego brund y con el sueco brind «cervatillo». El nombre del Adda, río próximo a la Val Camonica que desemboca en el Po en el área de las terramaras, es comparable al antiguo nombre del Óder (Ouiadoúas de vi-adu-as) y en un Adda subafluente del Sprea. No es difícil imaginar que grupos deliciosos del Bronce Nórdico hayan remontando con sus naves el curso del Óder mezclándose con la grosse Wanderung.

Las incisiones del Val Camonica desconocen las figuras femeninas características del antiguo Mediterráneo. Es un mundo de hombres el que se expresa en ellas: «No aparece la joven, al igual que la parturienta o la madre, falta la figura de la cría amamantada, que tanto en el arte cretense como en el egipcio había alcanzado una representación inmortal. En este arte nórdico e itálico es un espíritu completamente diferente el que se manifiesta. Frente al antiguo complejo cultural mediterráneo, femenino y naturista, se alza una civilización de pronunciados rasgos viriles. Esta civilización avanza hacia el sur» (Altheim 1940, 25-26).

La grosse Wanderung ha culminado el proceso de indoeuropeización iniciado mil años antes. De la antigua población mediterránea sólo conservan su individualidad etruscos y ligures, asentados sobre la vertiente tirrénica, menos expuesta a las invasiones. Sin embargo, tampoco Etruria ha sido impermeable a las corrientes indoeuropeas: el etrusco usil «sol» se explica a través del itálico auselo (en el nombre de la gens Aurelia «a sole dicta» y en el de los ausones), así como el etrusco aisar «dios» se liga a los nórdicos con asen mediante el véneto aisus. Por su parte, el antiguo mundo mediterráneo ha influenciado a su vez a los recién llegados: las palabras latinas gracilis, piger, niger, así como también amo, cupio, gemo, laus, fraus no se pueden explicar mediante etimologías indoeuropeas y son mediterráneas. Bajo la disciplina itálica, el mundo de la plebe conservará largo tiempo su mundo de creencias y sentimientos. La cultura latina debe mucho a los etruscos: la casa romana no es el antiguo megaron representado en la Val Camonica y conservado en la Regia del Foro. Es la casa con atrium de los climas meridionales. Sin embargo, a los ojos de helenos y romanos, lo etruscos, con su matriarcado, su sensualidad, ora lúgubre ora vivaz y apasionada, aparecieron siempre fundamentalmente extraños, hasta el punto de hacer posible el nacimiento de la hipótesis de un origen oriental.

Contemporáneamente a la migración latina y estrechamente vinculada con ella se produjo la migración dórica:

En el 1230, o quizás un poco más tarde, espadas, lanzas puñales, hachas, cuchillos y brazaletes del tipo centroeuropeo, junto con la denominada fíbula de violín, hacen su aparición sobre la Grecia continental, así como en Creta, Chipre, Siria y Egipto. En el mismo periodo, fíbulas en forma de violín, hachas con apéndices laterales, al igual que espadas, puñales y Campos de Urnas de tipo centroeuropeo aparecen también en la Italia septentrional, central y meridional (Gimbutas 1966, 122).

Arden Micenas y Tirinto, arde Cnosso, Troya es destruida por los frigios empujados por los enetoí. Y sobre sus ruinas se encuentra cerámica lusaciana. Todo el Egeo se encuentra en ebullición, los «Pueblos del Mar» están en marcha para conquistar Egipto. Los relieves del templo de Medinet Habu nos presentan a estos invasores como hombres de aspecto nórdico que avanzan con las mujeres y los niños sobre carros tirados por bueyes. Sus grebas son las de los aqueos, su escudo redonde el centroeuropeo, sus tocados son los representados en Val Camonica. Con grandes dificultades los egipcios logran detenerlos. Se asientan en Palestina como filisteos, llevando consigo una cerámica micénica, la esvástica y la incineración de los muertos. Los hebreos los describen como «gigantes» (el «gigante Goliat»). Marija Gimbutas (1965, 334-335) escribe: «La gran migración y devastación se desplazó por tierra y por mar, desde los Balcanes a través de Anatolia hasta Siria y Egipto y desde Grecia hasta Creta, Chipre y otras islas del Mediterráneo hasta arribar a Egipto. De aquí el nombre de los conquistadores: Pueblos del Mar… La memoria hebrea habla de sus gigantescos jefes, quienes poseían yelmos, corazas de láminas, grandes escudos, lanzas con puntas de hierro y espadas cortantes».

En Grecia se asientan los dorios dirigidos por los «rubios heráclidas».

Con ellos traen la casa septentrional, con el techo adaptado para descargar la nieve, que se convertirá en el modelo del templo griego. Traen la incineración de los muertos, la saga de Heracles y un manto idéntico al de las turberas danesas. El resto de los helenos los denominan «comedores de mijo»: en efecto, el mijo es un típico cereal centroeuropeo. Fieles al rubio Apolo, «de este dios del espíritu nórdico, la disciplina y la medida», representarán en la Hélade el elemento arcaico y aristocrático, custodio del espíritu apolíneo que puede definirse también como dórico [58].

A las espaldas de los dorios, y con ellos mezclados y unidos, están los ilirios: una de las tres tribus dóricas, los ileos, es ilírica. La espertanta Orthia es la misma divinidad que la véneta Rhetia. Como en el caso de los latinos, vénetos e ilirios hacen de mediadores con un mundo todavía más septentrional: un exiguo número de palabras es común únicamente al dórica y al germánico. El dórico ébros es comparable con el alemán Eber «jabalí» y la obà, subdivisión militar y gentilicia de la tribu espartana, posee un paralelo con el longobardo -aib (alto alemán -eiba). La migración dórica ha nordizado definitivamente la Hélade. La arqueología del Norte permite comprender muchos de los pasajes de Homero. La almadía que Ulises construye cuando deja a Calipso no tiene precedentes en el antiguo mundo mediterráneo, pero es idéntica a la grabada sobre las rocas de Suecia. La función exacta de las stélai problètes que protegen el campo aqueo durante el asedio de Troya queda evidenciada por el Römerschanze de Postdam.

«Sólo con la segunda migración indoeuropea en Grecia, la migración dórica, llega a afirmarse el elemento propiamente nórdico, hasta el punto que muchos de los detalles de nuestra más antigua cultura se iluminan recíprocamente con los elementos hallados en Grecia… Así, Homero habla de la muralla de madera que rodeaba el palacio real de los feacios y el campo de las naves aqueas, como si se tratase de un Volksburg germánica, describe la almadía de doble piso que Ulises fabrica de tal modo que nos permite entender finalmente como se construyeron las embarcaciones de nuestras incisiones nórdicas, describe la tumba de Patroclo y la de Héctor como una tumba de túmulo de nuestra de Turingia…» (Schuchhardt 1941, X).
Con el asentamiento de los dorios se abre el periodo geométrico, así llamado por el estilo de los vasos, adornados con escenas de guerra y de luto, con ciervos, naves, caballos, esvásticas y discos solares. Esta época precede e introduce al periodo clásico. No se puede conectar directamente el estilo geométrico con la migración dórica. Pero una cierta cantidad de motivos, de detalles estilísticos (naves solares reticulares, caballeros formando una sola figura con el caballo) ligan el geométrico al mundo de las rocas camunas y al de Bohuslän. Franz Altheim (1940, 35) ha podido reconocer en el estilo geométrico «una consecuencia de la inmigración nórdica» que da nueva vida a una originaria voluntad artística simplificador y tectónica: «Para Grecia, el estilo geométrico representa una consecuencia de la inmigración dórica. Los dorios no lo habían traído consigo ni tampoco lo crearon ex novo de manera autónoma. En el Ática, que resultó intacta durante la invasión, este estilo se desarrolló y alcanzó su cúlmen. Sin embargo, el nuevo estilo se hallaba ligado a la migración dórica como un efecto a su causa. Las formas hereditarias, a las que entere los helenos se había sobrepuesto el arte ornamental micénico, renacieron de nuevo gracias al aporte de sangre afín. En el estilo geométrico se asume nuevamente y se desarrolla la antigua voluntad formal, abstracto-tectónica. Se consumó lo que había sido iniciado en el Bohuslän y en el Oestergötland» (Altheim 140, 35). En realidad el mundo dorio y el mundo latino nos aparecen profundamente ligados en sus más lejanas raíces: La migración dórica y la invasión de los latinos y de las poblaciones afines a éstos constituyeron diferentes fases de un mismo proceso. La gran migración ilírica ha ejercido un influjo profundo en la historia mundial. Esto resulta evidente cuando se consideran el resultado final. Este es la Esparta para la Hélade y Roma para Italia (Altheim 1940, 35).

Pero las repercusiones de la grosse Wanderung han tenido efectos todavía mías lejanos.

Las invasiones de frigios y de ilirios destruyendo el imperio hitita y presionando sobre las fronteras de Asiria, convulsionan todo el Oriente. Se inician nuevos movimientos de pueblos. Empujados por los arios de tipo persa, que toman posesión del altoplano iránico, los arios de tipo indio se ponen en marcha hacia el este. Huellas de sus antiguos asentamientos en la Persia occidental se pueden encontrar en el nombre de Bit-Ramateja, afín al védico Mamateja, que designa la región de Hamadán. Así como resulta probable que ya en la época de los hyksos vanguardias arias hayan alcanzado la India, es igualmente cierto que la gran migración tuvo lugar entre los siglos XII y XI. Armas de tipo occidental datables en la época de los Campos de Urnas se pueden encontrar en las ruinas desde Harappa hasta el Caspio y desde aquí hasta Ucrania y Hungría. Hachas de apéndices laterales (Ärmchenbeile), mazas de combate, pequeñas hachas con mango tubular, alfileres con cabeza de animales heráldicos, así como sellos anatolios, posteriores a la caída del Imperio Hitita, llegan al valle del Indo.

Pedro Bosch-Gimpera (1989, 204-205) escribe: «Todos los indicios parecen coincidir, pues, en que la llegada a la India fue en el periodo 1200-1000 y en que el camino debió arrancar de la región entre el Cáucaso y los Zagros, pasando por el norte del desierto del Kewir en el Irán, al sur del Caspio y siguiendo probablemente por las regiones al oeste del Hindukush – en la cuenca de Heri-Rud por Herat (Ariana) – y el Afganistán occidental (Drangiana y Aracosia), desde donde remontando el Hilmend, pasarían al Punjab por los valles del Kabul y del Kurran – afluentes del Indo. Del itinerario seguidos quedan rastros en el Rig Veda… entre los pueblos se citan los kasjapa (caspios), mrdha (amardos), parni (parnos o parikanos), parthawa (partos), harwa (areios de Ariana), dasa (daos), unos preiranios como los caspios de Adzerbaidján y los parnos o parikanos del norte del Baluchistán y otros, en cambio iranios. Entre los nombres geográficos, la mención del mar debe referirse al Caspio y al río Sarawasti no sería el Indo sino el Sarawasti (Arakottos) de Aracosia (en el Afganistán), hoy el Hilmend.

Posiblemente la acrópolis de Sialk, al sur de Teherán, con su palacio, perteneció a los indos y su destrucción – después de la cual quedó desierto el lugar – debe atribuirse al avance de los pueblos iranios».

Los arios toman posesión del Punjab («el país de los cinco ríos», sánscrito pança, griego pénte, indoeuropeo *penkwe) al alba del año 1000, poniendo fin a la antigua cultura del Indo. El Rig-Veda nos describe las luchas de los arya frente a los dasa, los primeros «grandes, bellos, de bella nariz» (de nariz recta), los segundos «pequeños, negros, sin nariz» (anasa: de nariz negroide).

Distingue entre un aryavarna, «color ario», y un dasavarna, «color enemigo», entre un no varnam, «nuestro color», y krishna varna, «el color oscuro». La palabra varna indicará posteriormente la casa, la diferenciación basada sobre el color de piel.

Los arios llevan consigo el recuerdo de antiguas sedes en las que el clima era frío.

En el Código de Manu (1, 67) se encuentra escrito: «Un año es un día y una noche para los Dioses, y su división es ésta: forma el día el tiempo que dura la marcha del sol hacia el septentrión y la noche el tiempo que marcha hacia el sur».

Por su parte, el Avesta describe la patria de los arios, el airijamen waejah, en los siguientes términos: «Allí son diez los meses de invierno y dos los de verano» (Neckel 1968, 162). Tanto en Los Vedas como en el Avesta se conservan huellas de una fiesta de solsticio de invierno. Los Vedas nos describen la lucha entre Indra y el demonio Vrtra, que simboliza el invierno, y la saga de Usas – la diosa de la aurora semejante a la helena Eos, rubia y con el seno de cisne – y de sus terneros ha sido puesta en relación por Hillebrandt con el rito de la apertura de los establos en primavera. Son todos ellos mitos, ecos y costumbres que no se explican con los climas de Asia y se relacionan con el folklore de los baltos y los germanos (sobre esta cuestión véase también Tilak 1956).

Desde Europa, los arios llevan a la india la esvástica, que de ellos recibirá su nombre: sánscrito su «bien» (cfr. griego eu en eu-patrídes) y sánscrito asti «es» (cfr. latino est)… Su-asti: es ist gut….

Guiados por sus dioses y sus héroes, los arios conquistan el país enemigo: «Con sus blancos amigos, Indra conquista el país»: así canta el Rig-Veda (1, 100, 18). «De día en día, Indra expulsó a los hombres negros de su tierra, de ciudad en ciudad» (VI, 47, 2421); «Abatiendo a los Dasju, ayudó al pueblo ario» (III, 34, 9). Los héroes arios nos aparecen como gigantes intrépidos y joviales, «lebens- und trinkfrohe Recken». Son rubios: hari-kesha «cabeza rubia», hari-jeka «de complexión rubia», hari-shmasharu «de la barba rubia» son sus atributos comunes. Su sed de cerveza y su insaciable apetito los asemejan a las figuras de la mitología germánica:

«El Rig-Veda nos describe los indios de la época de su migración como héroes llenos de alegría de vivir y de beber, con rasgos que nos recuerdan a los héroes germánicos; describe a Indra como un dios guerrero y campesino de caracteres similares a los de Thor. Algunos siglos después de su asentamiento, estos héroes primitivos se han convertido en refinados caballos, tal y como los describe el Mahabharata. Con la formación de las castas surge un tipo heroico caracterizado por la pertenecia a cierta elite, similar a los aristoi de la Hélade homérica o a los caballeros medievales del Occidental, tal y como ha ocurrido en todo lugar donde una aristocracia campesina nórdica se ha superpuesto a poblaciones no indoeuropeas» (Günther 1934, 27).

Comienza la civilización india que, al igual que la griega y la romana, está ligada a una originaria afirmación de pueblos del Norte y para los cuales la progresiva desnordización significará decadencia [59].

Los últimos contragolpes de la Grosse Wanderung tienen por escenario un espacio todavía más vasto que va desde los Cárpatos hasta más allá de China. Es la que Heine-Geldern ha denominado pontische Wanderung, cuyo núcleo estuvo formado por los cimerios y los tocarios, pero en cuyo flujo se aprecian elementos tracios, ilirios y germánicos [60]. El testimonio concreto de esta migración es la súbita llegada a China de una gran cantidad de armas occidentales, datables en Europa entre el 1100 BC y el 800 BC, y que no poseen en Asia ningún precedente. Puñales de bronce, hachas de apéndices laterales, axe-azde, cinturones decorados con ciervos, meandros, espirales en S, características de las culturas pónticas y del Hallstatt; así como espadas de lengüeta, Wirbelmotiven y puñales con empuñadura antropomorfa del Bronce Nórdico IV y V se propagan hacia el este.

«Los tipos nórdicos harían pensar también en una participación germánica y ello tiene una explicación sumamente plausible, pues a China llegan las espadas y ciertas decoraciones nórdicas. Ello se corresponde, en Occidente, con la propagación desde Suecia y los países bálticos del hacha de bronce tubular del tipo nórdico (periodo IV) llamado del Mälar que tiene importantes núcleos de hallazgos en la región del alto Volga hasta Kazan y que llega hasta Molotov-Perm, indicando relaciones comerciales y una posible colonización germánica… lo que hace recordar que más tarde varegos suecos en los siglos IX y X de nuestra era bajaban por aquel camino hasta las costas del mar Caspio, saqueándolas» (Bosch-Gimpera 1989, 207-208).

Todo el territorio de la estepa se encuentra en un periodo de gran agitación. Jóvenes se conjuran en sociedades guerreras para participar en la gran migración: comenta K. Jettmar (1966, 288): «En la época de la gran migración, iniciada en los Balcanes, el Oriente se encontraba también en un periodo convulso. Las organizaciones de clases de edad que podían servir como base para la creación de tropas expedicionarias estaban muy difundidas». Por dos vías, una de las cuales pasa a través del Balkasch, cruzando la Tsungaria y el desierto de Gobi, mientras que la otra va desde el mar de Aral hasta la cuenca del Tarim y desde aquí a las fuentes del Hoang-Ho, pudieron avanzar los invasores. Su llegada a China se ha fechado a fines del siglo IX: su nombre es Hsien-Yun que leído según la antigua pronunciación china suena Kim-Mior: ¡cimerios! En el 771 BC su presión es tan fuerte que obliga al último Chou a trasladar la capital del Imperio desde Hao a Lo-Yang, desde la ribera izquierda a la derecha del río Amarillo, abandonando vastos territorios a los invasores.

Desde el Kan-su, algunos grupos de estos invasores debieron infiltrarse en el Sze-tschuan, para alcanzar, a través del Yun-nan, Tonkin y la Birmania septentrional, donde surge la cultura de Dongson (750 BC). Tradiciones marineras escandinavas, y con ellas el Plankenboot del Bronce Nórdico, aparecen en Formosa, en las Molucas y en las islas Salomón. Influjos europeos, y más concretamente germánicos, se pueden percibir según Heine-Geldern y Bosch-Gimpera, hasta el Japón y Oceanía. Este último escribe: «…el tipo de bote nórdico antiguo (Plankenboot) con una manera especial de sujetar las cuadernas… reaparece en el Extremo Oriente en la isla Botel Tobago, junto a Formosa, y en Oceanía, en los botes Orembai de las Molucas y Mon de las islas Salomón. Tales botes, antiguos y modernos, responderían a una tradición escandinava que con la migración póntica pudo llegar al Extremo Oriente, utilizándose para la navegación en grandes ríos y en lagos, y perpetuarse como herencia suya, junto con otras cosas que la antropología y la etnografía nos revelan, completando nuestra información arqueológica. Así, en el arte del Extremo Oriente (Sumatra, por ejemplo) aparecen en los tejidos decoraciones de barcas funerarias que tienen la forma de las representadas en los bronces nórdicos del V periodo, así como en la antropología de los Lolo en el Sze-tschuan se han encontrado caracteres europoides que constituyen un rasgo forastero y que son relacionables con una infiltración de elementos humanos nórdicos y también el sistema feudal de los Lolo, las sociedades secretas de los japoneses – con paralelos germánicos -, ciertas danzas, etc.» (Bosch-Gimpera 1989, 208).

Con estos movimientos de pueblos debe relacionarse la migración de los tocarios rubios y de ojos azules representados todavía en el siglo X de nuestra era en el Turquestán chino [61]. Benveniste (1936) considera el tocario como un grupo intermedio entre el báltico y el eslavo por un lado y el tracio y el armenio por otro, proponiendo buscar sus orígenes en las proximidades de los montes auríferos de Transilvania y de las salinas de la desembocadura del Dniéper [62]. Cabría también la posibilidad de identificar tocarios y cimerios si no fuese porque no se conoce apenas casi nada de la lengua de estos últimos, salvo algún nombre tardío de rey de aspecto iránico.

El reflujo escita sobre los territorios ucranianos que han quedado despoblados por la Grosse Wanderung, la migración de los últimos núcleos de cimerios hacia el Asia Menor, la llegada de los pueblos de jinetes con su reflujo sobre Hallstatt y la migración céltica, que durante los siglos VII y VI alcanza definitivamente la Península Ibérica [63] y las Islas Británicas constituyen procesos incluidos en tiempos ya «históricos». En el Norte, este «tranquilo aljibe del cual, cuando ha sido preciso, han surgido los héroes de la vida» (Sprockhoff 1936), los germanos esperan su nueva ocasión. Ésta aparecerá cuando Europa, ya exhausta, tenga necesidad de nuevas energías nórdicas.

Desde un originario territorio nórdico limitado por el Weser y el Vístula y mediante una sucesión siempre creciente de expansiones y migraciones, se ha llevado a término el proceso de unificación lingüística del territorio comprendido entre Escandinavia y la India, entre el Ganges y el Wattenmeer.

Constituye un grandioso proceso que Schuchhardt (1941, VIII) ha sintetizado con estas palabras: «Podemos seguir los grandes flujos de las migraciones de las diferentes culturas neolíticas desde la Alemania central y meridional hasta los Balcanes. Con ellas migraba la casa rectangular y esta marcha se efectúa con las armas en la mano: su camino está señalado por fortalezas. No se trata de una penetración pacífica sino de una conquista. Así, se alcanzan Troya y el Hesponto, así, a través de Tesalia y Beocia, Micenas y Tirinto… En Italia, el flujo nórdico llega por primera vez a través del estrecho de Valona hasta la Puglia y Sicilia, después, a través de los Alpes hasta los valles del Po y del Tíber.

Al oeste, en Francia y en España este proceso se consolida más tarde, durante la época del Hallstatt… En estas corrientes que irradian contemporáneamente desde un mismo centro y que sumergen Europa entera, hay que reconocer, como resulta evidente, el proceso de indoeuropeización de nuestro continente».

Anotaciones

54. El repertorio de palabras indoeuropeas en chino se ha incrementado extraordinariamente, aunque se discute la procedencia de los préstamos: ¿tocario?, ¿lenguas iranias? (Kilian 1988, 181).

55. El avance de la investigación lingüística ha permitido matizar esta opinión, muy difundida durante la primera mitad del siglo, puesto que la proporción de palabras de etimología indoeuropea de las lenguas anatolias ha aumentado mucho (Villar 1996, 302), siendo un caso especialmente llamativo el de los títulos reales (L/Tabarnas y Tawananas) que Puhvel (1989) interpreta a partir de raíces indoeuropeas. Por otra parte, el presunto arcaísmo el grupo anatolio es otra cuestión fuertemente debatida entre los especialistas. Efectivamente, la ausencia de ciertos elementos en estas lenguas ha llevfado a algunos autores (Adrados, Meid, Neu) a ver en este grupo un testimonio de un estadio evolutivo del indoeuropeo anterior al que presentan el resto de los grupos, que habrían desarrollado tales elementos con posterioridad. Otros (Eichner, Puhvel, Schlerath) consideran que sencillamente las lenguas del grupo anatolio han perdido estos rasgos, lo que parece ser cierto a tenor de toda una serie de indicios y huellas que aparecen en estas lenguas. Véase para ambas posturas Adrados (1988) y Puhvel (1994).

56. Efectivamente, se ha documentado la cremación de los cadáveres en la TRBK y en la cultura de las ánforas globulares, precisamente en el mismo territorio, en Silesia (Häusler 1981b, 127-130) aunque también lo han sido para esta cultura en Dinamarca y Holanda, así como en la cultura de la cerámica de cuerdas (Lichardus 1987, 259). En general, parece que el fuego jugó un papel muy importante en los ritos funerarios de la TRBK. (Midgley 1992, 444).

57 Sobre la cuestión de los diferentes horizontes lingüísticos detectables en el noroeste de la Península Ibérica véase las recientes hipótesis de Villar (2000), quien ha identificado un estrato lingüístico indoeuropeo, esencialmente a través de la hidronimia y la toponimia, que correspondería a unas lengua fuertemente emparentadas con las itálicas y las bálticas, pero que presentarían algunas incompatibilidades con el paleoeuropeo. La situación lingüística que refleja esta diversidad de substratos indoeuropeos, muy emparentados pero con diferencias ya detectables, no deja de evocar el flüssige Zustand de Krahe. Sobre la presencia del paleoeuropeo en la Península Ibérica véase Villar (1996, 503-514).

58. Una interesante argumentación arqueológica sobre la penetración de pueblos en Grecia desde el norte durante el Heládico Reciente IIIC y su identificación con las migraciones dorias, puede verse en Bankoff, H. A. y Winter, F. A. (1984).

59. Kumar señala el carácter intrusivo de los elementos nórdicos que se documentan en Mohenjo Daro, Harappa y la pervivencia de este tipo entre las poblaciones del Punjab, Afganistán y las castas superiores de Uttar Pradesh, Bihar y Bengala y comenta las analogías que halla B. S. Guha entre los enterramientos en urnas practicados por los arios védicos descritos en los Grhyasutras y las urnas funerarias encontradas en el cementerio H de Harappa. Por otro lado, el propio Kumar llama la atención sobre el diferente tipo de estos nórdicos, tipo que también se documenta en yacimientos del Bronce de la estepa con los más arcaicos paleoeurópidos (cromañones), característicos de la cultura del Dnieper-Don y de la posterior de las tumbas con ocre (la cultura kurgán propiamente dicha). Estos nórdicos han debido tener su origen en los movimientos de las ánforas globulares y la cerámica de cuerdas de fines del cuarto y del tercer milenio BC sobre la estepa (Kumar 1973, 66-67, 71-75).

60. Las tesis de Heine-Geldern se han visto avaladas recientemente por los numerosos hallazgos y las dataciones obtenidas mediante C14 en Subeshi, Sampul, Charchan, Niya, Loulan, Qaradöwä o Zaghunluq (Maiar 1998, 186-187). Una amplia discusión sobre el problema tocario puede verse en Mair (ed.) (1998).

61. La cuestión de los tocarios ha conocido un renovado interés tras el hallazgo de las momias nórdicas de Xinjiang. Para una visión de conjunto del problema de estas momias y de la cuestión tocaria en general véase Journal of Indo-European Studies 23 (1995) y Adams (ed.) The bronze age and early iron age peoples of central eastern Asia, monograph nº 26, (2 vol.).

62. Sobre la pertenencia del tocario al grupo occidental de las lenguas indoeuropeas véase Adams (1995).

63. En realidad, la indoeuropeización de la Península Ibérica, que debe relacionarse de forma indudable con las penetraciones de los Campos de Urnas, es mucho anterior. Las primeras entradas de grupos pertenecientes al complejo de las urnas se remontan al 1300 BC. No obstante, se trató de un proceso continuo cuyos últimos ecos encontramos en las noticias que proporciona César sobre grupos de galos que han atravesado los Pirineos junto con sus familias en busca de tierras. Sobre los Campos de Urnas en la Península Ibérica véase Ruiz Zapatero (1983-5). Algunos esppecialistas consideran que el impacto de los Campos de Urnas en la meseta no ha sido significativo, sin embargo, las transformaciones del Bronce Final son los suficientemente importantes como para ver en ellas la llegada de inmigrantes (transición de Cogotas I – Soto de Medinilla), amén de que buena parte de los nuevos elementos se relacionan con el ambiente de las urnas (Marco 1990, 109). Para una visión de conjunto sobre el problema de la indoeuropeización de la Península Ibérica véase Almagro-Gorbea y Ruiz Zapatero (eds.) (1993), Almagro-Gorbea y Ruiz Zapatero (eds.) (1993b), Lenerz-de Wilde (1991) y Zephyrus XXXIX-XL (1986-7). Sobre los celtíberos: I Simposium sobre los celtíberos, Zaragoza 1987, Lorrio (1997), Burillo (coord..) (1990; 1995) y Burillo (1998).
 
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IV - El problema indoeuropeo y la antropología

Al menos desde 1853, fecha de la publicación de Essai sur l’inégalité des races humaines del conde de Gobineau, el problema indoeuropeo quedó ligado estrechamente a la investigación antropológica.

Sus meditaciones sobre la decadencia de las civilizaciones («mientras aterroriza el espíritu, esta desgracia reserva algo tan grandioso y misterioso, que el pensamiento no se cansa de considerarla, de estudiarla ni de girar entorno a su secreto») fueron las que indujeron al conde a escribir su monumental disertación cuando fue embajador de Francia en Teherán. Ante el contraste entre la Persia aria de los Aqueménida («yo Darío, el gran rey, ario, de estirpe aria» se lee en la orgullosa inscripción sobre las rocas de Bahistun) y la Persia de los fellah, había señalado como causa de la aparición de la civilización la sangre aria y como causa de su decadencia su «degeneración» - en el sentido propio de esta palabra, que indica la alteración del tipo originario de una especie (los alemanes hablarán de Entnordung): «Creo estar actualmente en posesión de todo lo necesario para resolver el problema de la vida y de la muerte de los pueblos, y afirmo que un pueblo no moriría jamás si permaneciese eternamente constituido por los mismos componentes étnicos. Si el Imperio de Darío hubiese podido todavía alinear en la batalla de Arbela a los verdaderos persas, a los verdaderos arios o si los romanos del Imperio hubiesen tenido un Senado y un ejército formados por elementos étnicos similares a los que existían en tiempos de los Fabios, sus dominios no habrían tenido fin y mientras hubiesen conservado la misma integridad de sangre, persas y romanos habrían vencido y reinado» (Gobineau 1964, 69).

La doctrina de Gobineau, estudiada sobre todo en Alemania, se encuentra en el origen de los que se llama el «racismo» y que a través de Lapouge, Woltmann y Chamberlain se liga, junto con Günther, Clauss y Rosenberg, al mito de la sangre del nacionalsocialismo alemán.

En su todavía rudimentaria tipología, Gobineau contraponía la raza blanca a la amarilla y a la negra. Si confrontásemos las tres grandes familias raciales, la superioridad del ario resultaría evidente. El negro, con su frente huidiza, lleva en el cráneo «los indicios de energías groseramente potentes». «Si sus facultades intelectuales son mediocres - escribe Gobineau - o incluso nulas, posee en el deseo… una intensidad a menudo terrible». Consecuentemente, la raza negra es una raza profundamente sensual, radicalmente emotiva pero escasamente dotada de control, de claridad y de actitudes organizativas. El amarillo se diferencia profundamente del negro. En este tipo los rasgos del rostro están suavizados, redondeados, y expresan una vocación a la paciencia y a la resignación que puede intensificarse hasta convertirse en un terrible estoicismo pero que no constituye una verdadera voluntad creadora. En todos los ámbitos presenta una difusa tendencia a la mediocridad y a la moderación, amor por lo que es útil y respeto por las reglas. Se trata de una especie infinitamente menos vulgar que la negra, pero privada de la audacia y de la inteligencia cortante y heroica que se expresan a través del afilado rostro del ario. En la figura del ario, en su fisonomía noble y armoniosa, cuyo triple relieve de la frente, nariz y mentón confieren una impronta de combatividad, se expresa una especie humana de lenta maduración, menos dependiente de los sentidos, pero dotada de «una energía reflexiva o, por mejor decir, una inteligencia enérgica», de un «sentido de lo útil más vasto y más noble que el de las naciones amarillas» y de una «constancia que se enfrenta a los obstáculos encontrando, tras paciente búsqueda, los medios para superarlos».

Gobineau era ya consciente de que el tipo del blanco («el ario») en su antigua pureza, es el del nórdico, explicando la presencia del tipo europeo meridional y oriental mediante infiltraciones «finesas, semíticas y melanesoides». Desde la época de Gobineau hasta nuestros días, la ciencia de las clasificaciones raciales ha realizado grandes progresos. En particular, en lo que concierne a Europa, cuna de los pueblos indoeuropeos, se distinguen seis variedades raciales principales: la nórdica, la fálica, la mediterránea, la alpina, la dinárica y la báltico-oriental.

El hecho de que estos tipos raciales apenas aparezcan en estado puro, y sólo lo hagan en áreas muy restringidas, puede hacer que los hechos raciales sean de difícil comprensión para todo aquel que no posea una mirada correctamente adiestrada. En efecto, la mayor parte de los europeos presenta en la actualidad los rasgos de dos o tres - si no más - tipos raciales y solamente un buen conocimiento antropológico, unido a una cierta intuición personal, pueden ayudar a leer las estratificaciones raciales del cuerpo y del espíritu de un individuo. El cuadro se complica si se tiene presente que hoy toda persona porta en su interior no sólo una herencia racial visible (fenotipo o Erscheinungsbild), sino también una carga hereditaria que puede permanecer velada para reaparecer en el hijo o en el nieto (genotipo o Erbbild), según las conocidas leyes de Mendel. Todo esto puede ocultar a los ojos del espectador el valor de los hechos raciales, sobretodo hoy cuando la mitología igualitaria dominante en Occidente (cristianismo, democracia y marxismo) realiza todos los esfuerzos posibles para acabar con toda idea de superioridad y diferenciación. Sin embargo, la importancia de la raza resulta evidente para todo aquel que la haya estudiado.

La raza nórdica fue designada con este nombre por primera vez por el antropólogo ruso Deniker. Ripley la denominó teutonic race, puesto que observó su predominio entre los pueblos germánicos. El hombre nórdico ha sido también llamado, más pertinentemente, Homo Europaeus y, efectivamente, representa el modelo del verdadero «europide»

La raza nórdica presenta una alta estatura (1’75 de media, pero son frecuentes las estaturas hasta 1’90), una constitución delgada y esbelta, piernas y brazos desarrollados - pero no excesivamente largos y delgados como en algunos tipos negros o hebreos - espaldas amplias y el cuello bien moldeado. El cráneo es dolicocéfalo, presenta por tanto un característico relieve occipital externo (índice cefálico 75). El rostro es alargado y afilado, la nariz recta y fina (nariz griega) de raíz alta, o levemente curva, los labios finos, sin carnosidad y el mentón bien marcado.

El tipo nórdico posee cabellos rubios y finos, con tonalidades que van desde el rubio argénteo, pasando por el rubio dorado hasta el rubio cobrizo, siendo más claro en los niños para oscurecerse con la edad.

La tez es rosácea (ésta es la única raza europea cuyo rostro puede definirse con este adjetivo), mientras que la piel permite transparentar la sangre y el rubor, siendo delicada y sensible al sol. Es frecuente, sobre todo entre los niños, el fenómeno de las pecas. Los ojos son azules o azul-grisáceos, a menudo con un brillo particular que en un estado de excitación puede alcanzar un esplendor terrible (el acies oculorum que César advertía en los germanos).

A este aspecto físico corresponde - al menos en aquellos individuos cuya línea hereditaria no se haya visto disturbada por mezclas de sangres diferentes - un aspecto interno particular. Hay en el alma nórdica un algo de seco, de severo, de lineal, una distancia de los hombres y las cosas que conforma una naturaleza eminentemente reflexiva. Este carácter reflexivo nórdico deviene sentido de conciencias, sinceridad, honestidad (un «rostro límpido» es, esencialmente, un rostro nórdico), junto a una inclinación a la introspección y a la severidad hacia sí mismo. Se ha escrito que el hombre nórdico es juez de sí mismo, tal y como el mediterráneo es más fácilmente su propio defensor. Este carácter reflexivo del hombre nórdico se traduce en un comportamiento mesurado, equilibrado, leal:

«Del carácter reflexivo procede un sentimiento de justicia, una inclinación a la objetividad, a la determinación y también al individualismo frente a todo espíritu de masa, un dominio frente a los fenómenos. Realismo y plena fidelidad para quien ha conquistado su confianza, juicio objetivo también en relación a su peor adversario. El hombre de raza nórdica es poco inclinado al calor humano, puede alcanzar sin embargo una cortante frialdad cerebral. Se preocupa poco de agradar a los demás, poseyendo un alto sentido de la responsabilidad y una fuerte conciencia moral. Comprende fácilmente la idea del deber y posee cierta rigidez al afirmarla tanto frente a los demás como ante sí mismo. El tipo nórdico no puede caracterizarse como pasional, especialmente en el sentido de una pronunciada sensualidad, lo que facilita la distancia, el desapego y la facultad de reflexión…» (Evola 1942, 126).

La reflexión, cierta soledad interior - la soledad constituye un sentimiento eminentemente nórdico [64] - unidas a una escasa disposición a ser influenciada predisponen al alma nórdica a la concepción y a la ejecución de grandes proyectos. El nórdico constituye, según Günther, el tipo del caudillo y del constructor.

Según la tipología de Clauss, el hombre nórdico es el Leistungsmensch, el «hombre creativo», volcado positivamente hacia la vida, decidido a hacer y a ser cualquier cosa antes que a parecerlo [65].

Fidelidad, silencio, constancia, dotes de disciplina y autocontrol confieren a la raza nórdica aptitudes guerreras sobresalientes y, según Günther, un «pronunciado orgullo militar y cualidades guerreras». Günther observa también que las cualidades psíquicas de la raza nórdica - disciplina, dominio de sí mismo, reserva - son las que se han considerado patrimonio natural de las aristocracias europeas y que el hombre nórdico, también el de condición humilde, siempre posee en sí mismo algo de señor. Campesinos y pescadores de raza nórdica de la Alemania septentrional, Inglaterra o Escandinavia poseen una dignidad mesurada y modesta que los hacen potenciales «señores», lo que ha garantizado siempre la posibilidad de un mayor «democratismo» en las relaciones entre pueblo y clase dirigente, difícilmente existente en otros lugares. La raza nórdica es de modo natural una raza noble: sus rasgos finos y elegantes, la piel extremadamente blanca y los cabellos rubios siempre han estado ligados a un género de «señores». En este sentido - y no sólo porque haya nutrido tradicionalmente los cuadros de todas las razas de dominadores que han señoreado Europa - es en el que la raza nórdica ha sido considerada una Herrenrasse.

De carácter noble, la raza nórdica posee también una cierta ingenuidad, propia del hombre noble que se inclina, erróneamente, a considerar a todos los demás sinceros e iguales a ella: Sundbarg señala la inexperiencia a la hora de juzgar a los hombres como una característica del pueblo sueco. Significativamente ingenuus, que originariamente designaba al hombre libre, el hombre noble preferentemente de raza nórdica, ha asumido en italiano (al igual que en castellano. N. del T.) el significativo corriente de ingenuo. La raza nórdica madura más tarde que las demás y conserva durante mucho tiempo algo de infantil: se ha señalado que los niños de raza mediterránea son avispados como los viejos, mientras que los ancianos de raza nórdica conservan a menudo algo de niños, observación fácilmente constatable, sobretodo entre los anglosajones.

La maduración más tardía de la raza nórdica constituye una prueba de un desarrollo más competo y de una menor dependencia del mundo animal [66]. El tipo nórdico representa desde un punto de vista rigurosamente antropológico, el tipo humano más evolucionado.

La raza nórdica se encuentra hoy en estado de relativa pureza sólo en algunas regiones de Suecia. Predomina en toda Escandinavia, Alemania septentrional, Holanda, Flandes, Normandía, Escocia e Inglaterra. Hacia el este, puebla densamente las regiones costeras de Finlandia, los Países Bálticos, Bielorusia y algunas zonas de Polonia: Pomerania y Prusia Oriental eran predominantemente nórdicas hasta la expulsión de los alemanes. Participa en gran medida en al composición de la población de Irlanda, Francia septentrional, la Alemania central y meridional, de Austria, Checoslovaquia, Hungría y la Rusia central. Se infiltra por toda la Península Balcánica, la Italia septentrional y apenínica, alcanzando también la Península Ibérica [67].

La raza fálica fue bautizada de este modo por Günther que ha observado una especial concentración de este tipo en Westfalia (raza westfálica) y, en general, en la Alemania nord-occidental. Paudler y Kern la había denominado dálica, de la región sueca de Dalarne donde, no obstante, apenas está presente. También ha recibido la denominación de nórdico-atlántica, ya que sus huellas se pueden seguir a lo largo de las costas atlánticas hasta las Canarias, o raza rubia pesada.

Algunos autores consideran que la raza fálica sólo constituiría una simple variedad nórdica y, en efecto, resulta difícil distinguir ambos tipos a un observador meridional, no habituado al examen de tipos nórdicos, sobre todo alemanes. Dado que el tipo fácil es el descendiente directo del hombre de cromañón, el problema reside en la relación entre la raza de cromañón y la nórdica. De esta cuestión tendremos ocasión de hablar más adelante.

La raza fálica es, al igual que la nórdica, rubia y de ojos azules. Su estatura es también más alta que nórdica (el hombre de cromañón presentaba una media masculina de 1’80), pero su conformación no es delgada y esbelta sino masiva y gigantesca, presentado grandes huesos, manos y pies grandes y un cierto desarrollo de las caderas, observable también en el sexo masculino. La impresión de pesadez viene acentuada por los movimientos siempre algo lentos y premiosos y por el hábito, característico de los hombres de esta raza, de apoyarse sólidamente sobre el suelo con sus grandes piernas. Es, en Alemania, el tipo de Hindenburg.

El cráneo presenta formas que van desde la dolicocefalia hasta la braquicefalia. El rostro grande, con dos abultamientos característicos en correspondencia con los pómulos, la frente no particularmente alta, los ojos como encajados debido al fuerte relieve de la región supraciliar (torus supraorbitalis) - distantes el uno del otro que pareciera que uno fuese algo más alto que el otro - y el corte de la boca grande y delgado confieren a la raza fálica una fisonomía característica, diferente de la de la raza nórdica, más afilada, pero también de la formas rechonchas, blandas y redondeadas del rostro alpino. Los cabellos son claros, como los de la raza nórdica, los ojos azules, quizá con un mayor porcentaje de ojos grises y verdes [68]. La piel es rosada pero no tan delicada como la nórdica.

El efecto que produce la figura fálica es masivo (kastenartige Gestalten), con algo de arcaico e, incluso, prehistórico. Lenz, que denomina atlántica a la raza fálica, escribe que «cuando la solidez atántica se acopla con la audacia nórdica aparecen figuras de proporción megalítica». En efecto, el aspecto sólido y fuerte de la figura fálica parece estar acompañado por una naturaleza interior también grave y lenta, todavía más cerrada y escrupulosa que la nórdica, más rígida e inveterada en todas sus actitudes. En la tipología de Clauss, el hombre fálico es el Verharrungsmensch, el hombre enraizado en su interioridad, que resiste contra todo lo que viene del exterior, fiel a su tierra, al pasado, a sí mismo [69]. La fidelidad, que es una característica del os pueblos germánicos y particularmente del alemán (deutsche Treue) - determinada en último análisis por la escrupulosa coherencia de la naturaleza nórdica - parece ser sobre todo una virtud fálica. El hombre fálico muestra la fascinación por todo aquello que posee raíces profundas. El campesinado nórdico, desde los orígenes primordiales megalíticos, se ha alimentado además de la audacia nórdica, de la fidelidad y la inquebrantabilidad fálicas.

Debido a esta destacada rigidez y pesadez, el hombre fálico parece mostrar una menor fantasía y un menor espíritu de iniciativa que el hombre nórdico. Decimos parece porque, en realidad, la raza fálica está profundamente mezclada en todo lugar con la nórdica, siendo considerada por alguno, como ya hemos mencionado, como una simple variedad de esta última.

Claramente definida en su fisonomía físico-psíquica e inconfundible por sus caracteres resulta, a su vez, la raza mediterránea. Deniker la denominaba raza «ibero-insular», porque la Península Ibérica, Sicilia y Cerdeña constituyen sus zonas de concentración [70], Günther raza occidental (westisch), en referencia al westischer Kreis de Schuchhardt, que irradió durante la prehistoria desde la Península hacia Gran Bretaña por un lado y el Mediterráneo por el otro. Sergi definía al tipo mediterráneo como «euroafricano», tanto porque su origen se encuentra en África, en las regiones saharianas todavía no desertizadas, como porque está extendido por las costas europeas y africanas del Mediterráneo, matizado en Europa por influencias nórdicas, alpinas y dináricas, mientras que en África por elementos negroides, armenoides y orientálidos.

La raza mediterránea es de pequeña estatura (1’61 de media), constitución pequeña y acentuadamente delgada, las pantorrillas característicamente desarrolladas y huesos gráciles y finos. El cráneo es dolicocéfalo, el rostro es largo y sutil de líneas regulares, la piel ligeramente morena, fácilmente obscurecida por la acción del sol y los cabellos negros, lisos o rizados. En sus líneas generales, si se deja a parte la pequeña estatura y el olor de cabellos y piel, el tipo mediterráneo, por una cierta esbeltez y regularidad de rasgos puede recordar al nórdico. No obstante, el rostro mediterráneo está perfilado con menos claridad, la nariz más pequeña, los labios más carnosos y el mentón menos pronunciado:

«Según Günther, la fisonomía del tipo occidental es más delicada, menos viril. Mientras la raza nórdica tiende a un corte claro y audaz el rostro, la raza occidental tendría una aspecto más cordial, casi femenino, la amplitud de las espaldas y del pecho es limitada, el cuello es delgado, manos, pies y dedos dan una impresión de ligereza a todo el tipo» (Evola 1940, 130).

El ojo mediterráneo es negro, con una característica expresión de vivacidad, a veces cálida y apasionada, a veces escrutadora y pícara: «La conjuntiva del ojo posee una tonalidad amarillenta, el iris es marrón, a menudo marrón oscuro. Este color marrón posee, por lo demás, algo de especialmente aterciopelado y cálido. La expresión de los ojos del hombre occidental podría definirse como serena, a menudo, como buena, a menudo como curiosa, indagadora, penetrante» (Günther 1934b, 84).

A la elegancia y ligera y pequeña de los rasgos, parece corresponder en la raza mediterránea una gran movilidad espiritual que, sin embargo, por falta de peso, tiende a degenerar en ligereza y se manifiesta como habilidad, locuacidad y tendencia a una expresividad cargada y gesticulante:

«Todas las fuerzas psíquicas están más volcadas hacia el exterior que en el hombre de raza nórdica, de aquí una particular expresividad y una propensión a la elocuencia, al efecto, al gesto. Los sentimientos encuentran una rápida exteriorización, el intelecto es vivaz, comprende pronto, pero es poco capaz de un juicio claro. En la acción obedece más al sentimiento que a la razón. El tipo occidental ama todo aquello que presenta colorido, vida movilidad. Su naturaleza es muy variable, conoce poco la paciencia y la perseverancia, puede pasar rápidamente de un opuesto al otro y las impresiones lo dominan con facilidad. Las dotes oratorias son notables pero, al mismo tiempo le resulta sencillo emborracharse de palabras. Este tipo está más inclinado a sentir la alegría del mundo mientras que el nórdico lo está a sentir su problemática» (Evola 1940, 131).

Debido a la fascinación de los contrarios, la vivacidad mediterránea puede seducir al hombre nórdico, de índole diversa, pero acaba produciendo una sensación de vacuidad. En lo más profundo, el alma nórdica sentirá siempre un cierto modo de ser mediterráneo - con todo lo que de servil y petulante que éste puede tener en sí - como algo «que no es noble».

La raza mediterránea presenta notables dotes intelectuales, rápida intuición y pronta comprensión pero, allí donde no esté corregida por la sangre de razas dotadas de una mayor gravedad como la nórdica o la dinárica, corre el riesgo de degenerar en una superficialidad brillante. También en los países latinos, raramente presentan las personalidades de primer orden netos caracteres mediterráneos sin huellas de otras razas: en Italia esencialmente la dinárico-adriática o la nórdica. La particular plasticidad con la que el hombre mediterráneo aprehende la vida, lo predispone a dotes artísticas, con una propensión por las artes en la que resultan esenciales color, forma y expresividad.

La expresividad mediterránea degenera a menudo en pose, con tendencia a la vanidad y a un sentido del honor un poco teatral y exterior. Clauss ha sintetizado la personalidad mediterránea en la fórmula del Darbeitungsmensch, el hombre para quien el gesto, la apariencia, y el efecto constituyen el criterio fundamental de sus decisiones cotidianas.

Una cierta sensualidad, o al menos, un particular cortejo de todo lo referido al sexo parece característico de la raza mediterránea. El denominado esprit gaulois, que está más relacionado con la componente mediterránea de la población francesa que con los celtas, es propio del hombre mediterráneo: «Su pasión por la palabra, su colorismo, su carácter mutable y rencoroso se manifiestan según las líneas de una marcada sensualidad. El mismo sentido poseen su arte, su poesía y su sutil argucia» (Günther 1934, 219).

La personalidad mediterránea puede devenir turbulencia, su vivacidad sediciosidad. Günther señala la gran cantidad de hechos de sangre en los territorios mediterráneos, mientras que en Alemania las estadísticas de criminalidad muestran los distritos nórdicos como aquellos que cometen menos delitos. Igualmente subraya también la inclinación mediterránea a las sociedades secretas y revolucionarias (Camorra, Mafia, Sinn Fein en Irlanda), mientras que los pueblos nórdicos, dotados para la disciplina militar, están escasamente inclinados a la sedición contra el orden constituido. El espíritu de la Revolución francesa no ha afectado profundamente ni a Alemania, ni a Reino Unido, ni a Escandinavia y en estos países los movimientos obreros han asumido pronto un carácter legalista y reivindicativo, en vez de anárquico y libertario.

Todo el modo de ser de la raza mediterránea (la escasa objetividad, una cierta vanidad, tendencia a situar en primer plano las relaciones entre los sexos) aparece, en conjunto, más femenina que la de la raza nórdica. Femenina es, así mismo, una cierta crueldad brusca y caprichosa, que puede alternarse con la bondad más pronunciada. Si los pueblos nórdicos pueden demostrar una gran insensibilidad y resultar despiadados en el cumplimiento de las órdenes recibidas, los pueblos mediterráneos son capaces de explosiones de ferocidad (la Revolución francesa) que sorprenden a los pueblos del norte. Günther adscribe a la raza mediterránea una cierta crueldad con los animales.

La raza mediterránea posee sus territorios más compactos en la Península Ibérica y en la Italia meridional e insular. Forma gran parte de la población del resto de Italia, de Grecia y Francia. En Alemania se infiltra a lo largo del Rin. Del mismo modo, está bien representada al oeste de las Islas Británicas (Gales, Cornualles e Irlanda), mezclada con la raza nórdica. También se halla profusamente difundida por los Balcanes y la Rusia meridional, donde la diferencia racial y psicológica entre grandes rusos y ucranianos está ligada a la presencia entre estos últimos de la raza mediterránea.

La raza alpina representa por sus caracteres braquimorfos y braquicéfalos, así como por otros muchos particulares (rostro redondo, piel incolora, escasez de barba), la infiltración de un tipo asiático originariamente afín a los mongoloides o, incluso, un grupo de éstos llegado a Occidente en época antiquísima y mezclado con los európidos («los mongólidos que llegaron más lejos en su irrupción en Occidente»). Esta infiltración debió producirse a finales de la glaciación, cuando el camino entre Europa y Asia se volvió practicable y una horda migró tras el antílope siberiano a lo largo del corredor de las estepas [71]. Ripley habla de infiltration, Lapouge de invasion interstitielle.

En consecuencia, se comprende la razón por la que la raza alpina, que recibe esta denominación debido a que forma territorios compactos alrededor del macizo alpino, no tenga nada que ver originariamente con los Alpes y que Günther prefiera llamarla ostische Rasse, raza oriental. Su distribución actual se deriva del hecho de que ha perdido continuamente terreno frente a razas más guerreras y emprendedoras, como la nórdica o la dinárica, hasta quedar reducida a las zonas alpinas, el macizo central francés, la Selva Negra y en la Selva de Bohemia: los territorios de dominio masivo alpino constituyen, esencialmente, Ruckzüggebiete (territorios de retirada). Esto no es óbice para que la raza alpina, en estado de mezcla, conforme gran parte de la población de la Europa continental, así como de las penínsulas meridionales y septentrionales.

La raza alpina ha sido llamada también dunkel-ostisch, en contraposición a la raza báltico-oriental, hell-ostisch, que posee un mismo origen y una fisonomía semejante, pero que se diferencia por el color claro, debido a antiguos contactos con la raza nórdica entre el Báltico y los Urales. Algunos autores duda que la raza alpina pueda considerarse una verdadera raza, sino que se trataría más bien de un tipo asiático modificado, hablando de «elemento racial laponoideo», expresión que sugiere la idea de un grupo humano que se infiltra de forma nómada desde Asia.

La raza alpina es de pequeña estatura (media 1’64), de constitución rechoncha y pesada, con un tronco largo, miembros cortos, hombros poco pronunciados. En las mujeres se señala una estrechez característica de la pelvi. Presenta formas redondeadas, con una disposición natural a acumular grasas, no sólo en el cuerpo (obesidad), sino también en el dorso de la mano y en la yema de los dedos. El cráneo es braquicéfalo, el rostro redondo y grande, con un mentón poco pronunciado, con una nariz de raíz baja, corto y chato, con la punta vuelta hacia arriba. La piel es espesa, incolora, casi amarillenta, tal de no permitir que la sangre anime la superficie. Los cabellos son densos, rígidos y negros, los ojos oscuros, la pilosidad de las mejillas escasa. En su conjunto, los rasgos blandos y redondeados, la braquicefalia y la braquimorfia, la escasa barba (como chinos y amerindios) la acercan a la raza mongólica.

También desde el punto de vista psíquico el tipo alpino parece reflejar aquellos «débiles deseos», aquella «voluntad más paciente que dura« y aquellas «mediocridad en todo y el amor por lo útil y veneración por las reglas« que el conde de Gobineau atribuía a la raza amarilla. Vacher de Lapouge, quien forjó el concepto de «antropología política», escribe acerca del tipo alpino:

«El braquicéfalo es prudente, económico, laborioso. Es muy prudente y se preocupa siempre en cualquier circunstancia. Está atado a su campiña y a su gleba. Raramente es un incapaz, sin embargo difícilmente supera los límites de la mediocridad. Sus fines son limitados, trabajando pacientemente para su realización».

Es el tipo alpino el que ha proporcionado las imágenes de Sancho Panza y el buen soldado Sweik. Es el tipo del burgués, tal y como aparece en Alemania como rollizo bebedor de cerveza o en Francia como tranquilo Rentier, «lourd et placide». Un tipo eterno que prospera en los periodos democráticos, para pasar a un segundo plano cuando los tiempos reclamen de nuevo una guía aristocrática [72].

Günther señalaba que la aparición de este tipo en la escena política alemana había coincidido con la llegada de la república de Weimar (con anterioridad la clase dirigente alemana poseyó un carácter acentuadamente nórdico) y actualmente te puede observar que la decadencia de Inglaterra ha permitido salir a la luz un tipo análogo, allí donde la gran expansión imperial inglesa había estado estrechamente ligada a aquella magnífica aristocracia del cuerpo y del alma de neta impronta nórdica y anglosajona.

Para Clauss, el tipo alpino constituye el Enthebungsmensch, el hombre de la «evasión», en cuyos rasgos carnosos y redondeados, su expresión blanda, amigable y servicial se refleja una inquietud oculta que busca refugio en la «evasión» de la dureza de la vida mediante la adaptación. Adaptación al ambiente, a los superiores, seguridad burguesa profesional, paciencia, apacibilidad, no exentas de una cierta desconfianza y de una brizna de malignidad. El hombre alpino (ostisch) es flexible, conciliador en todos los movimientos de su ánimo y en todas las líneas de su rostro: «Toda expresión que se manifiesta en este rostro permite reconocer que este alma no vive fríamente distanciado de las cosas y los seres humanos de su entorno sino en estrecho contacto con ellos… Éstos (los hombres orientales) desean recoger en torno a sí todo lo que pueda madurar y todo permanece en ellos igualmente cercano e igualmente grande» (Clauss 1940b, 75). El hombre alpino está siempre en busca de paz, una paz que se ha de realizar mediante la suavización de las situaciones en un incesante circundar, custodiar, tener cuidado, un particular modo de maternidad. Esta moderación conciliadora, este perpetuo cuidado en suavizar, mitigar y regularizar genera en la raza alpina cualidades de constancia y diligencia que junto a la sangre de otras razas pueden devenir constructivas. Bajo el influjo de la consciente severidad nórdica, el alpino se convierte fácilmente en un buen trabajador e, incluso, en un buen soldado.

Junto a la raza alpina, dunkel-ostisch hay que mencionar a la raza báltico-oriental, hell-ostisch, que forma gran parte de la población de Rusia, suministrando muchos de los caracteres del denominado pueblo eslavo, sobre todo en el rostro, caracterizado por grandes pómulos y una psicología inquieta y compleja.

También la raza báltico-oriental tiene su origen en el encuentro entre un tipo asiático braquicéfalo y braquimorfo y otro europeo (el nórdico). Este encuentro puede haber tenido lugar durante el periodo en el que la cultura maglemosiense se difunde hasta los Urales: A ésta debe la raza báltico oriental su coloración clara. Su constitución, al igual que la de la raza alpina, es pesada y rechoncha, la estatura baja (1’65 de media), pero los huesos son más robustos, los hombres más grandes y bien marcados y la musculatura muy desarrollada. El rostro es huesudo y anguloso, con grandes pómulos poderosamente marcados, la mandíbula baja y fuerte y la nariz achatada con la punta respingona (la nariz de la raza báltico-oriental es la que más deja ver las fosas nasales). Los cabellos son rubios, pero de un rubio apagado, estoposo y ceniciento, que no posee el esplendor de la cabellera nórdica. Los ojos son claros, acuosos, de un celeste incierto, a menudo cortados oblicuamente de modo que producen una impresión mongólica. En efecto, la primera impresión que produce un hombre de raza báltico-oriental es la superposición de una coloración nórdica sobre un tipo asiático.

Al igual que el hombre alpino (dunkel-ostisch), el báltico-oriental parece estar poseído por un cierto descontento informe (eine im Hintergrunde lauernde Unzufriedenheit), que no se explica, como en el caso del redondo y pacífico alpino en una cautela paciente y benévola, sino en una actitud más cerrada e irresoluta, capaz de los más absurdos contrastes y de las explosiones más imprevisibles. Una fantasía poderosa e informe - gris y llana como las llanuras del Este de Europa - nivela el alma báltico-oriental. A esta naturaleza informe y fatalista corresponde una sensualidad acentuada y una actitud mística y colectivista, susceptible de producir grandes dotes de penetración psicológica, casi dostoieskianas. También en este caso está presente una tendencia a la evasión, que puede convertirse en adaptación, paciencia, servilismo pero con un matiz más oscuro que en la raza alpina.

Resulta evidente que muchas de estas características reunidas por Günther reflejan la índole de un cierto tipo ruso y, efectivamente, la raza báltico-oriental forma gran parte de la población de Rusia (sin embargo, el núcleo de los pueblos eslavos en Bielorusia es nórdico). En Europa, la raza báltico-oriental está representada particularmente en Polonia y en Checoslovaquia, penetra en Alemania hasta la línea del Elba y en Escandinavia a través del Báltico. Está extendida entre los pueblos eslavos de los Balcanes y se encuentra infiltrada también por otros lugares.

La última de las razas europeas en orden de aparición es la raza dinárica, que debió penetrar desde Asia Menor durante el Neolítico, cuando la cebada, el trigo y la oveja, todos ellos de origen anatólico, alcanzaron la Europa central.

La raza dinárica, denominada también adriática por Deniker, forma territorios compactos en Bosnia, Albania, el Epiro, así como en muchas zonas de Carintia y el Tirol. Está presente en gran medida en la Europa danubiano-balcánica, formando gran parte de la población de Italia (sobre todo en la vertiente oriental), de la Alemania meridional y central, de la Francia oriental y meridional. Se encuentra en Ucrania y en el Cáucaso, en proximidad a las áreas originarias de la raza armenoide [73].

Presenta una alta estatura (1’74 de media), constitución fuerte y esbelta, piernas largas con los brazos proporcionalmente algo cortos. El cráneo es braquicéfalo, no con la forma curvooccipital (cabeza redonda) sino con la plan occipital cabeza larga y aplastada: la cabeza dinárica es plana en su parte posterior, cayendo a plano sobre la espina dorsal. El rostro es largo: «El rostro nórdico se diría demasiado delgado, el rostro dinárico demasiado largo» (Günther). En este rostro largo, la frente amplia y lisa, las cejas densas, la nariz grande, prominente, aquilina, junto a una mandíbula alta y unos labios gruesos - con el característico labio inferior carnoso (habsburgische Lippe - producen una cierta impresión de algo «herbes, derbes, grobknochiges » (áspero, duro, oscuro). La coloración de la raza dinárica es oscura, tanto de la piel como de cabellos y ojos: es característica de este tipo una fuerte pilosidad. También entre las mujeres de este tipo se observa bozo sobre el labio superior (aunque también las mujeres mediterráneas pueden presentar el fenómeno del «bigote»). Característica del tipo dinárica es la posición de las orejas, más grandes que en las otras razas europeas y levemente desprendidas de la región temporal (orejas de soplillo).

En conjunto, la nariz fieramente prominente, las orejas que acompañan el movimiento, la constitución grande y fuerte (también las mujeres dináricas, altas morenas, con sombra de bozo poseen algo de fuerte y viril) producen una sensación de energía y solidez. A esta impresión parece corresponder una naturaleza interior caracterizada por una cierta jovialidad y una cierta astuta habilidad. La pasionalidad de la raza dinárica es más enérgica que la de la mediterránea, más profunda y turbulenta. Günther adscribe a las poblaciones dináricas de Tirol y de Croacia un ingenuo apego a la patria, un sentimiento nostálgico y aptitudes musicales.

Con relación a la raza mediterránea, la raza dinárica es más simple y tosca, no tan sutil ni elegante, pero no está privada de sagacidad, habilidad e intuición del alma ajena. Respecto a la raza nórdica, aparece menos problemática, más alegre, cordial y ruidosa. La personalidad dinárica es, a la vez, constructiva, menos profunda que la nórdica, menos aristocrática, pero profundamente positiva. La solidez dinárica predispondría a las dotes militares: según Günther, en todas las elites guerreras de Europa, la raza dinárica a estado presente junto a la nórdica. La nacionalidad y la sensualidad dinárica predisponen para las aptitudes musicales: Günther ha hecho notar que casi todos los grandes músicos europeos, desde Cherubini a Chopin, pasando por Haydn, Mozart, Weber, Listz, Verdi o Wagner presentan caracteres fuertemente dináricos. Por otro lado, la raza dinárica puede presentar rasgos más problemáticos. Astucia, turbulencia y un cierto levantinismo.

El hecho es que la raza dinárica puede considerarse una modificación acaecida sobre el suelo europeo del tipo armenoide, corregido por el elemento nórdico. Cuanto más se avanza hacia el sur, en los Balcanes, el tipo dinárico se difumina insensiblemente en el tipo armenoide o del Asia Menor (vorderasiatisch). Este último se diferencia del dinárico por un tórax más estrecho y curvo, los muslos muy lagos con respecto a las piernas y la nariz todavía más grande, carnosa, pesada y con la típica forma de 6: «La nariz armenoide parece ser todavía más grande que la dinárica; además produce la impresión de estar suspendida (heraushängend), mientras que el dinárico parece más bien que salte hacia el exterior (herauspringend)”. En el hombre armenoide, las cejas tienden a tocarse, los ojos miran de modo penetrante, sugiriendo – sobre la nariz ganchuda – una impresión de rapacidad y de astucia: «La expresión del rostro dinárico debe definirse, más bien, como dura, mientras que la armenoide astuta o insidiosa” (Günther 1934b, 111).

Es el tipo del armenio o del hebreo, al menos como se representan habitualmente. Los rostros dináricos pueden aparecer a veces como hebraicos pero, por lo general, ambos tipos son diferentes: el rostro dinárico produce un efecto de energía, mientras que el hebraico de rapaz astucia. Clauss ha visto en el hombre vorderasiatisch el Erlösungsmensch, el hombre en busca de «redención”. Resultaría característico de ese tipo el peso de una carne sensual, simbolizada por la nariz carnosa, por los labios gruesos, y que esté abocado por la carne a un contaste entre el cuerpo y alma hasta el punto de ansiar la redención (Erlösung) por medio de la santidad. En efecto, corresponde al tipo hebraico un contraste entre la inclinación hacia los aspectos más materiales de la vida (morbosidad del sexo y del beneficio) y el correspondiente anhelo de una santidad concebida como negación del mundo, que en el fondo constituye la negación de la propia naturaleza personal, percibida como algo que «no es noble”. Rosenberg ha escrito que el pueblo hebreo es erbsündig, mientras que el hombre nórdico es erbadlig. De aquí la religiosidad de los pueblos del Asia Menor que siempre aparecerá ambigua al verdadero ario y que constituye la antítesis de la religiosidad nórdica y del credo olímpico [74].

Este análisis sumario de los elementos raciales europeos nos ha llevado a unos resultados que será útil recapitular:

1) Todos los elementos raciales europeos, a excepción del nórdico, deben su origen a influencias extraeuropeas, euroafricanas en el caso de la raza mediterránea, euroasiáticas en el de las razas alpina y báltico-oriental y minorasiática en el de la dinárica.

2) El área de la raza nórdica en tono al Báltico y el mar del Norte, única área europea no afectada por corrientes extraeuropeas puede considerarse la reserva biológica de Europa.

3) Sólo el hombre nórdico puede considerarse a todos los efectos Homo Europaeus y representará siempre el modelo de humanidad de raza blanca mientras ésta posea los fundamentos biológicos de su cultura.

La imagen del hombre nórdico, alto, rubio, con un rostro y una nariz estrechos – la «nariz griega”, tal y como la plástica griega lo ha esculpido para siempre como ejemplar humano de nuestra civilización – permanecerá siempre como das Bild des gesunden, schönen und führenden Menschen («la imagen del hombre sano, bello e insigne”). Esta imagen constituye el criterio de lo que se concibe en el interior de la raza blanca como «normal”, no en el sentido de una conformación en función de una clasificación sino como adecuación a la idea en el sentido que Platón concede a esta palabra.

Hemos hablado de raza blanca. La antropología no conoce una «raza blanca”, únicamente conoce la raza nórdica. Pero el historiador de la civilización debe constatar que existe en la actualidad una unidad viviente de las diferentes razas europeas en torno a un tipo del «hombre blanco”. No hay que olvidar, en efecto, que la sangre nórdica está presente en toda Europa. No existe ninguna aldea, tampoco en el sur de Andalucía ni en el corazón de Sicilia, en la que sus habitantes no reflejen por el color rosáceo de la piel o cierto matiz claro de los ojos o del cabello una aportación nórdica. Basta comparar un italiano meridional con un norteafircano para comprender que el primero ha sido «europeizado” por una aportación de sangre septentrional. En realidad, por toda Europa se extiende una invisible urdimbre cohesiva de sangre nórdica que cristaliza las diferentes estirpes europeas en torno al tipo medio de hombre blanco. Este tipo medio es el que podemos definir como ario. Allí donde estos sutiles capilares se angostan, emergen tipos raciales irreducibles a la clasificación común del hombre blanco. En este caso nos encontramos ante europeos del sur que no son sino norteafircanos o ante rusos que no son sino mongoles. Entonces desaparece también la posibilidad de comunicación de la aprehensión del mundo y de la vida propia de los pueblos arios.

Existe, por consiguiente, una raza blanca como dato histórico-cultural creado por la infiltración de lar aza nórdica en todos los rincones del continente. Las cualidades psíquicas de esta raza, el carácter reflexivo, la discreción, han jugado un rol decisivo en la formación de las líneas severas y mesuradas de la religiosidad indoeuropea. No obstante, resulta indudable que esta espiritualidad no se encuentra rígidamente ligada al tipo nórdico sino que es completamente comprensible y asimilable por cualquier hombre blanco. Y una sensibilidad racial blanca siente como perfectamente lícito, e incluso a menudo también fecundo, el cruce entre diferentes elementos «blancos”. Alexander von Stauffenberg, en un ensayo escrito durante la guerra, sugería que el contacto con el elemento mediterráneo ha constituido para los pueblos del Norte un enriquecimiento en el sentido de la plasticidad y de la jovialidad, citando unos versos de George.

«Eur kostbar kindhaft tierhaft blut verdirbt
Wenn ihrs nicht mischt im reich von korn und wein”
[Vuestra preciosa inocencia degenera en sangre feroz
Si no se mezcla en riqueza con grano y vino]

Añadía, sin embargo, que existen fronteras cuya violación es sentida por una naturaleza no corrompida como prevaricación y vergüenza: «Ha existido en todos los tiempos una frontera más allá de la cual la mezcla de las razas deviene en crimen y comienza el insulto a la sangre. Esto es válido en primer lugar y sobre todo para negros y mongoles, pero es válido también para las raza desértica (oriental) y asiática occidental” (Stauffenberg 1941, 344).

El fundamento nórdico de la unidad de los pueblos blancos que descansa, como veremos, sobre la unidad nórdica originaria de los pueblos indoeuropeos, debe tenerse siempre presente. Esto, sin embargo, no debe considerarse una invitación a la discriminación entre europeos. Los problemas a los que Europa debe enfrentarse en la segunda mitad del siglo XX – el primero de todos el de su unidad e independencia – revisten tal gravedad que hacen absurdo cualquier racismo interno. Europa, como se ha escrito con toda justicia, tiene necesidad del último siciliano y del último andaluz [75].
Lo que debe promoverse no es la discriminación entre hombre y nombre en función del color de los ojos o de los cabellos, lo que en una época de mescolanza racial es tan acusada, de entrecruce inextricable entre fenotipos y genotipos, no tendría. Pero debe mantenerse viva la consciencia de que una cierta herencia biológica predispone a ciertas actitudes espirituales y que si bien resulta aventurado esperar ciertas cualidades de un individuo que presenta determinadas características, también es cierto que un centenar de individuos de aspecto nórdico presentarán más fácilmente ciertas cualidades colectivas que otro centenar de individuos racialmente mediterráneos.

En general, resultan esenciales algunos elementos de educación racial para la transformación de la mentalidad, sobre todo de la italiana. Si se llegase a imprimir en la mente de todo joven italiano que una cierta astucia, intromisión y exhibicionismo mediterráneos son propios de un tipo racial que «no es noble” y que cierta simplicidad de impronta nórdica sea más digna y estimable que toda socarronería y gracia «latinas”, la romanidad, que tan importante es en nuestra enseñanza, volvería a ser algo vivo y comprensible y se habría avanzado por el camino de la rectificación de nuestro carácter nacional.

Resulta necesario que, como principio, se mantenga la noción del diferente valor de los elementos raciales europeos y que un cierto ideal nórdico esté siempre presente en el espíritu de aquella elite que quiera defender los valores de la civilización europea. El problema de la selección racial, de la Aufartung y de la Aufnordung, no podrá ser jamás una tarea del estado como tal, puesto que ante él todos los ciudadanos de raza blanca deberán aparecer siempre como iguales, sino que deberá remitirse a la sensibilidad de los individuos, de los grupos, de las elites capaces de reunirse en función al principio: «El igual atrae a su igual, el igual reconoce a su igual, el igual se reúne con su igual”.

Esta sensibilidad, esta conciencia, son lo que habíamos señalado como conciencia aria, conciencia de aquellos valores cuya matriz es el mundo indoeuropeo, «der von der nordischen Rassenseele geschaffene Kulturkreis der Indogermanentums” (el ámbito cultural indoeuropeo naido de la raza del alma nórdica).

Anotaciones

64. Clauss (1940, 46-47): «La soledad nórdica no tiene nade que ver con el estar solo. Quien está solo no tiene necesidad de soledad… el solitario, por el contrario, observado desde fuera puede encontrarse rodeado por una multitud, cuyos gritos de júbilo resulten ensordecedores. Sin embargo, todo el estrépito de la sociedad no penetra hasta su corazón porque ha encontrado en su propio interior un lugar al cual nadie puede seguirlo. La soledad puede también resultar fatal. Toda la tragedia germánica, desde Ricardo III, Julio César, Macbeth y Hamlet hasta Rosmersholm, representa la fatalidad de la soledad. ¿Qué sabe el alegre Horacio de la angustia de Hamlet? No obstante, allí donde un alma nórdica madura hasta su perfección perderá su significado. Toda fatalidad solamente puede aumentar y ella lo sabe: si es completamente solitaria puede semejarse a la imagen de su Dios. Porque el Dios del Norte es solitario”.

65. Clauss (1938, 48): «La denominación de hombre creativo no debe significar que un hombre de este tipo sólo pueda crear: siempre, todo el santo día. Esta denominación hace referencia a que en la esfera de valores de este hombre, según la escala de valores típica de su raza, en primer lugar está situada la creatividad. El hombre nórdico puede ser indiferente y perezoso. Y también puede ser un haragán. Pero el no hacer nada resulta fundamental para él puesto que representa una acumulación de fuerzas para una nueva creación, como si fuese un pausa entre creación y creación”.

66. Eugène Pittard, Les Races et l’Histoire, París 1934, pp. 197-98: «Los autores romanos han señalado igualmente la tardía pubertad de los germanos, lo que constituye una particularidad étnica del grupo kymrico. En este contexto, existe un contraste bastante sensible entre las jóvenes de la Alemania septentrional y las de la Francia central y occidental. Si las estadísticas con las que contamos son exactas, puede existir una diferencia entre ellas de más de un año. ¿No se ha constado en Francia que las jóvenes de alta estatura y ojos azules alcanzan la pubertad más tardíamente? Tengo ante mí investigaciones cuyos resultados varían entre los catorce años y tres meses y medio (sudeste de Francia) y los dieciséis años y un mes (en Hannover). Todas esta indicaciones resultan concordantes”.

Por otro lado cabría recordar que, a menudo, las negras alcanzan la pubertad a los diez años.

67. (*) Ploetz estimó en un 15 % su presencia en la Península Ibérica sin excesivos datos, mientras que Günther, tras recoger la indicación, señala que la presencia de este tipo probablemente sea mayor de lo que se desprende de los mapas. Sus conclusiones sobre el carácter mediterráneo de los vascos, matizado por influjos alpinos y nórdicos, han sido confirmadas por las investigaciones de Marquer (Günther 1940, 89-90, Marquer 1973, 149-150).

68. (*) La diferente coloración del iris de las razas fálica, nórdica y báltico oriental constituye uno de los argumentos que avalarían la hipótesis de que nórdicos y dálicos conformarían razas independientes. L. Kilian escribe: «Según nuestras propias observaciones, la coloración de las tres razas rubias, nórdicos, dálicos y báltico-orientales, es algo diferente, particularmente la de los ojos. La tendencia hacia un gris plomizo (Bleigrau) del iris de estos últimos es de conocimiento general (los estonios hablan del color del estaño, mientras que los rusos lo hacen de fineses de ojos blancos). Sin embargo, también puede distinguirse el color de los ojos de nórdicos y dálicos. Mientras que en los primeros abundaría un azul luminoso (leuchtendes Blau), en los dálicos predominaría un acerado azul grisáceo (Stahblaugrau). No obstante, esta diferenciación cromática podría establecerse con más detalle. En consecuencia, esta diferencia de coloración abundaría en el carácter autónomo del tipo dálico en función de su mayor blancura, algo sobre lo que ya E. F. von Eickstedt había llamado la atención en tres destacadas investigaciones”.

69. Clauss (1940, 67): «La perseverancia es la nota característica de vivir de esta categoría de hombres; por tanto, ha tenido necesidad de un semblante en el que se subraye la pesadez. En consecuencia, por nuestra parte caracterizamos a esta raza como adaptada al hombre de la perseverancia”.

70. (*) En realidad, aísla los tipos ibero-insultar y atlanto-mediterráneo. Por su parte E. F. von Eickstedt identificaba tres razas principales entre los mediterráneos: los mediterráneos propiamente dichos o mediterráneos gráciles, extendidos principalmente por el norte del Mediterráneo y las Islas Británicas; los más grandes y más fuertes euroafricanos, distribuidos por diferentes regiones; y, por último, los más débiles transmediterráneos, de complexión mediana, extendidos por el norte de África desde Marruecos hasta Egipto (Kilian 1988, 134-135).

71. Walter Darré (1929, 252): «Probablemente, con este antílope siberiano debió penetrar en Europa un explorador asiático de las estepas; por nuestra parte podríamos admitirlo. Es posible que este explorador de las estepas pueda señalarse en la actual conformación racial europea… La piel de los nómadas árticos debe ser sólida y robusta, debe dejarse pigmentar con facilidad, debe proteger no solamente de los rayos del sol sino de las tempestades de hielo de la estepa… Sin embargo, con estas consideraciones nos encontramos ante la posibilidad de presumir la presencia de la raza oriental entre los perseguidores del antílope siberiano. Esta raza se ^infiltra^ en Europa en el sentido arqueológico del término, manteniéndose, pues, típicamente nómada”. (*). La documentación de tipos braquicéfalos en el Mesolítico europeo (Ofnet) y la constatación de que los índices cefálicos varían en una población dada con el correr del tiempo siguiendo patrones discontinuos, con periodo de braquicefalización intensiva y periodos de desbraquicefalización, ha planteado la posibilidad de que el tipo alpino se formase en Europa por mutación y un proceso de aislamiento geográfico y endogámico a partir de formas dolicocéfalas primitivas (Marquer 1973, 47-48, 146-7). Sin embargo, estas hipótesis contemplan exclusivamente la forma craneal, obviando el resto de rasgos físicos que acerca a este tipo al grupo xantodermo (véase nota 82).

72. Eickstedt (1952): «Se pueden encontrar en todas las tumbas y en todas las culturas, sobreviven tranquilos y modestos a las invasiones y migraciones de todo tipo, integrándose de nuevo durante los periodos de calma en la comunidad de los pueblos”. (*) En la Península Ibérica este tipo parece concentrarse en el tercio norte sobre el eje de la Cordillera Cantábrica. Se documenta por primera vez en contextos megalíticos algo tardíos de la comarca de Solsona, aunque es probable que entrasen en la Península también por los pasos occidentales (Fusté 1959, 64-66).

73. (*) Véase nota 23. Esta raza está también bien representada en la Península Ibérica, tanto en la prehistoria a partir de la Edad de Bronce como en la actualidad, preferentemente en las zonas orientales y meridionales.

74. Sobre el complejo carácter del hebraísmo véase J. Evola, Tre aspetti del problema ebraico.

75. «L’Europe à besoin du dernier Andalou, du dernier Sicilien, du dernier Polonais. Elle ne peut se payer le luxe d'en rejeter un seul” (Thiriart 1964, 182). (Nota del editor italiano de 1978).
 
Old May 9th, 2011 #9
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IV - El problema indoeuropeo y la antropología

Al menos desde 1853, fecha de la publicación de Essai sur l’inégalité des races humaines del conde de Gobineau, el problema indoeuropeo quedó ligado estrechamente a la investigación antropológica.

Sus meditaciones sobre la decadencia de las civilizaciones («mientras aterroriza el espíritu, esta desgracia reserva algo tan grandioso y misterioso, que el pensamiento no se cansa de considerarla, de estudiarla ni de girar entorno a su secreto») fueron las que indujeron al conde a escribir su monumental disertación cuando fue embajador de Francia en Teherán. Ante el contraste entre la Persia aria de los Aqueménida («yo Darío, el gran rey, ario, de estirpe aria» se lee en la orgullosa inscripción sobre las rocas de Bahistun) y la Persia de los fellah, había señalado como causa de la aparición de la civilización la sangre aria y como causa de su decadencia su «degeneración» - en el sentido propio de esta palabra, que indica la alteración del tipo originario de una especie (los alemanes hablarán de Entnordung): «Creo estar actualmente en posesión de todo lo necesario para resolver el problema de la vida y de la muerte de los pueblos, y afirmo que un pueblo no moriría jamás si permaneciese eternamente constituido por los mismos componentes étnicos. Si el Imperio de Darío hubiese podido todavía alinear en la batalla de Arbela a los verdaderos persas, a los verdaderos arios o si los romanos del Imperio hubiesen tenido un Senado y un ejército formados por elementos étnicos similares a los que existían en tiempos de los Fabios, sus dominios no habrían tenido fin y mientras hubiesen conservado la misma integridad de sangre, persas y romanos habrían vencido y reinado» (Gobineau 1964, 69).

La doctrina de Gobineau, estudiada sobre todo en Alemania, se encuentra en el origen de los que se llama el «racismo» y que a través de Lapouge, Woltmann y Chamberlain se liga, junto con Günther, Clauss y Rosenberg, al mito de la sangre del nacionalsocialismo alemán.

En su todavía rudimentaria tipología, Gobineau contraponía la raza blanca a la amarilla y a la negra. Si confrontásemos las tres grandes familias raciales, la superioridad del ario resultaría evidente. El negro, con su frente huidiza, lleva en el cráneo «los indicios de energías groseramente potentes». «Si sus facultades intelectuales son mediocres - escribe Gobineau - o incluso nulas, posee en el deseo… una intensidad a menudo terrible». Consecuentemente, la raza negra es una raza profundamente sensual, radicalmente emotiva pero escasamente dotada de control, de claridad y de actitudes organizativas. El amarillo se diferencia profundamente del negro. En este tipo los rasgos del rostro están suavizados, redondeados, y expresan una vocación a la paciencia y a la resignación que puede intensificarse hasta convertirse en un terrible estoicismo pero que no constituye una verdadera voluntad creadora. En todos los ámbitos presenta una difusa tendencia a la mediocridad y a la moderación, amor por lo que es útil y respeto por las reglas. Se trata de una especie infinitamente menos vulgar que la negra, pero privada de la audacia y de la inteligencia cortante y heroica que se expresan a través del afilado rostro del ario. En la figura del ario, en su fisonomía noble y armoniosa, cuyo triple relieve de la frente, nariz y mentón confieren una impronta de combatividad, se expresa una especie humana de lenta maduración, menos dependiente de los sentidos, pero dotada de «una energía reflexiva o, por mejor decir, una inteligencia enérgica», de un «sentido de lo útil más vasto y más noble que el de las naciones amarillas» y de una «constancia que se enfrenta a los obstáculos encontrando, tras paciente búsqueda, los medios para superarlos».

Gobineau era ya consciente de que el tipo del blanco («el ario») en su antigua pureza, es el del nórdico, explicando la presencia del tipo europeo meridional y oriental mediante infiltraciones «finesas, semíticas y melanesoides». Desde la época de Gobineau hasta nuestros días, la ciencia de las clasificaciones raciales ha realizado grandes progresos. En particular, en lo que concierne a Europa, cuna de los pueblos indoeuropeos, se distinguen seis variedades raciales principales: la nórdica, la fálica, la mediterránea, la alpina, la dinárica y la báltico-oriental.

El hecho de que estos tipos raciales apenas aparezcan en estado puro, y sólo lo hagan en áreas muy restringidas, puede hacer que los hechos raciales sean de difícil comprensión para todo aquel que no posea una mirada correctamente adiestrada. En efecto, la mayor parte de los europeos presenta en la actualidad los rasgos de dos o tres - si no más - tipos raciales y solamente un buen conocimiento antropológico, unido a una cierta intuición personal, pueden ayudar a leer las estratificaciones raciales del cuerpo y del espíritu de un individuo. El cuadro se complica si se tiene presente que hoy toda persona porta en su interior no sólo una herencia racial visible (fenotipo o Erscheinungsbild), sino también una carga hereditaria que puede permanecer velada para reaparecer en el hijo o en el nieto (genotipo o Erbbild), según las conocidas leyes de Mendel. Todo esto puede ocultar a los ojos del espectador el valor de los hechos raciales, sobretodo hoy cuando la mitología igualitaria dominante en Occidente (cristianismo, democracia y marxismo) realiza todos los esfuerzos posibles para acabar con toda idea de superioridad y diferenciación. Sin embargo, la importancia de la raza resulta evidente para todo aquel que la haya estudiado.

La raza nórdica fue designada con este nombre por primera vez por el antropólogo ruso Deniker. Ripley la denominó teutonic race, puesto que observó su predominio entre los pueblos germánicos. El hombre nórdico ha sido también llamado, más pertinentemente, Homo Europaeus y, efectivamente, representa el modelo del verdadero «europide»

La raza nórdica presenta una alta estatura (1’75 de media, pero son frecuentes las estaturas hasta 1’90), una constitución delgada y esbelta, piernas y brazos desarrollados - pero no excesivamente largos y delgados como en algunos tipos negros o hebreos - espaldas amplias y el cuello bien moldeado. El cráneo es dolicocéfalo, presenta por tanto un característico relieve occipital externo (índice cefálico 75). El rostro es alargado y afilado, la nariz recta y fina (nariz griega) de raíz alta, o levemente curva, los labios finos, sin carnosidad y el mentón bien marcado.

El tipo nórdico posee cabellos rubios y finos, con tonalidades que van desde el rubio argénteo, pasando por el rubio dorado hasta el rubio cobrizo, siendo más claro en los niños para oscurecerse con la edad.

La tez es rosácea (ésta es la única raza europea cuyo rostro puede definirse con este adjetivo), mientras que la piel permite transparentar la sangre y el rubor, siendo delicada y sensible al sol. Es frecuente, sobre todo entre los niños, el fenómeno de las pecas. Los ojos son azules o azul-grisáceos, a menudo con un brillo particular que en un estado de excitación puede alcanzar un esplendor terrible (el acies oculorum que César advertía en los germanos).

A este aspecto físico corresponde - al menos en aquellos individuos cuya línea hereditaria no se haya visto disturbada por mezclas de sangres diferentes - un aspecto interno particular. Hay en el alma nórdica un algo de seco, de severo, de lineal, una distancia de los hombres y las cosas que conforma una naturaleza eminentemente reflexiva. Este carácter reflexivo nórdico deviene sentido de conciencias, sinceridad, honestidad (un «rostro límpido» es, esencialmente, un rostro nórdico), junto a una inclinación a la introspección y a la severidad hacia sí mismo. Se ha escrito que el hombre nórdico es juez de sí mismo, tal y como el mediterráneo es más fácilmente su propio defensor. Este carácter reflexivo del hombre nórdico se traduce en un comportamiento mesurado, equilibrado, leal:

«Del carácter reflexivo procede un sentimiento de justicia, una inclinación a la objetividad, a la determinación y también al individualismo frente a todo espíritu de masa, un dominio frente a los fenómenos. Realismo y plena fidelidad para quien ha conquistado su confianza, juicio objetivo también en relación a su peor adversario. El hombre de raza nórdica es poco inclinado al calor humano, puede alcanzar sin embargo una cortante frialdad cerebral. Se preocupa poco de agradar a los demás, poseyendo un alto sentido de la responsabilidad y una fuerte conciencia moral. Comprende fácilmente la idea del deber y posee cierta rigidez al afirmarla tanto frente a los demás como ante sí mismo. El tipo nórdico no puede caracterizarse como pasional, especialmente en el sentido de una pronunciada sensualidad, lo que facilita la distancia, el desapego y la facultad de reflexión…» (Evola 1942, 126).

La reflexión, cierta soledad interior - la soledad constituye un sentimiento eminentemente nórdico [64] - unidas a una escasa disposición a ser influenciada predisponen al alma nórdica a la concepción y a la ejecución de grandes proyectos. El nórdico constituye, según Günther, el tipo del caudillo y del constructor.

Según la tipología de Clauss, el hombre nórdico es el Leistungsmensch, el «hombre creativo», volcado positivamente hacia la vida, decidido a hacer y a ser cualquier cosa antes que a parecerlo [65].

Fidelidad, silencio, constancia, dotes de disciplina y autocontrol confieren a la raza nórdica aptitudes guerreras sobresalientes y, según Günther, un «pronunciado orgullo militar y cualidades guerreras». Günther observa también que las cualidades psíquicas de la raza nórdica - disciplina, dominio de sí mismo, reserva - son las que se han considerado patrimonio natural de las aristocracias europeas y que el hombre nórdico, también el de condición humilde, siempre posee en sí mismo algo de señor. Campesinos y pescadores de raza nórdica de la Alemania septentrional, Inglaterra o Escandinavia poseen una dignidad mesurada y modesta que los hacen potenciales «señores», lo que ha garantizado siempre la posibilidad de un mayor «democratismo» en las relaciones entre pueblo y clase dirigente, difícilmente existente en otros lugares. La raza nórdica es de modo natural una raza noble: sus rasgos finos y elegantes, la piel extremadamente blanca y los cabellos rubios siempre han estado ligados a un género de «señores». En este sentido - y no sólo porque haya nutrido tradicionalmente los cuadros de todas las razas de dominadores que han señoreado Europa - es en el que la raza nórdica ha sido considerada una Herrenrasse.

De carácter noble, la raza nórdica posee también una cierta ingenuidad, propia del hombre noble que se inclina, erróneamente, a considerar a todos los demás sinceros e iguales a ella: Sundbarg señala la inexperiencia a la hora de juzgar a los hombres como una característica del pueblo sueco. Significativamente ingenuus, que originariamente designaba al hombre libre, el hombre noble preferentemente de raza nórdica, ha asumido en italiano (al igual que en castellano. N. del T.) el significativo corriente de ingenuo. La raza nórdica madura más tarde que las demás y conserva durante mucho tiempo algo de infantil: se ha señalado que los niños de raza mediterránea son avispados como los viejos, mientras que los ancianos de raza nórdica conservan a menudo algo de niños, observación fácilmente constatable, sobretodo entre los anglosajones.

La maduración más tardía de la raza nórdica constituye una prueba de un desarrollo más competo y de una menor dependencia del mundo animal [66]. El tipo nórdico representa desde un punto de vista rigurosamente antropológico, el tipo humano más evolucionado.

La raza nórdica se encuentra hoy en estado de relativa pureza sólo en algunas regiones de Suecia. Predomina en toda Escandinavia, Alemania septentrional, Holanda, Flandes, Normandía, Escocia e Inglaterra. Hacia el este, puebla densamente las regiones costeras de Finlandia, los Países Bálticos, Bielorusia y algunas zonas de Polonia: Pomerania y Prusia Oriental eran predominantemente nórdicas hasta la expulsión de los alemanes. Participa en gran medida en al composición de la población de Irlanda, Francia septentrional, la Alemania central y meridional, de Austria, Checoslovaquia, Hungría y la Rusia central. Se infiltra por toda la Península Balcánica, la Italia septentrional y apenínica, alcanzando también la Península Ibérica [67].

La raza fálica fue bautizada de este modo por Günther que ha observado una especial concentración de este tipo en Westfalia (raza westfálica) y, en general, en la Alemania nord-occidental. Paudler y Kern la había denominado dálica, de la región sueca de Dalarne donde, no obstante, apenas está presente. También ha recibido la denominación de nórdico-atlántica, ya que sus huellas se pueden seguir a lo largo de las costas atlánticas hasta las Canarias, o raza rubia pesada.

Algunos autores consideran que la raza fálica sólo constituiría una simple variedad nórdica y, en efecto, resulta difícil distinguir ambos tipos a un observador meridional, no habituado al examen de tipos nórdicos, sobre todo alemanes. Dado que el tipo fácil es el descendiente directo del hombre de cromañón, el problema reside en la relación entre la raza de cromañón y la nórdica. De esta cuestión tendremos ocasión de hablar más adelante.

La raza fálica es, al igual que la nórdica, rubia y de ojos azules. Su estatura es también más alta que nórdica (el hombre de cromañón presentaba una media masculina de 1’80), pero su conformación no es delgada y esbelta sino masiva y gigantesca, presentado grandes huesos, manos y pies grandes y un cierto desarrollo de las caderas, observable también en el sexo masculino. La impresión de pesadez viene acentuada por los movimientos siempre algo lentos y premiosos y por el hábito, característico de los hombres de esta raza, de apoyarse sólidamente sobre el suelo con sus grandes piernas. Es, en Alemania, el tipo de Hindenburg.

El cráneo presenta formas que van desde la dolicocefalia hasta la braquicefalia. El rostro grande, con dos abultamientos característicos en correspondencia con los pómulos, la frente no particularmente alta, los ojos como encajados debido al fuerte relieve de la región supraciliar (torus supraorbitalis) - distantes el uno del otro que pareciera que uno fuese algo más alto que el otro - y el corte de la boca grande y delgado confieren a la raza fálica una fisonomía característica, diferente de la de la raza nórdica, más afilada, pero también de la formas rechonchas, blandas y redondeadas del rostro alpino. Los cabellos son claros, como los de la raza nórdica, los ojos azules, quizá con un mayor porcentaje de ojos grises y verdes [68]. La piel es rosada pero no tan delicada como la nórdica.

El efecto que produce la figura fálica es masivo (kastenartige Gestalten), con algo de arcaico e, incluso, prehistórico. Lenz, que denomina atlántica a la raza fálica, escribe que «cuando la solidez atántica se acopla con la audacia nórdica aparecen figuras de proporción megalítica». En efecto, el aspecto sólido y fuerte de la figura fálica parece estar acompañado por una naturaleza interior también grave y lenta, todavía más cerrada y escrupulosa que la nórdica, más rígida e inveterada en todas sus actitudes. En la tipología de Clauss, el hombre fálico es el Verharrungsmensch, el hombre enraizado en su interioridad, que resiste contra todo lo que viene del exterior, fiel a su tierra, al pasado, a sí mismo [69]. La fidelidad, que es una característica del os pueblos germánicos y particularmente del alemán (deutsche Treue) - determinada en último análisis por la escrupulosa coherencia de la naturaleza nórdica - parece ser sobre todo una virtud fálica. El hombre fálico muestra la fascinación por todo aquello que posee raíces profundas. El campesinado nórdico, desde los orígenes primordiales megalíticos, se ha alimentado además de la audacia nórdica, de la fidelidad y la inquebrantabilidad fálicas.

Debido a esta destacada rigidez y pesadez, el hombre fálico parece mostrar una menor fantasía y un menor espíritu de iniciativa que el hombre nórdico. Decimos parece porque, en realidad, la raza fálica está profundamente mezclada en todo lugar con la nórdica, siendo considerada por alguno, como ya hemos mencionado, como una simple variedad de esta última.

Claramente definida en su fisonomía físico-psíquica e inconfundible por sus caracteres resulta, a su vez, la raza mediterránea. Deniker la denominaba raza «ibero-insular», porque la Península Ibérica, Sicilia y Cerdeña constituyen sus zonas de concentración [70], Günther raza occidental (westisch), en referencia al westischer Kreis de Schuchhardt, que irradió durante la prehistoria desde la Península hacia Gran Bretaña por un lado y el Mediterráneo por el otro. Sergi definía al tipo mediterráneo como «euroafricano», tanto porque su origen se encuentra en África, en las regiones saharianas todavía no desertizadas, como porque está extendido por las costas europeas y africanas del Mediterráneo, matizado en Europa por influencias nórdicas, alpinas y dináricas, mientras que en África por elementos negroides, armenoides y orientálidos.

La raza mediterránea es de pequeña estatura (1’61 de media), constitución pequeña y acentuadamente delgada, las pantorrillas característicamente desarrolladas y huesos gráciles y finos. El cráneo es dolicocéfalo, el rostro es largo y sutil de líneas regulares, la piel ligeramente morena, fácilmente obscurecida por la acción del sol y los cabellos negros, lisos o rizados. En sus líneas generales, si se deja a parte la pequeña estatura y el olor de cabellos y piel, el tipo mediterráneo, por una cierta esbeltez y regularidad de rasgos puede recordar al nórdico. No obstante, el rostro mediterráneo está perfilado con menos claridad, la nariz más pequeña, los labios más carnosos y el mentón menos pronunciado:

«Según Günther, la fisonomía del tipo occidental es más delicada, menos viril. Mientras la raza nórdica tiende a un corte claro y audaz el rostro, la raza occidental tendría una aspecto más cordial, casi femenino, la amplitud de las espaldas y del pecho es limitada, el cuello es delgado, manos, pies y dedos dan una impresión de ligereza a todo el tipo» (Evola 1940, 130).

El ojo mediterráneo es negro, con una característica expresión de vivacidad, a veces cálida y apasionada, a veces escrutadora y pícara: «La conjuntiva del ojo posee una tonalidad amarillenta, el iris es marrón, a menudo marrón oscuro. Este color marrón posee, por lo demás, algo de especialmente aterciopelado y cálido. La expresión de los ojos del hombre occidental podría definirse como serena, a menudo, como buena, a menudo como curiosa, indagadora, penetrante» (Günther 1934b, 84).

A la elegancia y ligera y pequeña de los rasgos, parece corresponder en la raza mediterránea una gran movilidad espiritual que, sin embargo, por falta de peso, tiende a degenerar en ligereza y se manifiesta como habilidad, locuacidad y tendencia a una expresividad cargada y gesticulante:

«Todas las fuerzas psíquicas están más volcadas hacia el exterior que en el hombre de raza nórdica, de aquí una particular expresividad y una propensión a la elocuencia, al efecto, al gesto. Los sentimientos encuentran una rápida exteriorización, el intelecto es vivaz, comprende pronto, pero es poco capaz de un juicio claro. En la acción obedece más al sentimiento que a la razón. El tipo occidental ama todo aquello que presenta colorido, vida movilidad. Su naturaleza es muy variable, conoce poco la paciencia y la perseverancia, puede pasar rápidamente de un opuesto al otro y las impresiones lo dominan con facilidad. Las dotes oratorias son notables pero, al mismo tiempo le resulta sencillo emborracharse de palabras. Este tipo está más inclinado a sentir la alegría del mundo mientras que el nórdico lo está a sentir su problemática» (Evola 1940, 131).

Debido a la fascinación de los contrarios, la vivacidad mediterránea puede seducir al hombre nórdico, de índole diversa, pero acaba produciendo una sensación de vacuidad. En lo más profundo, el alma nórdica sentirá siempre un cierto modo de ser mediterráneo - con todo lo que de servil y petulante que éste puede tener en sí - como algo «que no es noble».

La raza mediterránea presenta notables dotes intelectuales, rápida intuición y pronta comprensión pero, allí donde no esté corregida por la sangre de razas dotadas de una mayor gravedad como la nórdica o la dinárica, corre el riesgo de degenerar en una superficialidad brillante. También en los países latinos, raramente presentan las personalidades de primer orden netos caracteres mediterráneos sin huellas de otras razas: en Italia esencialmente la dinárico-adriática o la nórdica. La particular plasticidad con la que el hombre mediterráneo aprehende la vida, lo predispone a dotes artísticas, con una propensión por las artes en la que resultan esenciales color, forma y expresividad.

La expresividad mediterránea degenera a menudo en pose, con tendencia a la vanidad y a un sentido del honor un poco teatral y exterior. Clauss ha sintetizado la personalidad mediterránea en la fórmula del Darbeitungsmensch, el hombre para quien el gesto, la apariencia, y el efecto constituyen el criterio fundamental de sus decisiones cotidianas.

Una cierta sensualidad, o al menos, un particular cortejo de todo lo referido al sexo parece característico de la raza mediterránea. El denominado esprit gaulois, que está más relacionado con la componente mediterránea de la población francesa que con los celtas, es propio del hombre mediterráneo: «Su pasión por la palabra, su colorismo, su carácter mutable y rencoroso se manifiestan según las líneas de una marcada sensualidad. El mismo sentido poseen su arte, su poesía y su sutil argucia» (Günther 1934, 219).

La personalidad mediterránea puede devenir turbulencia, su vivacidad sediciosidad. Günther señala la gran cantidad de hechos de sangre en los territorios mediterráneos, mientras que en Alemania las estadísticas de criminalidad muestran los distritos nórdicos como aquellos que cometen menos delitos. Igualmente subraya también la inclinación mediterránea a las sociedades secretas y revolucionarias (Camorra, Mafia, Sinn Fein en Irlanda), mientras que los pueblos nórdicos, dotados para la disciplina militar, están escasamente inclinados a la sedición contra el orden constituido. El espíritu de la Revolución francesa no ha afectado profundamente ni a Alemania, ni a Reino Unido, ni a Escandinavia y en estos países los movimientos obreros han asumido pronto un carácter legalista y reivindicativo, en vez de anárquico y libertario.

Todo el modo de ser de la raza mediterránea (la escasa objetividad, una cierta vanidad, tendencia a situar en primer plano las relaciones entre los sexos) aparece, en conjunto, más femenina que la de la raza nórdica. Femenina es, así mismo, una cierta crueldad brusca y caprichosa, que puede alternarse con la bondad más pronunciada. Si los pueblos nórdicos pueden demostrar una gran insensibilidad y resultar despiadados en el cumplimiento de las órdenes recibidas, los pueblos mediterráneos son capaces de explosiones de ferocidad (la Revolución francesa) que sorprenden a los pueblos del norte. Günther adscribe a la raza mediterránea una cierta crueldad con los animales.

La raza mediterránea posee sus territorios más compactos en la Península Ibérica y en la Italia meridional e insular. Forma gran parte de la población del resto de Italia, de Grecia y Francia. En Alemania se infiltra a lo largo del Rin. Del mismo modo, está bien representada al oeste de las Islas Británicas (Gales, Cornualles e Irlanda), mezclada con la raza nórdica. También se halla profusamente difundida por los Balcanes y la Rusia meridional, donde la diferencia racial y psicológica entre grandes rusos y ucranianos está ligada a la presencia entre estos últimos de la raza mediterránea.

La raza alpina representa por sus caracteres braquimorfos y braquicéfalos, así como por otros muchos particulares (rostro redondo, piel incolora, escasez de barba), la infiltración de un tipo asiático originariamente afín a los mongoloides o, incluso, un grupo de éstos llegado a Occidente en época antiquísima y mezclado con los európidos («los mongólidos que llegaron más lejos en su irrupción en Occidente»). Esta infiltración debió producirse a finales de la glaciación, cuando el camino entre Europa y Asia se volvió practicable y una horda migró tras el antílope siberiano a lo largo del corredor de las estepas [71]. Ripley habla de infiltration, Lapouge de invasion interstitielle.

En consecuencia, se comprende la razón por la que la raza alpina, que recibe esta denominación debido a que forma territorios compactos alrededor del macizo alpino, no tenga nada que ver originariamente con los Alpes y que Günther prefiera llamarla ostische Rasse, raza oriental. Su distribución actual se deriva del hecho de que ha perdido continuamente terreno frente a razas más guerreras y emprendedoras, como la nórdica o la dinárica, hasta quedar reducida a las zonas alpinas, el macizo central francés, la Selva Negra y en la Selva de Bohemia: los territorios de dominio masivo alpino constituyen, esencialmente, Ruckzüggebiete (territorios de retirada). Esto no es óbice para que la raza alpina, en estado de mezcla, conforme gran parte de la población de la Europa continental, así como de las penínsulas meridionales y septentrionales.

La raza alpina ha sido llamada también dunkel-ostisch, en contraposición a la raza báltico-oriental, hell-ostisch, que posee un mismo origen y una fisonomía semejante, pero que se diferencia por el color claro, debido a antiguos contactos con la raza nórdica entre el Báltico y los Urales. Algunos autores duda que la raza alpina pueda considerarse una verdadera raza, sino que se trataría más bien de un tipo asiático modificado, hablando de «elemento racial laponoideo», expresión que sugiere la idea de un grupo humano que se infiltra de forma nómada desde Asia.

La raza alpina es de pequeña estatura (media 1’64), de constitución rechoncha y pesada, con un tronco largo, miembros cortos, hombros poco pronunciados. En las mujeres se señala una estrechez característica de la pelvi. Presenta formas redondeadas, con una disposición natural a acumular grasas, no sólo en el cuerpo (obesidad), sino también en el dorso de la mano y en la yema de los dedos. El cráneo es braquicéfalo, el rostro redondo y grande, con un mentón poco pronunciado, con una nariz de raíz baja, corto y chato, con la punta vuelta hacia arriba. La piel es espesa, incolora, casi amarillenta, tal de no permitir que la sangre anime la superficie. Los cabellos son densos, rígidos y negros, los ojos oscuros, la pilosidad de las mejillas escasa. En su conjunto, los rasgos blandos y redondeados, la braquicefalia y la braquimorfia, la escasa barba (como chinos y amerindios) la acercan a la raza mongólica.

También desde el punto de vista psíquico el tipo alpino parece reflejar aquellos «débiles deseos», aquella «voluntad más paciente que dura« y aquellas «mediocridad en todo y el amor por lo útil y veneración por las reglas« que el conde de Gobineau atribuía a la raza amarilla. Vacher de Lapouge, quien forjó el concepto de «antropología política», escribe acerca del tipo alpino:

«El braquicéfalo es prudente, económico, laborioso. Es muy prudente y se preocupa siempre en cualquier circunstancia. Está atado a su campiña y a su gleba. Raramente es un incapaz, sin embargo difícilmente supera los límites de la mediocridad. Sus fines son limitados, trabajando pacientemente para su realización».

Es el tipo alpino el que ha proporcionado las imágenes de Sancho Panza y el buen soldado Sweik. Es el tipo del burgués, tal y como aparece en Alemania como rollizo bebedor de cerveza o en Francia como tranquilo Rentier, «lourd et placide». Un tipo eterno que prospera en los periodos democráticos, para pasar a un segundo plano cuando los tiempos reclamen de nuevo una guía aristocrática [72].

Günther señalaba que la aparición de este tipo en la escena política alemana había coincidido con la llegada de la república de Weimar (con anterioridad la clase dirigente alemana poseyó un carácter acentuadamente nórdico) y actualmente te puede observar que la decadencia de Inglaterra ha permitido salir a la luz un tipo análogo, allí donde la gran expansión imperial inglesa había estado estrechamente ligada a aquella magnífica aristocracia del cuerpo y del alma de neta impronta nórdica y anglosajona.

Para Clauss, el tipo alpino constituye el Enthebungsmensch, el hombre de la «evasión», en cuyos rasgos carnosos y redondeados, su expresión blanda, amigable y servicial se refleja una inquietud oculta que busca refugio en la «evasión» de la dureza de la vida mediante la adaptación. Adaptación al ambiente, a los superiores, seguridad burguesa profesional, paciencia, apacibilidad, no exentas de una cierta desconfianza y de una brizna de malignidad. El hombre alpino (ostisch) es flexible, conciliador en todos los movimientos de su ánimo y en todas las líneas de su rostro: «Toda expresión que se manifiesta en este rostro permite reconocer que este alma no vive fríamente distanciado de las cosas y los seres humanos de su entorno sino en estrecho contacto con ellos… Éstos (los hombres orientales) desean recoger en torno a sí todo lo que pueda madurar y todo permanece en ellos igualmente cercano e igualmente grande» (Clauss 1940b, 75). El hombre alpino está siempre en busca de paz, una paz que se ha de realizar mediante la suavización de las situaciones en un incesante circundar, custodiar, tener cuidado, un particular modo de maternidad. Esta moderación conciliadora, este perpetuo cuidado en suavizar, mitigar y regularizar genera en la raza alpina cualidades de constancia y diligencia que junto a la sangre de otras razas pueden devenir constructivas. Bajo el influjo de la consciente severidad nórdica, el alpino se convierte fácilmente en un buen trabajador e, incluso, en un buen soldado.

Junto a la raza alpina, dunkel-ostisch hay que mencionar a la raza báltico-oriental, hell-ostisch, que forma gran parte de la población de Rusia, suministrando muchos de los caracteres del denominado pueblo eslavo, sobre todo en el rostro, caracterizado por grandes pómulos y una psicología inquieta y compleja.

También la raza báltico-oriental tiene su origen en el encuentro entre un tipo asiático braquicéfalo y braquimorfo y otro europeo (el nórdico). Este encuentro puede haber tenido lugar durante el periodo en el que la cultura maglemosiense se difunde hasta los Urales: A ésta debe la raza báltico oriental su coloración clara. Su constitución, al igual que la de la raza alpina, es pesada y rechoncha, la estatura baja (1’65 de media), pero los huesos son más robustos, los hombres más grandes y bien marcados y la musculatura muy desarrollada. El rostro es huesudo y anguloso, con grandes pómulos poderosamente marcados, la mandíbula baja y fuerte y la nariz achatada con la punta respingona (la nariz de la raza báltico-oriental es la que más deja ver las fosas nasales). Los cabellos son rubios, pero de un rubio apagado, estoposo y ceniciento, que no posee el esplendor de la cabellera nórdica. Los ojos son claros, acuosos, de un celeste incierto, a menudo cortados oblicuamente de modo que producen una impresión mongólica. En efecto, la primera impresión que produce un hombre de raza báltico-oriental es la superposición de una coloración nórdica sobre un tipo asiático.

Al igual que el hombre alpino (dunkel-ostisch), el báltico-oriental parece estar poseído por un cierto descontento informe (eine im Hintergrunde lauernde Unzufriedenheit), que no se explica, como en el caso del redondo y pacífico alpino en una cautela paciente y benévola, sino en una actitud más cerrada e irresoluta, capaz de los más absurdos contrastes y de las explosiones más imprevisibles. Una fantasía poderosa e informe - gris y llana como las llanuras del Este de Europa - nivela el alma báltico-oriental. A esta naturaleza informe y fatalista corresponde una sensualidad acentuada y una actitud mística y colectivista, susceptible de producir grandes dotes de penetración psicológica, casi dostoieskianas. También en este caso está presente una tendencia a la evasión, que puede convertirse en adaptación, paciencia, servilismo pero con un matiz más oscuro que en la raza alpina.

Resulta evidente que muchas de estas características reunidas por Günther reflejan la índole de un cierto tipo ruso y, efectivamente, la raza báltico-oriental forma gran parte de la población de Rusia (sin embargo, el núcleo de los pueblos eslavos en Bielorusia es nórdico). En Europa, la raza báltico-oriental está representada particularmente en Polonia y en Checoslovaquia, penetra en Alemania hasta la línea del Elba y en Escandinavia a través del Báltico. Está extendida entre los pueblos eslavos de los Balcanes y se encuentra infiltrada también por otros lugares.

La última de las razas europeas en orden de aparición es la raza dinárica, que debió penetrar desde Asia Menor durante el Neolítico, cuando la cebada, el trigo y la oveja, todos ellos de origen anatólico, alcanzaron la Europa central.

La raza dinárica, denominada también adriática por Deniker, forma territorios compactos en Bosnia, Albania, el Epiro, así como en muchas zonas de Carintia y el Tirol. Está presente en gran medida en la Europa danubiano-balcánica, formando gran parte de la población de Italia (sobre todo en la vertiente oriental), de la Alemania meridional y central, de la Francia oriental y meridional. Se encuentra en Ucrania y en el Cáucaso, en proximidad a las áreas originarias de la raza armenoide [73].

Presenta una alta estatura (1’74 de media), constitución fuerte y esbelta, piernas largas con los brazos proporcionalmente algo cortos. El cráneo es braquicéfalo, no con la forma curvooccipital (cabeza redonda) sino con la plan occipital cabeza larga y aplastada: la cabeza dinárica es plana en su parte posterior, cayendo a plano sobre la espina dorsal. El rostro es largo: «El rostro nórdico se diría demasiado delgado, el rostro dinárico demasiado largo» (Günther). En este rostro largo, la frente amplia y lisa, las cejas densas, la nariz grande, prominente, aquilina, junto a una mandíbula alta y unos labios gruesos - con el característico labio inferior carnoso (habsburgische Lippe - producen una cierta impresión de algo «herbes, derbes, grobknochiges » (áspero, duro, oscuro). La coloración de la raza dinárica es oscura, tanto de la piel como de cabellos y ojos: es característica de este tipo una fuerte pilosidad. También entre las mujeres de este tipo se observa bozo sobre el labio superior (aunque también las mujeres mediterráneas pueden presentar el fenómeno del «bigote»). Característica del tipo dinárica es la posición de las orejas, más grandes que en las otras razas europeas y levemente desprendidas de la región temporal (orejas de soplillo).

En conjunto, la nariz fieramente prominente, las orejas que acompañan el movimiento, la constitución grande y fuerte (también las mujeres dináricas, altas morenas, con sombra de bozo poseen algo de fuerte y viril) producen una sensación de energía y solidez. A esta impresión parece corresponder una naturaleza interior caracterizada por una cierta jovialidad y una cierta astuta habilidad. La pasionalidad de la raza dinárica es más enérgica que la de la mediterránea, más profunda y turbulenta. Günther adscribe a las poblaciones dináricas de Tirol y de Croacia un ingenuo apego a la patria, un sentimiento nostálgico y aptitudes musicales.

Con relación a la raza mediterránea, la raza dinárica es más simple y tosca, no tan sutil ni elegante, pero no está privada de sagacidad, habilidad e intuición del alma ajena. Respecto a la raza nórdica, aparece menos problemática, más alegre, cordial y ruidosa. La personalidad dinárica es, a la vez, constructiva, menos profunda que la nórdica, menos aristocrática, pero profundamente positiva. La solidez dinárica predispondría a las dotes militares: según Günther, en todas las elites guerreras de Europa, la raza dinárica a estado presente junto a la nórdica. La nacionalidad y la sensualidad dinárica predisponen para las aptitudes musicales: Günther ha hecho notar que casi todos los grandes músicos europeos, desde Cherubini a Chopin, pasando por Haydn, Mozart, Weber, Listz, Verdi o Wagner presentan caracteres fuertemente dináricos. Por otro lado, la raza dinárica puede presentar rasgos más problemáticos. Astucia, turbulencia y un cierto levantinismo.

El hecho es que la raza dinárica puede considerarse una modificación acaecida sobre el suelo europeo del tipo armenoide, corregido por el elemento nórdico. Cuanto más se avanza hacia el sur, en los Balcanes, el tipo dinárico se difumina insensiblemente en el tipo armenoide o del Asia Menor (vorderasiatisch). Este último se diferencia del dinárico por un tórax más estrecho y curvo, los muslos muy lagos con respecto a las piernas y la nariz todavía más grande, carnosa, pesada y con la típica forma de 6: «La nariz armenoide parece ser todavía más grande que la dinárica; además produce la impresión de estar suspendida (heraushängend), mientras que el dinárico parece más bien que salte hacia el exterior (herauspringend)». En el hombre armenoide, las cejas tienden a tocarse, los ojos miran de modo penetrante, sugiriendo – sobre la nariz ganchuda – una impresión de rapacidad y de astucia: «La expresión del rostro dinárico debe definirse, más bien, como dura, mientras que la armenoide astuta o insidiosa» (Günther 1934b, 111).

Es el tipo del armenio o del hebreo, al menos como se representan habitualmente. Los rostros dináricos pueden aparecer a veces como hebraicos pero, por lo general, ambos tipos son diferentes: el rostro dinárico produce un efecto de energía, mientras que el hebraico de rapaz astucia. Clauss ha visto en el hombre vorderasiatisch el Erlösungsmensch, el hombre en busca de «redención». Resultaría característico de ese tipo el peso de una carne sensual, simbolizada por la nariz carnosa, por los labios gruesos, y que esté abocado por la carne a un contaste entre el cuerpo y alma hasta el punto de ansiar la redención (Erlösung) por medio de la santidad. En efecto, corresponde al tipo hebraico un contraste entre la inclinación hacia los aspectos más materiales de la vida (morbosidad del sexo y del beneficio) y el correspondiente anhelo de una santidad concebida como negación del mundo, que en el fondo constituye la negación de la propia naturaleza personal, percibida como algo que «no es noble». Rosenberg ha escrito que el pueblo hebreo es erbsündig, mientras que el hombre nórdico es erbadlig. De aquí la religiosidad de los pueblos del Asia Menor que siempre aparecerá ambigua al verdadero ario y que constituye la antítesis de la religiosidad nórdica y del credo olímpico [74].

Este análisis sumario de los elementos raciales europeos nos ha llevado a unos resultados que será útil recapitular:

1) Todos los elementos raciales europeos, a excepción del nórdico, deben su origen a influencias extraeuropeas, euroafricanas en el caso de la raza mediterránea, euroasiáticas en el de las razas alpina y báltico-oriental y minorasiática en el de la dinárica.

2) El área de la raza nórdica en tono al Báltico y el mar del Norte, única área europea no afectada por corrientes extraeuropeas puede considerarse la reserva biológica de Europa.

3) Sólo el hombre nórdico puede considerarse a todos los efectos Homo Europaeus y representará siempre el modelo de humanidad de raza blanca mientras ésta posea los fundamentos biológicos de su cultura.

La imagen del hombre nórdico, alto, rubio, con un rostro y una nariz estrechos – la «nariz griega», tal y como la plástica griega lo ha esculpido para siempre como ejemplar humano de nuestra civilización – permanecerá siempre como das Bild des gesunden, schönen und führenden Menschen («la imagen del hombre sano, bello e insigne»). Esta imagen constituye el criterio de lo que se concibe en el interior de la raza blanca como «normal», no en el sentido de una conformación en función de una clasificación sino como adecuación a la idea en el sentido que Platón concede a esta palabra.

Hemos hablado de raza blanca. La antropología no conoce una «raza blanca», únicamente conoce la raza nórdica. Pero el historiador de la civilización debe constatar que existe en la actualidad una unidad viviente de las diferentes razas europeas en torno a un tipo del «hombre blanco». No hay que olvidar, en efecto, que la sangre nórdica está presente en toda Europa. No existe ninguna aldea, tampoco en el sur de Andalucía ni en el corazón de Sicilia, en la que sus habitantes no reflejen por el color rosáceo de la piel o cierto matiz claro de los ojos o del cabello una aportación nórdica. Basta comparar un italiano meridional con un norteafircano para comprender que el primero ha sido «europeizado» por una aportación de sangre septentrional. En realidad, por toda Europa se extiende una invisible urdimbre cohesiva de sangre nórdica que cristaliza las diferentes estirpes europeas en torno al tipo medio de hombre blanco. Este tipo medio es el que podemos definir como ario. Allí donde estos sutiles capilares se angostan, emergen tipos raciales irreducibles a la clasificación común del hombre blanco. En este caso nos encontramos ante europeos del sur que no son sino norteafircanos o ante rusos que no son sino mongoles. Entonces desaparece también la posibilidad de comunicación de la aprehensión del mundo y de la vida propia de los pueblos arios.

Existe, por consiguiente, una raza blanca como dato histórico-cultural creado por la infiltración de la raza nórdica en todos los rincones del continente. Las cualidades psíquicas de esta raza, el carácter reflexivo, la discreción, han jugado un rol decisivo en la formación de las líneas severas y mesuradas de la religiosidad indoeuropea. No obstante, resulta indudable que esta espiritualidad no se encuentra rígidamente ligada al tipo nórdico sino que es completamente comprensible y asimilable por cualquier hombre blanco. Y una sensibilidad racial blanca siente como perfectamente lícito, e incluso a menudo también fecundo, el cruce entre diferentes elementos «blancos». Alexander von Stauffenberg, en un ensayo escrito durante la guerra, sugería que el contacto con el elemento mediterráneo ha constituido para los pueblos del Norte un enriquecimiento en el sentido de la plasticidad y de la jovialidad, citando unos versos de George.

«Eur kostbar kindhaft tierhaft blut verdirbt
Wenn ihrs nicht mischt im reich von korn und wein»
[Vuestra preciosa inocencia degenera en sangre feroz
Si no se mezcla en riqueza con grano y vino]

Añadía, sin embargo, que existen fronteras cuya violación es sentida por una naturaleza no corrompida como prevaricación y vergüenza: «Ha existido en todos los tiempos una frontera más allá de la cual la mezcla de las razas deviene en crimen y comienza el insulto a la sangre. Esto es válido en primer lugar y sobre todo para negros y mongoles, pero es válido también para las raza desértica (oriental) y asiática occidental» (Stauffenberg 1941, 344).

El fundamento nórdico de la unidad de los pueblos blancos que descansa, como veremos, sobre la unidad nórdica originaria de los pueblos indoeuropeos, debe tenerse siempre presente. Esto, sin embargo, no debe considerarse una invitación a la discriminación entre europeos. Los problemas a los que Europa debe enfrentarse en la segunda mitad del siglo XX – el primero de todos el de su unidad e independencia – revisten tal gravedad que hacen absurdo cualquier racismo interno. Europa, como se ha escrito con toda justicia, tiene necesidad del último siciliano y del último andaluz [75].
Lo que debe promoverse no es la discriminación entre hombre y nombre en función del color de los ojos o de los cabellos, lo que en una época de mescolanza racial es tan acusada, de entrecruce inextricable entre fenotipos y genotipos, no tendría. Pero debe mantenerse viva la consciencia de que una cierta herencia biológica predispone a ciertas actitudes espirituales y que si bien resulta aventurado esperar ciertas cualidades de un individuo que presenta determinadas características, también es cierto que un centenar de individuos de aspecto nórdico presentarán más fácilmente ciertas cualidades colectivas que otro centenar de individuos racialmente mediterráneos.

En general, resultan esenciales algunos elementos de educación racial para la transformación de la mentalidad, sobre todo de la italiana. Si se llegase a imprimir en la mente de todo joven italiano que una cierta astucia, intromisión y exhibicionismo mediterráneos son propios de un tipo racial que «no es noble» y que cierta simplicidad de impronta nórdica sea más digna y estimable que toda socarronería y gracia «latinas», la romanidad, que tan importante es en nuestra enseñanza, volvería a ser algo vivo y comprensible y se habría avanzado por el camino de la rectificación de nuestro carácter nacional.

Resulta necesario que, como principio, se mantenga la noción del diferente valor de los elementos raciales europeos y que un cierto ideal nórdico esté siempre presente en el espíritu de aquella elite que quiera defender los valores de la civilización europea. El problema de la selección racial, de la Aufartung y de la Aufnordung, no podrá ser jamás una tarea del estado como tal, puesto que ante él todos los ciudadanos de raza blanca deberán aparecer siempre como iguales, sino que deberá remitirse a la sensibilidad de los individuos, de los grupos, de las elites capaces de reunirse en función al principio: «El igual atrae a su igual, el igual reconoce a su igual, el igual se reúne con su igual».

Esta sensibilidad, esta conciencia, son lo que habíamos señalado como conciencia aria, conciencia de aquellos valores cuya matriz es el mundo indoeuropeo, «der von der nordischen Rassenseele geschaffene Kulturkreis der Indogermanentums» (el ámbito cultural indoeuropeo naido de la raza del alma nórdica).

Anotaciones

64. Clauss (1940, 46-47): «La soledad nórdica no tiene nade que ver con el estar solo. Quien está solo no tiene necesidad de soledad… el solitario, por el contrario, observado desde fuera puede encontrarse rodeado por una multitud, cuyos gritos de júbilo resulten ensordecedores. Sin embargo, todo el estrépito de la sociedad no penetra hasta su corazón porque ha encontrado en su propio interior un lugar al cual nadie puede seguirlo. La soledad puede también resultar fatal. Toda la tragedia germánica, desde Ricardo III, Julio César, Macbeth y Hamlet hasta Rosmersholm, representa la fatalidad de la soledad. ¿Qué sabe el alegre Horacio de la angustia de Hamlet? No obstante, allí donde un alma nórdica madura hasta su perfección perderá su significado. Toda fatalidad solamente puede aumentar y ella lo sabe: si es completamente solitaria puede semejarse a la imagen de su Dios. Porque el Dios del Norte es solitario».

65. Clauss (1938, 48): «La denominación de hombre creativo no debe significar que un hombre de este tipo sólo pueda crear: siempre, todo el santo día. Esta denominación hace referencia a que en la esfera de valores de este hombre, según la escala de valores típica de su raza, en primer lugar está situada la creatividad. El hombre nórdico puede ser indiferente y perezoso. Y también puede ser un haragán. Pero el no hacer nada resulta fundamental para él puesto que representa una acumulación de fuerzas para una nueva creación, como si fuese un pausa entre creación y creación».

66. Eugène Pittard, Les Races et l’Histoire, París 1934, pp. 197-98: «Los autores romanos han señalado igualmente la tardía pubertad de los germanos, lo que constituye una particularidad étnica del grupo kymrico. En este contexto, existe un contraste bastante sensible entre las jóvenes de la Alemania septentrional y las de la Francia central y occidental. Si las estadísticas con las que contamos son exactas, puede existir una diferencia entre ellas de más de un año. ¿No se ha constado en Francia que las jóvenes de alta estatura y ojos azules alcanzan la pubertad más tardíamente? Tengo ante mí investigaciones cuyos resultados varían entre los catorce años y tres meses y medio (sudeste de Francia) y los dieciséis años y un mes (en Hannover). Todas esta indicaciones resultan concordantes».

Por otro lado cabría recordar que, a menudo, las negras alcanzan la pubertad a los diez años.

67. (*) Ploetz estimó en un 15 % su presencia en la Península Ibérica sin excesivos datos, mientras que Günther, tras recoger la indicación, señala que la presencia de este tipo probablemente sea mayor de lo que se desprende de los mapas. Sus conclusiones sobre el carácter mediterráneo de los vascos, matizado por influjos alpinos y nórdicos, han sido confirmadas por las investigaciones de Marquer (Günther 1940, 89-90, Marquer 1973, 149-150).

68. (*) La diferente coloración del iris de las razas fálica, nórdica y báltico oriental constituye uno de los argumentos que avalarían la hipótesis de que nórdicos y dálicos conformarían razas independientes. L. Kilian escribe: «Según nuestras propias observaciones, la coloración de las tres razas rubias, nórdicos, dálicos y báltico-orientales, es algo diferente, particularmente la de los ojos. La tendencia hacia un gris plomizo (Bleigrau) del iris de estos últimos es de conocimiento general (los estonios hablan del color del estaño, mientras que los rusos lo hacen de fineses de ojos blancos). Sin embargo, también puede distinguirse el color de los ojos de nórdicos y dálicos. Mientras que en los primeros abundaría un azul luminoso (leuchtendes Blau), en los dálicos predominaría un acerado azul grisáceo (Stahblaugrau). No obstante, esta diferenciación cromática podría establecerse con más detalle. En consecuencia, esta diferencia de coloración abundaría en el carácter autónomo del tipo dálico en función de su mayor blancura, algo sobre lo que ya E. F. von Eickstedt había llamado la atención en tres destacadas investigaciones».

69. Clauss (1940, 67): «La perseverancia es la nota característica de vivir de esta categoría de hombres; por tanto, ha tenido necesidad de un semblante en el que se subraye la pesadez. En consecuencia, por nuestra parte caracterizamos a esta raza como adaptada al hombre de la perseverancia».

70. (*) En realidad, aísla los tipos ibero-insultar y atlanto-mediterráneo. Por su parte E. F. von Eickstedt identificaba tres razas principales entre los mediterráneos: los mediterráneos propiamente dichos o mediterráneos gráciles, extendidos principalmente por el norte del Mediterráneo y las Islas Británicas; los más grandes y más fuertes euroafricanos, distribuidos por diferentes regiones; y, por último, los más débiles transmediterráneos, de complexión mediana, extendidos por el norte de África desde Marruecos hasta Egipto (Kilian 1988, 134-135).

71. Walter Darré (1929, 252): «Probablemente, con este antílope siberiano debió penetrar en Europa un explorador asiático de las estepas; por nuestra parte podríamos admitirlo. Es posible que este explorador de las estepas pueda señalarse en la actual conformación racial europea… La piel de los nómadas árticos debe ser sólida y robusta, debe dejarse pigmentar con facilidad, debe proteger no solamente de los rayos del sol sino de las tempestades de hielo de la estepa… Sin embargo, con estas consideraciones nos encontramos ante la posibilidad de presumir la presencia de la raza oriental entre los perseguidores del antílope siberiano. Esta raza se “infiltra” en Europa en el sentido arqueológico del término, manteniéndose, pues, típicamente nómada». (*). La documentación de tipos braquicéfalos en el Mesolítico europeo (Ofnet) y la constatación de que los índices cefálicos varían en una población dada con el correr del tiempo siguiendo patrones discontinuos, con periodo de braquicefalización intensiva y periodos de desbraquicefalización, ha planteado la posibilidad de que el tipo alpino se formase en Europa por mutación y un proceso de aislamiento geográfico y endogámico a partir de formas dolicocéfalas primitivas (Marquer 1973, 47-48, 146-7). Sin embargo, estas hipótesis contemplan exclusivamente la forma craneal, obviando el resto de rasgos físicos que acerca a este tipo al grupo xantodermo (véase nota 82).

72. Eickstedt (1952): «Se pueden encontrar en todas las tumbas y en todas las culturas, sobreviven tranquilos y modestos a las invasiones y migraciones de todo tipo, integrándose de nuevo durante los periodos de calma en la comunidad de los pueblos». (*) En la Península Ibérica este tipo parece concentrarse en el tercio norte sobre el eje de la Cordillera Cantábrica. Se documenta por primera vez en contextos megalíticos algo tardíos de la comarca de Solsona, aunque es probable que entrasen en la Península también por los pasos occidentales (Fusté 1959, 64-66).

73. (*) Véase nota 23. Esta raza está también bien representada en la Península Ibérica, tanto en la prehistoria a partir de la Edad de Bronce como en la actualidad, preferentemente en las zonas orientales y meridionales.

74. Sobre el complejo carácter del hebraísmo véase J. Evola, Tre aspetti del problema ebraico.

75. «L’Europe à besoin du dernier Andalou, du dernier Sicilien, du dernier Polonais. Elle ne peut se payer le luxe d'en rejeter un seul» (Thiriart 1964, 182). (Nota del editor italiano de 1978).
 
Old May 9th, 2011 #10
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V - Los indoeuropeos y la raza nórdica

En el ámbito de la problemática indoeuropea muy pronto se abrió camino la idea de que los orígenes arios estaban ligados a la raza nórdica.

Toda una serie de críticos han expresado su escepticismo sobre esta cuestión, pero no parece que su postura haya tenido éxito. Resulta importante sobre todo comprender con exactitud los términos en cuestión: indoeuropeo es –ante todo- una expresión que indica un cierto grupo de lenguas. Por tanto, es comprensible la ironía de un Max Müller cuando escribía que hablar de «raza aria» era como hablar de «vocabulario dolicocéfalo o gramática braquicéfala». No obstante, si consideramos que un grupo de lenguas es difundido por una especie humana, el problema se complica. También «germánico» constituye un concepto lingüístico, siendo el negro que habla inglés un germano de la misma manera que un nativo de Londres o Berlín. Sin embargo, sabemos que las lenguas germánicas –difundidas en tiempos históricos- han sido propagadas por un cierto tipo humano rubio, «germánico», o como diría un antropólogo, nórdico. Otro Max Müller que dijese que hablar de tipo germánico sería como hablar de gramática rubia, estaría diciendo algo que resultaría menos fácilmente aceptable por aquellos que no admiten que los indoeuropeos puedan ser puestos en relación con una raza. Devoto hace notar con razón que raza nórdica e indoeuropeos no son conceptos que se superponen, no pudiendo ser de otra manera puesto que la raza nórdica es una realidad que hunde sus raíces en las profundidades paleolíticas, mientras que la lengua indoeuropea común no puede remontarse más allá de los cuatro o cinco mil años BC. Esta afirmación resulta indiscutible: cráneos nórdicos se han encontrado en Nagada (Egipto), datables en el 6000 BC; hombres rubios fueron representados en las pinturas rupestres del Sahara, quizás un grupo meridional de cromañones magdalenienses. Podría incluso suponerse que estos libios rubios que aparecen durante el período faraónico jugaron un papel en el más antiguo doblamiento de Egipto que se realizó desde el oeste.

Sin embargo, estas reliquias indoeuropeas no afectan para nada al hecho de que el nervio de la raza nórdica se fue concentrado desde la Europa atlántica hasta Europa septentrional –ya libre de los hielos- constituyendo el núcleo de las futuras expansiones indoeuropea. El propio Devoto parece ser consciente de ello. Admite que «los ricos materiales de H. F. K. Günther podrían producir impresiones de compacidad y de nordismo, sobre todo al documentar en Oriente recuerdos de cabellos rubios y ojos claros: el paralelismo de estos hechos con la expansión lingüística parece evidente» (Devoto, 1962, 58). Finalmente, evocando las primeras gravitaciones indoeuropeas sobre el Asia Menor, recuerda los guti, vanguardia rubia. Son medias admisiones, que transparentan la fisionomía nórdica de los más antiguos indoeuropeos.

Los orígenes de la raza nórdica se encuentran en la Europa de la Edad Glacial. La hipótesis de que haya podido formarse en el corazón de Asia –la sibirische Tasche de Eickstedt - para desplazarse hacia Europa durante el Magdaleniense (17000 BC) ha sido enérgicamente refutada por Reche (76).

En primer lugar, parece absurdo pensar que dos tipos tan radicalmente diferentes como el nórdico y el mongólico, puedan haberse formado en el mismo área, mientras que esta diferenciación resulta perfectamente clara si se piensa que Europa y Asia, separadas por los hielos de Rusia y por las superficies acrecentadas del Caspio y el mar Negro, habían seleccionado respectivamente al Homo Europaeus y al Homo Mongolicus. En segundo lugar, las condiciones ambientales necesarias para la selección nórdica – coloración clara, piel rosada – excluyen el Asia central, con su clima severo y sobre todo con su viento cargado de loess, que por el contrario explican muy bien la piel espesa e incolora del braquicéfalo eurasiático. Fue el clima oceánico de las costas atlánticas, lluvioso y brumoso, relativamente moderado durante las fases más crudas de la glaciación, el que constituyó el ambiente en el que se formó la raza nórdica. Esta área constituye todavía en la actualidad el entorno natural de la raza nórdica: la luz tenue (el ojo azul no soporta la luz), una atmósfera húmeda y cubierta, adaptada a una piel sonrosada y delicada. Aquí vive, todavía hoy, el nervio de la raza nórdica, aquí está «fühlt sich am wohlsten» (77).

Los climas cálidos y soleados atentan contra las posibilidades de supervivencia de la raza nórdica: Von Luschan ha demostrado que entre los curdos, los niños rubios presentan una mortalidad más alta que los morenos y está demostrado estadísticamente que en la Italia central los rubios residen predominantemente en los ayuntamientos situados a más de 500 metros de altitud. Esta menor capacidad de adaptación al ambiente cálido y meridional explica también la lenta desnordización de los antiguos pueblos europeos, arios, helenos e itálicos. Este proceso se vio propiciado por el progresivo aumento de la aridez de la cuenca mediterránea, provocado por la desecación del Sahara. Todavía durante la época de las guerras púnicas el desierto cabílico era una sabana e Italia se encontraba cubierta de bosques, mientras que la nieve caía en abundancia sobre los montes del Peloponeso.

No está del todo claro cómo debemos determinar la aparición de la raza nórdica en Europa. Algunos autores aceptarían de buena gana la hipótesis de una modificación progresiva de un grupo cromañón hacia una especie más fina y delgada. En efecto, la arqueología está en situación de documentar el desplazamiento de la especie cromañón desde Europa occidental hasta el Báltico, mediante la transición gradual del Magdaleniense cantábrico a la cultura de la Meglemose. Otros, entre los que se encuentra Günther, objetan que el hombre de de cromañón puede ser considerado el antepasado de la raza fálica, pero no el de la nórdica. Las formas más delgadas y la armadura más sutil de la figura harían necesario remontarse al hombre de Aurignac. La Urheimat de la raza nórdica se encontraría «in den eisfreien gebieten des altsteinzeilichen Mitteleuropas» («en el territorio libre de hielo de la Europa central del Paleolítico») y en particular en Bohema y Turingia. Kossina, por su parte, creía que se había producido una selección de elementos cromañón fusionados con elementos del tipo Aurignac (78).

Sea la que fuere la hipótesis que se acoja, lo cierto es que cráneos y esqueletos cuyas formas pueden considerarse que están en el origen de las európidas se encuentran en Europa hasta una fecha que Reche cree poder remontar al 80000 BC. Frente a esto, la hipótesis de un origen asiático de la raza nórdica aparece demasiado débil. En realidad, la raza nórdica, y con ella los pueblos indoeuropeos, no se mueve desde Asia, sino hacia Asia, hacia un ambiente que no le es propio hasta el punto de no permitirle mantener su fisionomía durante mucho tiempo. Esta fisonomía, sin embargo, es la que se ha extendido en Europa, que es todavía la cuna de la raza nórdica y de los pueblos de lengua indoeuropea: «…la Europa caracterizada por el clima marítimo del último periodo de la Edad Glacial fue la cuna de la raza nórdica y por tanto de los indoeuropeos y su abundancia en razas diferentes se ha convertido a menudo en la tumba de las estirpes indoeuropeas». (Reche 1936, 316).

En realidad, así como la lingüística nos proporciona valiosas indicaciones sobre el área situada entre el Vístula y el Weser como aquélla en la que pudo formarse la lengua indoeuropea, y al igual que la arqueología ha podido probar que de este área partieron toda una serie de culturas que alcanzaron el Mediterráneo y el Asia Menor, la antropología está en situación de demostrar que todas estas culturas están asociadas a restos de la raza nórdica. Tras la retirada de los hielos, encontramos modernos cráneos nórdicos en lo que será la Urheimat indoeuropea: el cráneo de Stängenas (Bohuslän), datable en el 6000 BC a los de Ellerbeck (Kiel) y Pritzerbersee (Brandeburgo), atribuibles al Mesolítico. Este carácter nórdico del área megalítica se perpetuará desde el Paleolítico al periodo germánico, testimoniando la ocupación ininterrumpida de esos territorios (79).

Por otro lado, las primeras oleadas indoeuropeas que han partido de la Alemania septentrional, han poseído también un carácter marcadamente nórdico. Altas estaturas, rostros delgados y cráneos dolicocéfalos acompañan la difusión de las anáforas globulares desde el Vístula al Dniéper: únicamente el cráneo de un esclavo y los de algunas mujeres son braquicéfalos. Nórdico es el pueblo de la cerámica cordada y el hacha de combate que se mueve desde Turingia hacia el Volga, los Alpes y el Egeo:

«Estos Schnurkeramiker se caracterizan –para esta época hemos de conformarnos exclusivamente con los hallazgos de cráneos y esqueletos- en el interior de las poblaciones neolíticas de Europa, ya bastante mezcladas desde el punto de vista racial, por ser un grupo humano casi puro racialmente, no mezclado, unitario, con rostros largos, cráneos delgados, con arcos supraciliares marcados y rostros delgados…» (Günther 1936 318). La difusión de la cultura de Rössen desde Saale al Rin ya había tenido carácter nórdico.

Los defensores del origen oriental de la cultura de la cerámica de cuerdas –por ejemplo Marija Gimbutas- reconocen que ésta se encuentra ligada a la aparición de la raza nórdica. Las poblaciones de los bosques rusos eran báltico-orientales con influencias mongólicas, mientras que las de las estepas rusas eran de constitución grácil y mediterránea. Frente a ellas, la llegada de los pueblos del hacha constituye la llegada de un nuevo tipo humano: «El tipo físico, como demuestran los esqueletos encontrados durante la excavaciones, confirma también la intrusión de una nueva población en el área oriental báltica y en la Rusia central. Los cráneos encontrados en las tumbas de los pueblos de los kurganes (cerámica cordada, hacha naviforme y Fatjanovo) difieren notablemente en cuanto a medidas de los hallados en las tumbas o asentamientos de la cerámica a peine. Los procedentes de la cultura de los kurganes eran largos y europoides, mientras que los de las tumbas de los cazadores y pescadores eran de longitud media o corta, de ancha cara, nariz chata y órbitas altas… los cráneos europoides de las tumbas de los recién llegados al área báltica oriental se corresponden exactamente con lo de la Polonia septentrional (ex – Prusia Oriental), indicando la difusión de este tipo a lo largo de las costas del mar Báltico. Los cráneos de las tumbas de Fatjanovo son muy similares y se vuelve a encontrar casi el mismo tipo en la cultura de los kurganes del área de la estepa a lo largo del Dniéper inferior» (Gimbutas 1967b, 41) (80).

Esta circunstancia –entre otras muchas- hace improbable la idea de un origen kurgánico entre el Caspio y el Aral. Difícilmente podemos esperar que surja del Turquestán una oleada de poblaciones tan acentuadamente nórdicas, mientras que se explica si admitimos su procedencia de las tierras al oeste del Dniéper.

Los esqueletos de los kurganes corresponden a los de hombres de alta estatura: el 65 % mide más de 1’70 de altura. El 70 % de los cráneos es dolicocéfalo. Constituye una población antropológicamente contrastable con la de Escandinavia (la media de las estaturas en Dinamarca es de 1’69 y en Suecia de 1’71). Estos esqueletos, «Anzeichen des Eindringens langköpfiger Eroberer» («señales de la penetración de los conquistadores de cráneo alargado»), pertenecen a los antepasados de los arios. No puede resultar sorprendente que éstos aparezcan en Asia con el nombre de hari, «los rubios». Este término, hari, es empleado en el Rig-Veda como adjetivo de hombres y de dioses. Etimológicamente se relaciona con el latino flavus, con el griego chlorós verde-rubio y con los alemanes gelb y Gold. El significado exacto de hari nos lo proporciona cualquier diccionario de sánscrito. Grassman traduce hari como «color del fuego, amarillo-oro, resplandeciente»; harikeça «que posee los cabellos amarillo-oro, de cabellos rubios»; hari-jata «nacido o crecido resplandeciente como oro»; hariçmaçaru «similar al oro, rubio» (81).

Las fuentes antiguas muestran que tanto los escitas, como los sakas o los alanos, reliquias de los pueblos arios que permanecieron en las estepas, tenían los cabellos rubios. Rubios debieron ser también los más antiguos iranios e indios, surgidos de la «antigua patria de los sacas, la patria primordial de los pueblos rubios del área escítica, rica creadora de cultura» (Eickstedt 1936, 363). Todavía hoy, las poblaciones arias que han quedado confinadas en las regiones montañosas conservan un alto porcentaje de rubios. Von Luschan contabilizó sobre una serie de kurdos un 53 % del tipo xantocroico, deduciendo que en origen de toda la población debió ser rubia. Zaborowski los consideraba los descendientes de los medos y un grupo étnico cuyo tipo originario fue «el europeo rubio, directo descendiente de la antigua raza dolicocéfala del Neolítico de la Rusia meridional». Los osetas del Cáucaso, que todavía se llaman a sí mismos Iron (arya) e Ironistan a su país presentan alrededor de un 10 % de cabellos rubios y un 30 % de ojos azules. Particularmente rubios son los que viven sobre las montañas más altas, los «catires rojos» tal y como son llamados.

El gran número de rubios y de ojos azules que se encuentran en Cachemira y en el Punjab, en la patria del Rig-Veda, debe conectarse, evidentemente, con la migración de los arios védicos. Es muy probable que una cierta impronta nórdica haya distinguido la nobleza de los pueblos arios todavía bastantes siglos después: Buda, hijo de rey, es denominado «el sabio de los ojos del color de la flor de lino» (que es azul); el sarcófago de Alejandro nos muestra a los guerreros persas rubios y con los ojos azules; todavía hoy, los brahmanes se distinguen por su piel más blanca de los miembros del resto de castas. Pero la difusión de los caracteres antropológicos europeos no se limita sólo a Persia y a la India. Pueblos indoeuropeos han llegado hasta China.

En aquellos territorios de la estepa rusa de los que habían partido los arios tuvieron su origen «rubias oleadas surgidas del área escítico-sákica, del territorio de los európidos rubios de la Edad Primordial, que son atestiguadas por los hallazgos de los cementerios y por los anales chinos, desde los tiempos más antiguos” (Eickstedt 1936). Son los wu-sun y los yue-chi, de quienes los escritores chinos describen su blondismo; son los Serae, misterioso pueblo de la Seriké, la ruta de la seda, de quienes Plinio sabe que son rubios y tienen los ojos azules (Naturalis Historia VI, 88); son los tocarios representados rubios en los frescos del oasis de Turfan, pueblo que conserva arcaicos rasgos indoeuropeos y el nombre del salmón del Báltico: «estas gentes eran rubias: los anales chinos lo atestiguan… En la historia china estos pueblos se llaman yue-chi y wu-sun y de ellos descienden los rubios tocarios» (Eickstedt 1952, 126).

En general, es perceptible una influencia antropológica európida en toda la China septentrional y también en el Japón. Esta influencia produce estaturas más altas, rostros más estrechos y menos marcadamente mongólicos, así como una coloración más rosada. Se trata del denominado tipo manchú-coreano, más esbelto y bien representado en la aristocracia.

En Italia y en Anatolia, la llegada de pueblos indoeuropeos al alba del segundo milenio está caracterizada por un aumento del número de braquicéfalos y de la estatura media. Estos indoeuropeos itálicos e hititas destacan por su tipo centroeuropeo con relación a los dolicocéfalos mediterráneos delgados y pequeños. Son los que aportan los cabellos rubios y las altas estaturas a las costas del Mediterráneo (la estatura media de la Italia preindoeuropea es 1’57) Sin embargo, durante la migración ha perdido la dolicocefalia, mezclándose con grupos alpinos y dinámicos en el área danubiana: «La afluencia de los portadores de la cultura de la cerámica de cuerdas, predominantemente de raza nórdica, sólo pudo… haber dado forma a un estrato de conquistadores superpuesto al estrato de la población indígena de la cerámica de bandas, la cual desde ese momento habló una lengua indoeuropea». Respecto a la masa compacta de los dolicocéfalos mediterráneos, esta infiltración braquicefálica de hititas e itálicos debe entenderse como la superposición de un pueblo braquicéfalo centroeuropeo (por ejemplo, el de la Alemania central) sobre una población dolicocéfala mediterránea (como el de la Basilicata) (82).

Estos pueblos rubios que irrumpen con las armas en la mano en toda la franja que discurre desde Italia hasta la India se imponen sobre pueblos más desarrollados y refinados por su severidad de vida y su organización. Le son propias una hábil inventiva (Erfiundungsgabe), una sabia prudencia (Voraenklicheit), un heroísmo inquebrantable y silencioso y también una dura práctica de la selección (harter Auslesvorgang) cuyo último eco lo constituyó la exposición de los niños disminuidos entre los romanos y los espartanos, todas cualidades que Günther y Reche adscriben a la selección del duro invierno glacial: «…el potente espíritu de iniciativa, el carácter heroico y preparado para la acción, la prodigiosa perseverancia en el cumplimiento de un deber, la generosidad, el desarrollo de fuertes personalidades, la excepcional capacidad inventiva, la ponderación y la no menos importante frialdad mesurada; todas estas eminentes características, formadas a través de un proceso selectivo, deben interpretarse como el resultado racial de las duras condiciones de glaciación…» (Reche 1936, 294-95).

Al igual que la primera gran migración indoeuropea, surgida del área saxo-turingia, la segunda, la migración ilírica que se origina en las tierras alemanas del este, debió tener carácter nórdico. Los Campos de Urnas nos han proporcionado huesos incinerados, pero la cultura de Aunjetitz, matriz originaria de los Urnenfelder, cubre con sus túmulos esqueletos de raza nórdica, y los cementerios ilíricos del periodo de Hallstatt proporcionan de nuevo hallazgos nórdicos. El cementerio de Glasinac en Bosnia proporciona todavía en el siglo VIII BC, sobre 2.000 tumbas excavadas, un 50 % de cráneos nórdicos, un 30 % de cráneos dináricos y el resto mediterráneos. Todavía en tiempos del Imperio romano, los ilirios eran considerados corpulentos, íntegros y valerosos. De ocho emperadores de origen ilirio, siete tenían los cabellos rubios: sólo Juliano era moreno.

Pero en el movimiento de la migración ilírica, que se extiende desde el Danubio, están presentes los pueblos itálicos (latinos y faliscos), los vénetos y los dorios. Es muy verosímil que esta migración haya difundido caracteres raciales nórdicos hasta los montes Albanos y el corazón del Peloponeso: «Estoy… convencido de que sobre todo en la migración ilírica acaecida en torno al 1200 BC se produjo una irradiación de sangre nórdica, porque el área nuclear en la que se originó esta difusión fue la cultura de los Campos de Urnas de Lusacia» (Stauffenberg 1941, 336).

Ha sido Reche quien ha observado que los griegos jamás habrían adoptado la palabra arco iris (iris) para designar el iris de la pupila (como los alemanes: Regenbogenhaut «iris») si hubiesen tenido los ojos oscuros. Sólo un pueblo con los ojos azules, o grises, o verdes pudo llamar al ojo arco iris: la estirpe originaria de los helenos perteneció por ello a la raza nórdica.

En las fuentes griegas son frecuentes los adjetivos xanthòs y xoutòs rubio (83), pyrrhòs leonado y chrysoeidès áureo, haciendo referencia a los cabellos de dioses u hombres, adjetivo que se corresponde perfectamente con los latinos flavus, fulvus y auricomus. Igualmente difundidas se encuentran las expresiones tales como chrysokàrenos «cabeza rubia» o chrysokóme «melena dorada». El mismo progenitor de jonios y aqueos fue Xoutôs, «el rubio», hermano de Doro e hijo de Heleno, mítico fundador de la estirpe helena. Algunos autores han relacionado el gran número de rubios que se encuentran en el valle de Vardar con las migraciones helénicas, pero, no obstante, no debe olvidarse que ese camino fue recorrido con posterioridad por tribus eslavas.

Como ha sido señalado a menudo, los héroes de Homero son rubios: Aquiles, modelo de héroe aqueo, es rubio como Sigfrido, rubios se dicen que son Menelao, Radamante, Briseida, Meleagro, Agamedes o Hermíone. Helena, por que se combate en Troya, es rubia, así como Penélope en la Odisea. Peisandro, al comentar un pasaje de la Odisea (IV, 157), describe a Menelao como xanthokòmes, mégas én glaukòmmatos «rubio, alto y con los ojos azules»; Karl Jax (1933) ha observado que entre los dioses y las heroínas de Homero no hay ninguna que tenga los cabellos negros. Odiseo es el único héroe moreno, pero el hábito de describir a los héroes rubios está tan arraigado que en dos pasajes de la Odisea (XIII, 397, 431) también es calificado de xanthòs. Y, por otra parte, Odiseo se diferencia también por sus caracteres psicológicos, especialmente por su astucia: Gobineau veía en él el héroe en cuya genealogía se había fundido la sangre de los guerreros aqueos con la de las madres cananeas. Sin embargo, el desprecio de los griegos del periodo homérico por el tipo levantino se refleja en su desprecio por los fenicios, considerados como «hombres mentirosos» y «archiembusteros» (Ilíada XIX, 288).

Entre los dioses homéricos Afrodita es rubia, como también Démeter. Atenea es, por excelencia, «Atenea la de los ojos azules». El término empleado es glaukopis, que está relacionado también con el simbolismo de la lechuza, sacra a la diosa (glaux «lechuza»: ojos brillantes, ojos de lechuza), pero que sentido antropomórfico equivale a los «los ojos azules»: Aulo Gelio (II, 26, 17) explica glaucum como «azul grisáceo» y traduce glaukopis por caesia «die Himmelbläuaugige». Píndaro completa el retrato homérico de la diosa llamándola glaukopis y xanthà. Apolo es phoibos luminoso, radiante y también xoutòs. Hera, esposa de Zeus y modelo de la matrona helénica, es leukòlenos, la diosa de níveos brazos, rasgo típico de la belleza femenina de la raza nórdica (84). Blancos brazos, pies de plata, dedos rosados, junto a otros adjetivos que evocan una coloración clara, son frecuentes en los poemas homéricos: «De la Ilíada y la Odisea resulta… que al menos los estratos superiores de un pueblo que representa sus dioses como hombres de alta estatura, de piel blanca y de ojos azules han debido responder a dicha imagen racial» (Günther 1967, 104).

También Hesíodo nos habla de héroes y dioses rubio, rubio es Dionisio, rubia Ariadna, rubia Yolea. La conexión de los cánones estéticos de la era arcaica con el ideal nórdico se documenta también en la importancia concedida a la estatura: kalós kai mégas son dos adjetivos que van siempre unidos. En la descripción de Nausicaa y de Telémaco en la Odisea se advierte que una alta estatura constituye casi un sinónimo de un noble nacimiento. Es el mismo modo de sentir que nuestro Medioevo que ha pintado a todas las mujeres rubias y que exigía como condición de su belleza una constitución grande («grande, blanca, esbelta»), también como consecuencia de la influencia de una aristocracia de origen nórdico, germánico.

Durante el periodo clásico nombres como Leukéia, Leukothea, Leukos, Seleukos (de leukòs «blanco») aluden a una coloración clara, así como Phynnos y Prhyne a pieles blancas y delicadas, al igual que Miltos, Miltìades y Milto. Galatéia (de gàla-gàlaktos «leche») es «la de la piel de leche». Rhodope y Rodophis «la de la piel de rosa». No son raros nombres como Xanthòs, Xuthìas, Xanthà, como tampoco Phyrros leonado (de pur «fuego») y Phyrra «die rötlichblonde», esposa de Deucalión y mítica progenitora del género humano.

Es muy verosímil que las tribus dorias, últimas llegadas desde el Septentrión, y en particular los espartanos, rigurosamente separados del pueblo, debieron conservar durante mucho tiempo caracteres nórdicos: «El estrato dominante espartiata se ha mantenido puro en su sangre, de lo que depende su ejemplar grandeza así como su tragedia» (Stauffenberg 1941, 336). Todavía en el siglo V, Baquílides elogia a las rubias muchachas de Laconia; dos siglos antes Alcmán, en el famoso fragmento 54, había cantado a la joven espartana Agesícora «con la cabeza de oro fino y el rostro de plata». También los hábitos deportivos espartanos, su costumbre de hacer gimnasia junto a los hombres nos hablan de una feminidad áspera y atlética más acordes con las jóvenes de raza nórdica que con las mediterráneas. Eustaquio (IV, 141) obispo de Salónica, comentando un canto de la Ilíada, recordaba que los cabellos rubios formaban parte del ser espartano. La denominada Fosa de los Lacedemonios nos han proporcionado esqueletos de trece espartanos pertenecientes a la guarnición dejada en Atenas tras la guerra del Peloponeso: tres son hombres muy altos (1’85, 1’83, 1’78), mientras que el resto poseen una estatura superior a la media, midiendo el más pequeño 1’60. Breitinger, que ha estudiado estos esqueletos, encuentra en ellos al menos una fuerte impronta nórdica. Recordemos que Jenofonte señalaba la alta estatura de los espartanos.

También las estirpes jónicas, a pesar de haber residido durante más tiempo sobre las riberas del Mediterráneo –hecho que había conducido a una notable mezcla del elemento nórdico con el occidental-mediterráneo- debieron conservar, especialmente entre la aristocracia, un cierto ideal nórdico. En el cementerio de Dypilón, del período geométrico, se advierte un incremento de los braquicéfalos centroeuropeos a expensas de los mediterráneos. No debe olvidarse que el geométrico nace en el Ática exactamente como el gótico lo hace en Francia y tan incauto sería afirmar que Francia no fue germanizada sólo porque la lengua continuó perteneciendo al tronco latino como aventurado sostener que la migración dórica no alcanzó el Ática.

En el siglo VII, Solón nos habla de Critias – antepasado de Platón – de cabellos rubios, xantotrhix, y el propio Platón en el Lisias y en La República nos habla del blondismo como algo no especialmente raro. Los trágicos del periodo clásico, y particularmente Eurípides, nos presentan una gran cantidad de héroes y heroínas rubios. En Las Coéforas de Esquilo (v. 176, 183, 205) la rubia Electra encuentra un cabello rubio junto al sepulcro de su padre y, poco más allá, advierte la huella de un pie particularmente grande, deduciendo que debe tratarse de la de su hermano. Ridgeway fue el primero en considerar que la saga de Electra conservó un eco de la contraposición de una aristocracia nórdica mucho más alta que las gentes mediterráneas (85).

En la Electra de Eurípides (v. 505 y ss) nos informamos de que los cabellos rubios eran característicos de los Átridas y en Ifigenia en Tauride, Ifigenia (52/53) recuerda a su padre Agamenón «con la rubia melena ondeando sobre la cabeza». El mismo Eurípides nos presenta rubios a Heracles, Medea y Armonía.

Sieglin ha observado que en los niveles de la Acrópolis inferiores al correspondiente a la destrucción presa se encuentran constantemente estatuas con los cabellos pintados de ocre amarillo o rojo y los ojos de verde pálido: entre ellos el famoso «efebo rubio». En general, en todo el periodo clásico se mantiene el uso de pintar de rubio los cabellos de las estatuas: Filóstrato, en su libro sobre la pintura (Eikones), escribe que «la pintura pinta un ojo gris y el otro azul o negro, los cabellos amarillos o rojos o dorados». Igualmente, la enorme Atenea Parthenos que se alzaba junto al Partenón era rubia, habiéndose observado que el arte crisoelefantino surge para representar una humanidad fundamentalmente clara. El tipo representado por la plástica helénica es esencialmente nórdico: «En las figuras masculinas, la grandeza de ánimo (megalopsychìa) de un tipo humano superior y capaz de una contemplación desapasionada, en las femeninas de noble mesura, el ápero y púdico desdén de un alma noble de raza nórdica» (Günther 1967, 204).

También las estatuillas de Tanagra, estudiadas por Sieglin, presentan cabellos rubios en un 90 %, lo que no deberá sorprendernos demasiado si Heráclito Crítico todavía en el siglo II escribía acerca de las mujeres de la Tebas beocia: «Son por el gran tamaño de sus cuerpos y la cadencia de sus movimientos las mujeres más perfectas de la Hélade. Poseen los cabellos rubios que llevan trenzados sobre la cabeza» (Bios Hellados I, 19). Un particular blondismo de las tebanas no resultará extraño si se tiene presenta le penetración tracia en el área eólica, sucesiva a la migración dórica, y ligada a la introducción de la caballería, cuyos rasgos lingüísticos se advierten incluso más allá del Adriático entre los yápigos. Teodorida de Siracusa (Antologia Palatina VII, 258 c) nos describe a las muchachas de la Larisa beocia, quienes se cortan las rubias cabelleras por la muerte de una conciudadana. También la colonización eólica ha debido difundir caracteres nórdicos si recordamos que Safo llama a la hija Cleide chryseos (fragmento 82). La propia Safo es llamada por Alceo (frgamento 63) ióplokos, «con una melena de violeta», que se suele traducir por morena. En realidad, como ha demostrado Sieglin, antes del siglo IV, época que señala el desecamiento de la Hélade y la desaparición de los bosques, en Grecia existía sólo la especie amarilla de violeta (viola biflora), la misma que hoy crece en Baviera y en el Tirol. En consecuencia, Ióplokos debe traducirse por rubia: que Safo fuese pequeña y negra (mikrà kai mélaina) es una leyenda tardía (Sieglin 1935, 63-64).

Las fuentes que nos describen a Dionisio, tirano de Siracusa, rubio y con pecas en el rostro podrían sugerir, así mismo, que la helenidad de Sicilia poseyera carácter nórdico. En general, la mención de tantos rubios entre las figuras de cierto rasgo convalida la idea de Sieglin de que «blond galt als vornehm» («rubio equivale a elegante»).

Por lo demás, en el siglo V los cabellos rubios debían percibirse como algo típico del verdadero heleno si Píndaro, en la novena Oda Nemea (v. 17), dirigiéndose a los árgivos presentes, loa a los «rubios dánaos». Por otro lado, todavía Calímaco (Himnos V, 4) podría exhortar dos siglos después a las mujeres de Argos: «¡Apresuraos, apresuraos, oh rubias pelasgas!». Baquílides, en una oda dedicada a un vencedor de los mismos juegos nemeos, elogia a los mortales, hombres de la entera Hélade, que «con la trienal corona cobren las rubias cabezas». El mismo Baquílides, en un fragmento (V, 37 y ss), menciona a los «rubios vencedores», xanthotricha nikasanta. El magnífico arte clásico, que data de este siglo, ha retratado el tipo alto, de rasgos finos y regulares que corresponde a la raza nórdica y que en la actualidad solo puede encontrarse de forma compacta en algunas regiones campesinas de Suecia. También la raza mediterránea posee rasgos regulares, pero es de pequeña estatura, mientras que el modelado más enérgico de la nariz y el mentón propio de la fisonomía clásica nos remiten a la raza nórdica:

Todavía Aristóteles escribe en su Etica para Nicomaco que para la belleza se requiere un cuerpo grande; de un cuerpo pequeño puede decirse que sea gracioso y armonioso, pero no verdaderamente bello. Este cuerpo pequeño y gracioso es esencialmente el mediterráneo, tal y como aparece a ojos de hombres de sentir nórdico. Para la sensibilidad nórdica el contenido físico y espiritual de la raza mediterránea no es suficiente para alcanzar la verdadera belleza porque es precisa una cierta gravedad interior, una grandeza de ánimo que fue sintetizada por los griegos de sentir nórdico en el concepto de megalopsychìa… La figura mediterránea aparecerá siempre ante la mirada del hombre nórdico demasiado ligera y demasiado inconsistente para que sus rasgos sean admirados como «bellos» (Günther 1967, 103).

Todavía Aristóteles escribe en su Etica para Nicomaco que para la belleza se requiere un cuerpo grande; de un cuerpo pequeño puede decirse que sea gracioso y armonioso, pero no verdaderamente bello. Este cuerpo pequeño y gracioso es esencialmente el mediterráneo, tal y como aparece a ojos de hombres de sentir nórdico. Para la sensibilidad nórdica el contenido físico y espiritual de la raza mediterránea no es suficiente para alcanzar la verdadera belleza porque es precisa una cierta gravedad interior, una grandeza de ánimo que fue sintetizada por los griegos de sentir nórdico en el concepto de megalopsychìa… La figura mediterránea aparecerá siempre ante la mirada del hombre nórdico demasiado ligera y demasiado inconsistente para que sus rasgos sean admirados como «bellos» (Günther 1967, 103).

Nórdicas son las metriótes, la mesurada dignidad, la enkràteia, el dominio de sí mismo, la sofrosyne, la consciente racionalidad, en la que el espíritu griego reconoció su esencia más profunda. Lo apolíneo y lo dionisíaco, los dos polos de la civilización helénica explorados por Nietzsche, no son otra cosa que el alma nórdica de las elites indoeuropeas y la sensibilidad rebosante del pueblo mediterráneo:

«Dionisíaco es lo entusiástico, lo rebosante, el placer ruidoso y la indómita ferocidad del antiguo mediterráneo; apolíneo el alto sentir, el prudente actuar y el mesurado decidir del Norte» (Schuchhardt 1941, 340).

Sin embargo, es precisamente en el siglo V, equilibrio extremo del espíritu griego, cuando la balanza se inclina. La crisis de las aristocracias se venía gestando desde al menos un siglo antes y Teognis –que en un fragmento recuerda su juventud cuando «los rubios rizos cubrían su cabeza»- había maldecido la mezcla de sangres, ruina de las antiguas estirpes. El estrato dirigente ateniense estaba en vías de desnorización debido a la afluencia de sangre meteca, plebeya, levantina. La consecuencia fue que los mejores atenienses volvieron sus miradas hacia el modelo espartano. Jenofonte, sin más, se instaló en Esparta. Platón laconizaba su República, donde una elite de jefes era educada como los espartiatas y en la que el nuevo estado se fundamenta sobre la eugenesia (unir a los mejores con los mejores, suprimir los disminuidos, etc.), configurándose el ideal final «como la educación de los niños según el modelo de hombre perfecto y la dirección del Estado por parte de un grupo seleccionado a tal fin». Pero tampoco Esparta superó indemne el conflicto peloponesio que hirió a muerte a la nobleza guerrera en la misma medida que la Segunda Guerra Mundial lo hizo con la alemana: «Es un hecho fácilmente constatable que la guerra del Peloponeso había contribuido considerablemente a la eliminación de la sangre más noble – y en el caso de los lacedemonios era la sangre, preciosísima, de los nórdicos espartiatas» (Stauffenberg 1941, 336). En la batalla de Leuctra, los espartanos acabaron de desangrarse definitivamente, hasta el punto que aquel espartano pudo responder a los soldados tebanos que, una vez entrados en Esparta, preguntaron «¿Dónde están los espartanos?»: «Ya no existen, en caso contrario vosotros no estaríais aquí».

El siglo IV constituye todavía una época de esplendor. Pero en su luz se advierte algo caduco y refinado, algo que separa la gracia delicada del Hermes de Praxíteles de las figuras acremente heroicas del arcaísmo o de las maduramente solares del siglo V. El elemento mediterráneo vuelve a hablar: «La suave y delicada disposición, por así decir, una disposición hacia lo idílico (Praxíteles), la refinada sensibilidad abstracta de una corporeidad superficial» (Stauffenberg 1941, 340), en todos esos caracteres se ha reconocido con justicia la presencia de una especie humana más ligera y graciosa.

Ante una Hélade tan fuertemente desnordizada no resulta extraño que a fines del siglo IV la hegemonía haya pasado a regiones periféricas, a Macedonia. Los macedonios, hermanos de sangre de los dorios, cuyo nombre probablemente signifique «los altos», debieron conservar, junto a una monarquía y un campesinado patriarcales, la severidad nórdica de los orígenes. Alejandro, con sus brillantes ojos azules, con su piel tan rosada y delicada que permitía advertir su rubor incluso en el pecho, es una figura nórdica. Los macedonios constituyeron la última reserva de la helenidad que permitió –en la fase declínate de su cultura- expandir su civilización por todo el Oriente. Durante mucho tiempo debió conservarse cierta fisionomía nórdica entre la aristocracia macedonia. Estratónica, hija de Demetrio Poliocetes y mujer de Seleuco I, era rubia, al igual que Ptolomeo Filadelfo y su hermana Arsinoe, «semejante a la áurea Afrodita». En todo el período helenístico, el ideal femenino continuó centrado sobre los cabellos rubios. Esto está atestiguado por los poetas (Apolonio de Rodas, la Antologia Palatina, etc.), el famoso epigrama «Eros ama el espejo y los rubios cabellos», así como el hecho de que todas las heteras de alto rango de la época helenística (Dóride, Calliclea, Rodoclea, Lais) fuesen rubias: «La frase… los caballeros las prefieren rubias es válida también para el mundo masculino de las ciudades helenísticas» (Günther, 1967, 255).

Wilhelm Sieglin, quien se tomó el trabajo de recopilar todos los pasajes de las fuentes griegas en los que se habla de color de los ojos y de los cabellos, ha podido demostrar que de 121 personajes de la historia griega de los que los autores nos describen sus caracteres físicos, 109 son rubios y sólo 13 morenos. El mismo Sieglin ha reunido las descripciones de los personajes de la mitología: de la divinidades, 60 poseen los cabellos rubios y sólo 35 son oscuros (de las cuales 29 son númenes marinos o del inframundo); de los héroes de las sagas, 140 son rubios y 18 tienen cabellos negros; de los personajes poéticos, 42 son rubios y 8 morenos (Sieglin 1935, 81, 99-100, 136, 138). De todos estos datos resultaría abusivo deducir que en todas las épocas de la historia griega los rubios hayan constituido una mayoría tan abrumadora. Pero lo cierto es que eran numerosos y, sobre todo, daban el tono a la clase dirigente.

El médico hebreo Adimanto, que vivió en tiempos del Imperio romano, nos proporciona una noticia que nos confirmaría que el ideal nórdico caracterizó al verdadero heleno hasta época muy tardía. Escribe (Physiognomikà 11, 32): «Los hombres de estirpe helénica o jónica que se han conservado puros son de estatura bastante alta, robustos, de complexión sólida y esbelta, con la piel clara y rubios… La cabeza es de tamaño medio y el vello corporal tiende hacia el rubio, siendo fino y delicado. El rostro cuadrado, los ojos claros y luminosos…». Sin embargo, el romano Manilio incluía por entonces a los griegos entre las coloratae gentes. Con la desaparición de los cabellos rubio naturales se pusieron de moda los medios ratifícales de tinte de los cabellos, los xanthìsmata. El verbo xanthìzestai, teñir de rubio, pasó a significar adornarse, el «embellecerse» por excelencia. Sin embargo, no eran éstos los instrumentos que podían detener el proceso de desnordización del mundo helénico.

El tipo heleno estaba abocado a la extinción. Le sucedió el graeculus, el esclavo astuto, el retórico artero, el traficante o el guía turístico, caracterizados por aquella astucia levantina que hicieron que los romanos los consideraran «inferiores».

Cuando Grecia se encamina hacia la desnordización, el otro estanque en el que se había acumulado la oleada indoeuropea del 1200 permanecería todavía intacto, e Italia sucedió a Grecia en el liderazgo de la civilización clásica.

La difusión de las lenguas itálicas – y entre ellas el latín – por un tipo racial relativamente «claro» resulta verosímil dado su proveniencia del área centroeuropea. A pesar de las protestas del bueno de Sergi a finales del siglo pasado («los verdaderos itálicos son los indígenas neolíticos mediterráneos»), la reciente antropología ha reconocido la conexión entre las lenguas itálicas y el tipo xantocroico (del griego xanthòs «rubio» y chròes «coloración»). Ya Livi, el médico militar que efectuó los primeros estudios antropológicos en Italia sobre las quintas de 1867-70, había notado dos zonas de blondismo, una en la Italia septentrional (en particular en la Lombardía occidental) que relacionaba con la migración longobarda y otra más débil a lo largo del arco apenínico, atribuible a las más antiguas migraciones itálicas.

Escribe G. Sera en la Enciclopedia Italiana (en la entrada Italia, Antropología): «Pero el hecho más singular que ponen de manifiesto los dos mapas de Livi… es la presencia de una fuerte componente xantocroica en toda la Italia central y sobre todo oriental: Umbría, Toscana, Abruzzo y las regiones orientales y septentrionales de la Italia meridional, Molise, Benevento, la Apulia septentrional y las partes orientales y septentrionales de la Lucania. Desde esa zona se irradiarían las concentraciones dispersas de este tipo que se encuentran en las otras zonas de la península y en Sicilia… La localización de la mayor concentración de este tipo hace pensar en una proveniencia del norte y del este, es decir, que ha descendido por Italia siguiendo la costa adriática sin penetrar en la llanura padana, pero-deducción todavía más importante- parece que a medida que desciende hacia el sur se instala al otro lado de los montes. Podría pensarse en una preferencia originaria a este ambiente debido a la menor resistencia de este tipo al clima cálido del sur italiano o también a que este tipo, extendido en tiempos por la costa, ha desaparecido a causa de un proceso de selección de consecuencias eliminatorias. En cualquier caso… resulta evidente que este tipo debió empujar hacia zonas periféricas a una población oscura y braquioide, de la que hay motivos para creer autóctona de la región…

Es muy probable que este tipo xantocroico haya descendido a Italia durante el periodo de hierro, si no con anterioridad, y que haya sido portador de la lengua aria. La serie prehistórica de Alfedena contenía abundantemente este tipo».

Que los pueblos itálicos –y entre ellos los romanos- se distinguiesen por una mayor impronta nórdica que las gentes que hundían sus raíces en la prehistoria mediterránea podría demostrarlo la distancia existente entre el carácter nacional latino-itálico por un lado y el etrusco por otra, diferencia tanto más notable si se tiene en cuenta la vecindad de ambos pueblos y su comunidad de civilización. A los etruscos, con su cultura llena de vitalismo y de color, con su intuición sensual del mundo, ora lúgubre ora alegre, se contrapone la severidad rígida, áspera, quiritaria de los pueblos latinos y sabélicos, consecuencia de un ethnos diferente.

Un importante intérprete de la Antigüedad ha sintetizado el carácter etrusco de esta manera:

«Etrusca era la alegría por los placeres de la existencia, a los banquetes, a las mujeres y a los bellos adolescentes, a los juegos escénicos, crueles o cómicos, a la lucha de los gladiadores, al circo y a la farsa, a la indolencia, amable y contemplativa… pero etruscos eran también el héroe caballeresco y el combatiente individual, que anhelaban la aventura y la fama, profundamente diferentes a los obedientes y disciplinados soldados de la formación romana. Y al igual que la vida etrusca se desarrollaba en la tensión opuesta entre risa y crueldad, de placer sensual y aventura, de indolencia distraída y afirmación heroica, lo hacía en la oposición entre el caballero y la dama: la mujer dominaba sobre el hombre en la casa y tomaba parte también en la vida pública. Una visión femenina del mundo se expresa en Etruria por doquier…» (Altheim 1961, 259).

El elemento «dionisíaco», el «entusiasmo rebosante, el placer y la desenfrenada crueldad del antiguo Mediterráneo» que Schuchhardt había confrontado con el «alto sentir, prudente actuar y mesurado decidir del Norte»: En Italia los etruscos representan el polo «anticlásico» de la misma manera que en Grecia el orfismo.

Frente al sensual vitalismo de las poblaciones indígenas yergue el ethos de los pueblos descendidos del Norte. Son los duri Sabini (Propercio 11, 32, 47) con las rigidae Sabinae (Ovidio Amores 11, 4, 15). Fortissimi viri, severissimi homines (Cicerón Pro Ligario 32; en P. Vattinium 15, 36), progenitores de fuertes generaciones de soldados y campesinos (rusticorum militum). Son los romanos con sus uniformes severos, secos impersonales, las generaciones latinos del periodo republicano que tomaron las armas contra Aníbal antes de que el rubio vello –flava lanugo- volviese rubias sus mejillas (Silio Italico, Punica 11, 39), los soldados romanos de cabezas rubias (xanthà kàrena) cuyos ecos resuenan en lo Oráculos Sibilinos (XIV, 346):

«En el senado de la época republicana y desde el quinto al primer siglo, la esencia nórdica siempre ha demostrado constituir la fuerza preponderante y determinante; audacia luminosa, actitud dominada, palabra concisa y ajustada, resolución bien meditada y un audaz sentido del dominio. En las familias senatoriales, sobre todo en el patriarcado y posteriormente la nobilitas, se manifestó e intentó realizarse la idea del verdadero romano, en tanto que una particular encarnación romana de la naturaleza nórdica. En este modelo humano prevalecen las virtudes étnicas de la impronta nórdica: la virilidad, virtus, el valor, fortitudo, la sabia reflexión, sapientia, la formación de si mismo, disciplina, la dignidad, gravitas, y el respeto, pietas… además de aquella mesurada solemnidad, sollemnitas, que las familias senatoriales consideraban como algo específicamente romano» (Günther 1929, 82).

Sieglin y Günther han sostenido que estos caracteres espirituales descansan sobre una muy precisa sustancia racial.

La onomástica latina atestigua una cierta frecuencia de caracteres nórdicos. «Ex habitu corporis Rufos Longosque fecerunt», «por el físico llamaban Rufo a quien tenía los cabellos rojos y Longo a quien fuese de alta estatura»: Así recuerda Quintiliano los orígenes de los nombres propios.

Sieglin proporciona una larga serie de Flavii, Flaviani, Rubii, Rufii, Rufini y Rutilii. Estos nombres parecen haber sido propios tradicionalmente de las gentes Julia, Licinia, Lucrecia, Sergia, Virginia, Cornelia, Junia, Pompeya y Sempronia: es decir, en la gran parte de la clase dirigente romana. La familia de los Ahenobarbi (barba de cobre) remontaba este nombre a la leyenda según la cual dos mozalbetes, mensajeros de una divinidad, habían tocado la barba de un guerrero romano que se había vuelto roja. L. Gabriel de Mortillet supone que rutilus, con un significado de rubio ardiente, haya sido empleado sobre todo por los varones, mientras que flavus, un rubio más suave, haya sido a su vez por las mujeres. El adjetivo usado habitualmente para el azul de los ojos es caesius, de donde provienen nombres como Caeso, Caesar, Caesulla, Caesilla, Caesennius y Caesonius. Todavía la Historia Augusta (Aelius Versus 2, 4) explica César mediante caesius. Para los ojos grises el adjetivo era ravus, de donde nombres como Ravilia o Ravilla: Raviliae a ravis oculis, quemadmodum a caesiis Caesullae. Los nombres Longus, Longinus, Magnus, Maximus, así como Macer, Scipio (bastón) hacen referencia a altas estaturas. Albus, Albinus, Albius indican una coloración clara. En un apéndice al Incerti auctoris liber de praenominibus, de época tiberina, se lee que nombres de niña como Rutilia, Caesella, Rodocilla, Murcula y Burra designan cabellos y complexiones claras. Murcula proviene de murex, púrpura, Rodocilla del griego rhodax, rosita, Burra –al igual que Burrus- del griego pyrròs: todos a colore ductae.

Un dicho que Horacio nos ha transmitido podría indicar también que el tipo físico de los romanos, al menos durante el periodo republicano, debió ser bastante septentrional: ¡hic niger est, hunc tu Romane, caveto! «¡De aquello que sea negro, protégete, romano!», dicho que expresa una prevención espontánea hacia el individuo demasiado oscuro de piel que no ha perdido hoy su actualidad. Por otra parte, la creencia que en el momento de la muerte Proserpina cortase al moribundo los rubios cabellos que todos debían llevar en la cabeza (Eneida IV 698, nondum illi flavom Proserpina vertíce crinem abstulerat) sólo pudo nacer en una época en la que los cabellos rubios eran comunes entre los romanos.


Sieglin, quien ha revisado las fuentes relativas a los caracteres físicos de los antiguos itálicos, escribe que junto a 63 rubios se mencionan sólo 17 morenos. Todavía en las pinturas de Pompeya el 75 % de las imágenes retratan a individuos claros. Siempre según Sieglin (1935, 53; 136; 101). 27 divinidades romanas se describen rubias y sólo nueve como oscuras. En particular, Júpiter, Marte, Mercurio, Minerva, Proserpina, Ceres, Venus y las divinidades alegóricas como Pietas, Victoria, Bellona se representan a menudo con cabellos rubios. 10 personajes de las antiguas leyendas son rubios mientras que no existe ninguno moreno. Lo mismo cabe decir de las personalidades poéticas: 17 rubias y dos morenas.

Las fuentes nos han trasmitido los caracteres nórdicos de diversos personajes de la historia romana. Pelirrojo y de ojos azules era Catón el Censor, personalidad en la que parecieran haberse encarnado todas las antiguas virtudes del romano. Rubio y de ojos azules era Sila, el restaurador. Con los cabellos rubios y lisos, ojos claros y flemático nos aparece Augusto, el fundador del Imperio. César tenía los ojos y los cabellos negros pero una pigmentación muy blanca y alta estatura.

El ideal físico de un pueblo se expresa en el ideal de sus poetas. Tibulo canta a una Delia rubia, Ovidio a una rubia Corina y Propercio a una rubia Cintia. Una joven demasiado negra no debía ser preciada cuando Ovidio (Ars Amandi 11, 657) sugería que si nigra est, fusca vocetur. Los mayores elogios están dedicados siempre a la candida puella. Juvenal nos habla de la flava puella Ogulnia de noble estirpe.

La Eneida reviste gran importancia por su celebración de los orígenes, lo que hace de Virgilio un poeta «arqueólogo», «en una especie de pasión por el estilo de los antiguos romanos, en una exaltación de la latinidad». En la Eneida todos los personajes son rubios: Lavinia (Eneida, XII, 605: filia prima manu flavos Lavinia crinis et roseas laniata genas: flavos es preferible a floros), Eneas, relejando su nobleza en el rostro y en los cabellos como marfil circundado por oro (Eneida I, 592: quale manus addunt ebori decus, aut ubi flavo – argentum Pariusque lapis circundatur auro), el joven Iulo, Mercurio en su aparición (Eneida IV, 559: Et crinis flavos et membra decora iuventa), mientras que entre los guerreros hay un fluvus Camers de nación ausonia (X, 562, tanto más notable en tanto que no se dice de ninguno de los guerreros restantes ni de los personajes de la Eneida que tengan cabellos negros. Incluso la cartaginesa Dido es rubia (IV, 590: flaventisque abscissa comas), tan grande es la tendencia a ver los antiguos héroes y heroínas rodeados por una nube de blondismo originario. Igualmente, en los Fastos de Ovidio, compuestos con una misma intención arqueológica y conmemorativa, héroes y heroínas de la Antigüedad romana se nos muestran rubios. Rubia es Lucrecia cuando atrae a Tarquino (forma placet, niveusque color flavique capilli, II, 763), rubios Rómulo y Remo, hijos de Marte:

Martia ter senos proles adoleverat annos
et suberat flavae iam nova barba comae


(III, 60).

Ha escrito Sieglin (86): «Los invasores helenos e itálicos eran, según los numerosos testimonios de que disponemos, rubios. Rubia es la mayoría de las personas de las que nos ha llegado descripción del aspecto físico; en particular, eran los miembros de las familias nobles los que distinguían por el color claro de su piel y sus cabellos. En todas las épocas de la Antigüedad clásica, rubio tuvo el significado de distinguido».

La época áurea de la romanizad nórdica se prolonga desde los orígenes hasta el fin de las guerras púnicas. Es la época de la república aristocrática, surgida del patriarcado y de los mejores elementos de la plebe. Es la época en la que Ennio podía escribir moribus antiquis res stat romana virisque, en la que los valores romanos descansaban todavía sobre una adecuada base racial. El ideal de la probitas, de la integritas, el del vir frugi, del vir ingenuus, en el que simplex era considerado todavía como un elogio es difícilmente reducible a un estándar meridional: «La esencia del verdadero romano, el vir ingenuus, no se explica a la luz del alma meridional, de las poblaciones meridionales preitálicas de raza mediterránea, que debieron constituir la mayoría de la antigua plebe, o al menos la plebe de la capital (plebs urbana)» (Günther, 1967 b, 92). Este primigenio ideal republicano de una severidad de comportamiento derivada no de abstractos preceptos sino de una noble naturaleza de sangre nórdica, ha sido sintetizado por Propercio en la figura de Cornelia, hija del Africano:

Mihi natura dedit leges a sanguina ductas

(IV, 11)

Ya en el siglo segundo antes de nuestra era son perceptibles rasgos de decadencia. Se trata de la despoblación de los campos, seguido de la especulación, y el alto precio pagado en sangre por las continuas guerras. Aquí tienen su origen las luchas por la reforma agraria, los Gracos y las dificultades, siempre crecientes, en las expediciones militares de segundo orden como Numancia o Numidia. En la época de Pirro y todavía en la de Aníbal, los romanos habían podido alinear en los campos de batalla cuantas tropas habían querido. «Los romanos – escribe Plutarco – llenaban sin esfuerzo ni tardanza los huecos de sus filas como si bebieran de una fuente inagotable». En el siglo II el campesinado ya daba muestras de agotamiento. Pero con la desaparición del campesinado itálico, de las fuertes generaciones campesinas que habían sido la muralla frente Aníbal «antes de que el rubio vello cubriese sus mejillas», comenzaba la desnordización de la romanizad.

Contemporáneamente, los contactos con el Helenismo decadente, con el Oriente levantino, aportaban los primeros gérmenes de desintegración a Roma. Syria prima nos victa corrupit, reconocía Floro (Epitome I, 47). Ya a la mitad del siglo II el número de los esclavos igualaba al de los itálicos con consecuencias incalculables para la transformación del carácter nacional romano. El tipo del levantino traído esclavo y emancipad, del liberto de raza innoble pero rico y poderoso, deviene cada vez más frecuentemente a la escena romana, para dominarla de forma incontestable e durante los siglos del Imperio. Sirios, graeculi, hebreos – nationes natae servituti – según el severo juicio romano, son cada vez más numerosas, junto con el influjo decadente de la brillante civilización helenística. «Nuestros ciudadanos parecen esclavos de Siria – decía el abuelo de Cicerón – cuanto mejor hablan griego más corrompidos están». «¡Acusan éstos, de quienes Italia no ha sido madre sino madrastra!», había dicho Escipión Násica frente a la turba tumultuosa del foro, una turba de importación.

Al tipo romano de estirpe itálica sucedía una masa anónima cada vez más mediterránea y levantina. El retrato nos permite observar la aparición de tipos cada vez más claramente levantinos – especialmente banqueros y hombres de negocios – que se contraponen al romano noble de impronta nórdica o nórdico-dinárica. El tipo fuertemente oscuro y, por tanto, escasamente europeo que caracteriza en la actualidad a buena parte de la población italiana – color iste servilis, decía Cicerón- puede remontarse a la invasión de esclavos orientales, Asiatici Graeci, del último periodo republicano y del imperial. La transición de la República al Imperio encuentra explicación en el hecho de que esta masa no podía ofrecer sostén a las viejas instituciones aristocráticas republicanas y estaba necesitada de un señor.

El orden imperial romano estaba destinado a regir todavía algunos siglos –también porque la Roma republicana había limpiado el campo de todo posible competidor- en un cuadro de esplendor pero también con la conciencia de una creciente putrefacción de la sociedad. Las fronteras de Augusto no serán ampliadas en casi cuatro siglos de Imperio. Tras el fin del siglo I de nuestra era el florecimiento cultural decayó, perpetuándose un academicismo alejandrino. La filosofía de esta época es el estoicismo, el individualismo orgulloso y desesperado de un alma nórdica que se encierra en sí misma ante una sociedad ya desnordizada que no le puede ofrecer sostén.

Malos homines nunc terra educat atque pusillos, lamentaba Juvenal XV, 70). En efecto, la estatura mínima del ejército imperial había descendido hasta 1’48, contrastando cada vez más la romanorum brevitas con la germanorum proceritas (Vigezio, 1, 1). No obstante, a pesar de que las últimas gentes que podían remontar sus orígenes a los latinos de los montes Albanos, entre ellos los Julios, se extinguieron en los albores del Principado («la desaparición de la última inmigración nórdica históricamente demostrable se produjo en el siglo primero»), una cierta impronta nórdica debió estar presente entre los miembros de la clase dirigente del Imperio. Se podría hace runa larga lista de Césares rubios: Augusto, Tiberio, Calígula, Nerón, Tito, Trajano, Claudio Probo Constantino o Valentiniano. Los cabellos rubios eran siempre preciados como elementos de belleza femenina – Popea era rubia – y las mujeres romanas se teñían (summs cum diligentia capillos cinere rutilarunt, Valerio Maximo, II, 1, 5) o se colocaban pelucas confeccionadas con los cabellos cortados a las prisioneras germánicas. Pero la realidad era que el Imperio estaba sufriendo lentamente un proceso de total orientalización.

La capacidad del Imperio de regirse durante los siglos se debió a la fuerza de la forma político-espiritual creada por Roma. Una forma espiritual se crea por un cierto tipo racial, pero, al menos en parte, lo sobrevive, en tanto que encuentra una materia que posea una mínima proporción de dicha sangre. Pero una vez que la última gota de sangre originaria se ha perdido sólo queda una forma vacía, incapaz de influenciar a una materia humana completamente diferente. El arco de la romanizad está comprendido entre dos afirmaciones: moribus antiquis res stat romana virisque, en la que la época republicana había afirmado la disponibilidad de una sustancia racial adecuada y mores enim ipsi interierunt virorum penuria, con la que la romanizad admitía su incapacidad de perpetuarse en un ambiente humano ya oriental.

El viejo campesinado itálico de impronta nórdica, casi extinguido (la desolación y la despoblación de Italia, la vastatio Italiae, es un tema común en la publicística del periodo imperial) pudo ser substituido hasta el siglo II de nuestra era por la romanizad de los colonos de las provincias y las colonias periféricas. Después, exhausto también este flujo de italicidad provincial del que habían salido los Trajano, Adriano o Marco Aurelio. La orientalización avanza de modo imparable a una velocidad que atestiguan tanto la difusión de los nombres griegos como los éxitos del cristianismo. El cristianismo, surgido de las entrañas de la nación judía - multitudo iudaeorum flagrans nonnunquam in contionibus, civitas tam suspiciosa et maledica – viene del Oriente, se afirma en las provincias orientales y encuentra resistencia en las parte europea del Imperio, a excepción de las regiones marítimas conquistadas por el cosmopolitismo orientalizante. Con el cristianismo se difunde también un nuevo ideal físico oriental, visible en mosaicos y en hipogeos (87).

La última resistencia nórdica y europea contra la orientalización del mundo clásico – la penetración excesiva de elementos extraños en el Imperio romano mediante la difusión de la concepción de la vida y la religiosidad del Orienta – estuvo protagonizada por los ilirios, este pueblo de soldados rubios y corpulentos, que dará a Roma Aureliano, Decio, Diocleciano. Es la reacción, bajo el signo del Sol Invicto, de los provinciales, de los europeos, de los legionarios contra la levantinización del Imperio y la civilización cristiano-cosmopolita. Constituye el último baluarte del paganismo contra los demagogos del Oriente, además de la defensa del danarium romano y de la pequeña burguesía itálica contra el oro de Oriente. La devaluación y el traslado de la capital a Constantinopolis, en el corazón del Oriente cristiano y antiromano, señalan el fin de la romanizad europea de estirpe nórdica. En vano el poeta Prudencio versificó la esperanza de que el Imperio se renovase y que los cabellos de la Dea Roma vuelvan de nuevo a ser rubios (rursus flavescere): la Roma indoeuropea había dejado de existir.

Paradójicamente, el Imperio sobrevivirá todavía un siglo merced a sus más acérrimos adversarios, los germanos. Al igual que a la romanizad itálica siguió la romanizad itálico-provincial del Principado, y de la misma forma que a ésta sucedió, a mediados del siglo II, la romanidad ilírica de los legionarios y de las guarniciones, en el último siglo de Roma toma forma una romanidad-germánica, cuyos ecos alcanzan hasta Teodorico.

El ejército romano del siglo IV está completamente germanizado, siendo germanos sus generales, desde Estilicón a Aecio, mientras sobre los estandartes de las legiones conservados en la Notitia Dignitatum figuran las runas del sol y del ciervo: los primordiales símbolos de la Valcamónica retornan por un instante todavía en la luz crepuscular del esplendor romano (Altheim 1960, 146). Resulta significativo que para estos germanos la palabra «romano» había llegado a tener el significado de «cobarde» e «infiel». El romano es entonces, en la acepción corriente, un tipo humano pequeño, negro, gesticulante, astuto y hábil, pero también vil y falso, exactamente como aparecía el graeculus a ojos de los romanos del periodo republicano, y como Platón, a su vez – en una Grecia todavía no desnordizada – había descrito a siros y egipcios. Este traspaso de significados puede ilustrar mejor que cualquier otro ejemplo la parábola descendente de la civilización clásica. Los pueblos hablantes de griego y latín en el siglo V de nuestra era conservaban la herencia lingüística (Sprachenerbe) de los helenos y de los itálicos indoeuropeos, pero no la sangre (Blutserbe) (88).

Los germanos se asentaron primeramente dentro de las fronteras del Imperio como colonos y federados. Tomaron posesión de las tierras entonces despobladas y desligadas de los pocos centros urbanos y marítimos dependientes de Oriente (Roma, Ravena…). Se hicieron acoger como soldados, colonos, campesinos, para posteriormente – cuando el agotamiento biológico y espiritual de la romanidad fue demasiado grande para permanecer oculto por el mito residual de Roma – imponerse como caudillos, defensores y señores. Pero con los germanos volvía a penetrar en la cuenca mediterránea el mismo elemento nórdico que ya durante la prehistoria había enderezado en sentido «europeo» la Europa del sur. Escandinavia es de nuevo madre de pueblos -Scandia insula quasi vagina populorum velut officina gentium- godos de Västergötland, burgundios de Bornholm (Burgundholmr), vándalos de Vendyssel. De nuevo la Germania es madre de rubias naciones: a los rubios indios, persas, helenos o itálicos sucedieron los rubios francos, lombardos y gordos que van a proporcionar nueva sangre a la exhausta Romania.

Nace un nuevo ciclo de civilización, la civilización románico-germánica del Occidente: románica, ya no romana, porque también los pueblos latinos han resultado transformados en su substancia por el aporte germánica. Una nueva elite nórdica «resangra» Europa con su sangre azul, «sangre azul», tal y como aparece a las poblaciones oscuras de Hispania la piel rosada que deja ver las venas de sus señores visigodos. Son los hijos de los rubios, los beni asfar: así aparecen a ojos de los árabes los cruzados quienes, paradójicamente, invierten el movimiento Oriente-Occidente, invertido por Constantino ochocientos años antes, golpeando en el Islam a aquella cultura mágico-arábiga que precisamente con el cristianismo se había lanzado a la conquista de Europa (89). Son los caballeros alemanes - decor flavae Germaniae – que con el Sacro Imperio Romano Germánico vuelven a levantar el símbolo imperial del Occidente.

Anotaciones

76. (*) Y recientemente por Lothar Kilian (1988, 140-146). Sobre la pertenencia de los indoeuropeos primigenios a la raza nórdica véase el capítulo dedicado a la antropología física de Kilian (1988, 121-153 y 1983).

77. Otto Reche (1936, 294): «Soy de la opinión que hay que buscar el territorio de origen de la raza nórdica y del tipo humano surgido de ésta, en la Europa central y sobre todo occidental de la época glacial, rica en precipitaciones, pobre en sol y fría. En la Europa nordoccidental de hoy, con su clima igualmente pobre en sol, frío y húmedo, la raza nórdica se siente a sus anchas…».

78. Gustav Kossina (1928): «La raza nórdico dolicocéfala ha debido desarrollarse a partir de estas dos razas del Paleolítico superior, la de cromañón y la de Aurignac-Chancelade, durante el primer Neolítico o el Mesolítico, que sigue a la glaciación y se considera el inicio de la Edad de Piedra reciente».

79. Eugene Pittard (1924, 261): «Los hombres que tallaron los cuchillos de sílex pertenecían a la raza de los cráneos alargados. ¿No es cierto, entonces, que este tipo étnico se mantiene y se incrementa, naturalmente, en las épocas subsiguientes hasta la aurora de los tiempos históricos? ¿Y esta constatación no está en flagrante contradicción con las teorías arqueológicas que quisieran que toda nueva civilización aparecida en Escandinavia correspondiese a una sustitución de la población precedente (pero ¿qué habría sido de ésta?...) por parte de la que aporta la cultura más reciente?».

80. Cuando M. Gimbutas escribió la obra a la que pertenece esta cita todavía proponía la existencia de una hipotética cultura kurgán más o menos homogénea que habría comprendido la cultura de las tubas con ocre o de fosa de la estepa, como cultura de origen, junto a las culturas de las anáforas globulares y de la cerámica de cuerdas. Actualmente esto es absolutamente insostenible (véase notas 35, 36, 37 y 40). De las culturas a las que se hace mención como perteneciente a los pueblos kurganes, Fatjanovo y las hachas naviformes constituyen simples grupos regionales de la cerámica de cuernas y el tipo racial de la primera está estrechamente vinculado con los grupos cordados de la llanura nordeuropea, especialmente los polacos, mientras que los grupos bálticos de la cerámica de cuerdas lo están con la Alemania septentrional y con Escandinavia. La aparición de tipos relacionados en el territorio de la estepa corresponde al periodo de las catacumbas, muy influido por la cerámica de cuerdas (Shwidetzky 1978, 249-251, Klejn 1969).

81. Hermann Grassmann, Wörterbuch zum Rig-Veda (1648 y ss.)

La etimología de hari se remonta a una raíz *ghel-gwhel, con un significado que oscila entre el color amarillo de la hiel (bien vivo en la imaginación de los sacrificadores de animales) y el verde amarillo de los pastos, conocido por una civilización de ganadores, que posteriormente se extendió a la denominación del esplendor del oro.

En latín (la labiovelar sonora *gwh produce f a principio de palabra) tenemos fel «hiel», flavus «rubio», fulvus «rosáceo» y también gilvus «amarillo miel». En las lenguas célticas tenemos el irlandés gel «resplandeciente» y el galés glain «joya». En alemán se tiene gelb «amarillo» y Gold «oro». En lituano geltas «verde», en letón zelts «oro», que se corresponde perfectamente con el tracio del oro, zelta, que nos han transmitido las fuetes griegas. En griego chlorós (gg = ch) significa tanto verde como amarillo (Ilíada, II, 631: Chlorón méli, «la rubia miel»).

Por último, en sánscrito GH = h (por ejemplo: *gheiem «invierno» produce cheimón e hiems en griego y latín, en sánscrito himàh, en Himalaya, «la cima del hielo»). La e se transforma en a (latín sequitur pero sánscrito saçate) y l se transforma en r (latín lux, griego leukòs, alemán Licht pero sánscrito ròcate «resplandor»)

Por tanto: *ghel = har-i, verde si se refiere a los pastos, rubio si lo es a los cabellos. La noción originaria es probablemente la de los pastos de la estepa que s transforman en amarillo por acción del sol.

82. (*) La ciencia genética ha podido establecer el polimorfismo genético del índice cefálico: son varios los genes de los que dependen la longitud, la anchura y la forma de la cabeza. No obstante, entre las poblaciones európidas la braquicefalia posee un carácter dominante en términos mendelianos (Marquer, 1973, 45-46, citando los trabajos de A. Schreiner, G. Frets y R. Ruggles Gates). Por su parte, C. S. Coon (1969, 109), siguiendo a T. Bielicki y Z. Welon sostiene que el aumento del índice cefálico constatado en Polonia desde 1300 hasta la actualidad (de 74 a 84) estaría provocado por una «ventaja selectiva a favor de los índices cefálicos situados en a región comprendida entre 80’5 y 83’5 de la ampliación de la variación» que presentaría una mayor tasa de supervivencia. Sin embargo, no se ha determinado cuál puede ser el factor de la «selección natural» que favorece la braquicefalia sobre la dolicocefalia en Polonia.

83. A veces se ha puesto en duda que xanthòs signifique realmente «rubio» alegando argumentos a decir verdad bastante peregrinos. Así, Giles (en la Enciclopaedia Britannica, en la entrada Indoeuropeans) ha observado que el verbo correspondiente significa «cambiar el color de la carne en color de asado» y que los griegos decían que los niños de los germanos eran poiloi, es decir, de cabellos blancos como los viejos.

Prescindiendo del hecho de que la transformación del color de la carne durante el proceso de asado implica un desarrollo en el sentido de luminosidad que no puede describirse mediante la fórmula del castaño sino que es susceptible de imponderables matizaciones, debe recordarse que Píndaro llamó xanthòs al león, Baquílides al color del grano maduro (III, 56), Platón (Timeo 68 b) nos explica que xanthòs (el amarillo) se obtiene mezclando «lo esplendoroso con el rojo y el blanco» y Aristóteles (Sobre los colores I, I) afirma que el fuego y el sol reciben la clasificación de xanthòs. El hecho que los niños de los germanos pareciesen «canosos» a ojos de los griegos ya desnordizados no resultará sorprendente si tenemos presente el color rubio platino, casi blanco, que poseen los cabellos de los niños de pura raza nórdica.

El significado de xanthòs en tanto que «rubio» no lo proporciona cualquier diccionario de griego. El BOISAQ (Diccionario etimológico de la lengua griega), Heidelberg y París 1938, traduce xanthòs por «blond» xoutòs por «jaunâtre, fauve». Frisk (Griechische Etymologisches Wörterbuch, Heidelberg 1963) traduce xanthòs por «goldgelb, rötlich, bräunlich, blond» xantokòmes por «blondhaaring», «xanthìsmata» «blonde Locken». Günther ha sugerido que pudo haberse verificado una involución del significado de santos desde el rubio claro al castaño (tal y como se observa en griego moderno) de forma paralela al oscurecimiento de los cabellos de los helenos, de su desnordización.

El significado etimológico de xanthòs es obscuro: a menudo se ha relacionado con el latino canus (de casnos) «canoso, blanco».

84. Cualquier modesto de la belleza femenina nórdica sabe que uno de los caracteres más sugerente de las mujeres del Norte son sus blanquísimos brazos de formas redondeadas, precisamente leukòlenos, en el sentido de la Hera homérica. Keats, en un soneto en el que exalta la belleza del Sur, evoca, en contraste, la belleza de las jóvenes inglesas, escribiendo: «Feliz es Inglaterra, dulces sus jóvenes ingenuas – su simple amabilidad me es suficiente – me bastan sus blanquísimos brazos que abrazan en silencio».

85. Este detalle de la huella resultará más verosímil si se considera que en el seno de las antiguas aristocracias nórdicas, a la que pertenecían los Atridas, no habrían sido excepcionales estaturas que rondasen el 1’90, mientras que la estatura media de los mediterráneos era entonces inferior al 1’60.

86. Wilhelm Sieglin, «Ethnologische Eindrücke aus Italien und Griechenland», en Verhandlungen der 46. Versammlung deutscher Philogen und Schulmänner zu Strassburg, 103, p. 121-122.

87. H. F. K. Günther (1967b, 292): «El cristianismo en el Imperio romano, una fe de individuos política, económica y espiritualmente pobres, era una religión del estrato más bajo de la población, de inmigrantes de origen oriental y africano, los cuales eran insensibles al espíritu helénico y al arte político de Roma».

88. Sobre esta latinidad lingüística, entendida de modo superficial, se fundamenta el mito antigermánico de tantos intelectuales italianos y franceses, que ha traído consecuencias políticas muy graves. Este mito ha sido desmontado por Evola (1941; 1941b y 1968). Véase también el capítulo «Latinità e germanesimo» (Evola 1967, 222): «Que en Italia… el mito de la latinidad sea especialmente apreciado en ambientes literarios e intelectuales no es de extrañar… A nosotros nos interesa, en cualquier caso, destacar que la “común herencia romana” no puede considerarse romana sin más; en los mencionados caracteres estetizantes y humanísticos, en aspectos relativos a las costumbres o incluso en algunas formas jurídicas, lo que es latino procede de un mundo que de “romano” sólo tiene la denominación, de un mundo para que la Roma antigua, heroica, aristocrática, catoniana quizás únicamente habría desprecio… Si aquellos que como “italiotas” se sienten solamente latinos y mediterráneos pudiesen sentarse cara a cara con los romanos del periodo heroico, su intolerancia para con estos últimos, para su estilo de disciplina, de honor, de jerarquía, de rectitud, de virilidad antiexhibicionista y anónima no sería menor que la que suscita en ellos el animus antigermánico y sobre todo antiprusiano».

89. Para una adecuada comprensión de los acontecimientos del I milenio de nuestra era resulta fundamental la intuición de Spengler de una civilización mágico arábiga, de la que formarían parte tanto el primer cristianismo, como el maniqueísmo, el judaísmo cabalístico y el Islam, Bizancio y Bagdad, la basílica paleocristiana y la mezquita, un mundo que disuelve la forma de la civilización clásica pero que posteriormente se enfrenta ante el alma del mundo gótico, con sus catedrales y sus chansos de geste, el feudalismo germánico y el catolicismo gótico-románico, un nuevo mundo surgido alrededor del año 1000 entre Flandes y Lombardía, entre el Elba y el Ebro.

Sobre esta cuestión véase La Decadencia de Occidente de O. Spengler y, en particular, el capítulo «La pseudomorfosis de la civilización mágica».
 
Old May 21st, 2011 #11
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VI - Conclusiones

El factor racial no puede explicar por sí solo el complejo mecanismo de las vicisitudes humanas. La raza es mucho, pero no lo es todo: constituye únicamente una de las fuerzas de las que nace la historia. A medida que nos alejamos de la sencillez de los orígenes, innumerables factores surgen para confundir las líneas del lienzo.

Sin embargo, todo aquel que busque una línea unitaria en el devenir de Europa – y no es por mera hipótesis de trabajo sino por necesidad, por lo que se plantea el problema de un mito unitario para el nacionalismo europeo del mañana – debe dirigir su mirada hacia las fuentes nórdico-europeas de la civilización de la «raza blanca».

Y cuando se haya profundizado en los orígenes de aquellos pueblos nórdicos que crecieron en las costas y los bosques de Germania para posteriormente emigrar y alcanzar los Balcanes, Italia, el Cáucaso o la India, dejando la impronta de su sangre y de su lengua en todo el área blanca, comprenderá por qué Günther había podido citar en un nuevo sentido el verso «O heilig Herz der Völker, Vaterland!» («¡Oh sagrado corazón de los pueblos, patria!»). Y cuando se haya visto nacer de una misma estirpe las civilizaciones de griegos y romanos, y surgir a Roma y Esparta de los mismos focos centroeuropeos de la dorische Wanderung, se comprenderá por qué Carl Schuchhardt había podido definir el nacimiento del mundo antiguo como «die grösste Tat, die Deutschland vollbracht hat» («la mayor obra que Alemania ha realizado»). Y si después se considera cómo Occidente, agotado y dominado por el mundo árabe-bizantino, había encontrado nueva linfa en las invasiones germánicas, y cómo se han reestructurado los pueblos europeos alrededor de los núcleos germánicos – francos, godos, normandos, lombardos -, no resultará sorprendente que Moeller van den Bruck denominase a Alemania «madre de las naciones europeas». El nacionalismo europeo no puede ser una suma confusa de nacionalismos, sino la lógica interna de la historia europea que nos enseña a reconocer la diferente importancia de las corrientes raciales.

La forma interna de la civilización europea es nórdica, y cuanto más se quiera renovar la esencia de esta civilización, más necesario será profundizar en la comprensión del alma y de la raza nórdica. Éste es el criterio que nos permitirá distinguir entre corrientes europeas y extraeuropeas en la historia de Europa, separar lo arteigen, lo que nos es propio, de lo artfremd, lo que nos es ajeno: arteigen es el doricismo, la romanidad, el germanismo, artfremd el dionisismo mediterráneo, el cristianismo oriental y el marxismo hebraico.

Esta concepción nos permite aprehender el sentido de la historia europea en su dinámica propia: no una superposición de «conquistas» - del cristianismo hasta la democracia – en una serie de «progresos» cuya lógica final es la nivelación y la bastardización, sino la lucha del orden contra el caos, de la esencia apolínea de la humanidad nórdica contra las fuerzas de la disolución.

Ésta es, tal y como la formuló Alfred Rosenberg, la concepción heroica de la historia que debe transmitir a las nuevas generaciones [90]:

«Creemos que en el sentido de la ciencia de la raza y del alma no existe una verdadera historia mundial, es decir, una historia en la que, por así decir, todos los pueblos y todas las razas sean reconducidas a una única solución sistemática. En este sentido existe una planificación de la cristianización de todas las razas que debe servir después al objetivo de humanizar a la así llamada humanidad. Por el contrario, nosotros creemos que la historia de los pueblos constituye un círculo vital completo en sí mismo y que, por ejemplo, la historia de los griegos no ha constituido una preparación sistemática para los posteriores “tiempos maravillosos”. Hoy podemos ver también que la historia de los griegos no constituyó una unidad que se mantuvo sin variaciones desde los orígenes sino que fue el resultado de un grandioso combate entre las estirpes provenientes de la Europa central y los pueblos del Asia Menor y de África. Una lucha dramática que se desarrolló contra los hombres y contra los dioses de la Tierra y de la Noche. Por tanto, hoy experimentamos en nuestro corazón un renacimiento de lo antiguo en un sentido completamente diferente que antes y mucho más profundo que antes porque disponemos de la libertad de no designar como griego todo lo que sucedió en ese pequeño pedazo de tierra que recibe el nombre de Grecia sino de eliminar todo aquello que se insinúa como un elemento extraño a la genuina vida griega. Apolo y la homérica “hija de Zeus de azules ojos”, esto es griego. El éxtasis y la demonia posteriores, esto no es griego. El templo dórico es griego, el tipo del sátiro no es helénico. Lo primero lo sentimos afín a nosotros, lo segundo ajeno».

La investigación de las raíces indoeuropeas de la civilización de Europa no posee un mero valor histórico o anticuario. Es la investigación de aquello que nos es afín y de aquello que nos ex extraño, de lo que se ha de asumir y de lo que se ha de rechazar. Es la determinación de los criterios según los cuales no se podrán aceptar indiscriminadamente todas las corrientes culturales, sino que se efectuará una selección teniendo presente la forma espiritual de la humanidad europea. Éste es el deber cuyo cumplimiento nos exígela necesidad actual, para proporcionar un mito unitario al nacionalismo europeo del mañana y, más allá de los confines de Europa, de toda la raza blanca.

Este es el punto en el que se abren los horizontes de una nueva tradición europea, una tradición en la que tiene su lugar también una nueva perspectiva religiosa europea de raíz nórdica, una Frömmigkeit nordischer Artung.

Si un día Europa alcanza su unidad y toma conciencia de esta tradición espiritual este pequeño libro de H. F. K. Günther volverá a encontrar su importancia y su significado.

Anotaciones

90. Alfred Rosenberg, Der Kampf um die Weltanschauung, conferencia pronunciada el 22 de febrero de 1934 en la sala de sesiones del Reichstag en la Opera Kroll, página 15.
 
Old May 21st, 2011 #12
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Excurso. Los orígenes de los latinos.

En el siglo pasado la lingüística comparada llegó a la idea de la unidad indoeuropea, es decir, al descubrimiento de que las lenguas germánicas itálicas, helénicas y célticas pertenecían a un único grupo lingüístico del que formaban parte también los antiguos indio y persa.

Un examen más atento de las lenguas indoeuropeas permite encontrar términos comunes para designar el oso, el lobo, el castor, la encina, el abedul, el hielo, el invierno o la nieve, lo que nos remite a sedes originarias septentrionales. La presencia de los nombres del haya, árbol que no crece al este de la línea Königsberg-Odessa, y del salmón, pez que vive en el Báltico y en el mar del Norte, pero no en el Caspio o en el mar Negro, nos permite situar la antigua patria indoeuropea en un territorio comprendido entre el Weser y el Vístula, extendido por el norte hasta la Suecia meridional y por el sur hasta la Selva Bohemia y los Cárpatos. Efectivamente, desde este territorio irradian a partir del 3200 BC una serie de culturas prehistóricas que se extienden en primer lugar por los valles del Danubio y del Dniéper, para alcanzar desde allí Italia, Grecia, Persia y la India.
En este hecho radica el origen nórdico de las civilizaciones india, persa y griega, así como la de los primigenios latinos que se asentaron sobre los montes Albanos y fundaron Roma.

Presumiblemente los itálicos – y entre ellos los latinos – llegaron a Italia también en diversas oleadas, mientras que la antigua población mediterránea iba quedando sumergida lentamente por estas invasiones, hasta que emergen posteriormente como islas dispersas ligures, etruscos, picenos o sicanos.

- Las afinidades europeas de la lengua latina.

El parentesco de las lenguas indoeuropeas es un hecho comprobado. Pero más complejo resulta el problema de las relaciones de cada una de las lenguas con las demás. Existen algunos criterios generales de agrupamiento que nadie discute: por ejemplo, una distinción entre un grupo occidental kentum (del que forman parte de el griego, el latín y el germánico, así como el hitita) y otro oriental satem, o igualmente la unidad originaria del sánscrito y el persa en una comunidad aria que incluso puede constatarse arqueológicamente al norte del Cáucaso.

Sin embargo, a menudo los contactos entre las diferentes lenguas son tan múltiples y diferentes que hacen imposible un agrupamiento preciso por grados de parentesco. Estos hechos reflejan un estado originario en el que las fronteras territoriales de los diferentes pueblos no eran precisas y las relaciones entre ellos se entretejían mediante oleadas de flujos y reflujos migratorios.
El latín se ubicó en un primer momento en una presunta unidad ítalo-céltico-germánica, es decir, se pensaba que los antepasados de celtas, germanos y latinos habían formado una unidad particular en el seno de la gran familiar indoeuropea.

No obstante, es dudoso que una tal unidad haya existido o que no haya que buscar una unidad todavía más grande en la que tuviesen cabida también el véneto y el ilirio, y con la que el báltico mostrase igualmente una fuerte afinidad. Esto nos llevaría al problema de la verdadera naturaleza del véneto y del ilirio y al de la lengua de los pueblos de los Campos de Urnas.

En efecto, todas estas lenguas poseyeron términos – indudablemente indoeuropeos – pero que no se encuentran ni en sánscrito ni en griego. Ejemplo de este indoeuropeo occidental son el galo mori, latín mare, antiguo alemán meri, lituano mares, antiguo eslavo morje; antiguo irlandés tuath «pueblo», osco touto, antiguo alemán diota y antiguo nórdico thioddeutsch»), lituano tautà e ilirio teutana («reina»). Son comunes a estos pueblos una serie de nombres empleados para designar los cursos de agua que en Europa central constituyen el estrato lingüístico más antiguo analizable, mientras que en las Penínsulas Ibérica e Itálica tienen carácter importando. Valga como ejemplo el Ala en Noruega, Aller en Alemania, Alento en Italia, Alantà en Lituania (explicable mediante el letón aluots «fuente»), Aube en Francia, Alba en España, Elba en Alemania, Albula en el antiguo Lacio, sobre el que pueden arrojar luz el antiguo nórdico elfr «río» y el antiguo alemán elve «lecho fluvial». Esta unidad lingüística, para la que H. Krahe ha creado la definición de alteuropäisch «paleoeuropeo», correspondería a la del indogermanisches Restvolk, es decir la comunidad de aquellos indoeuropeos que permanecieron por más tiempo en sus antiguas sedes.

En general, hay que tener presente que mientras algunas estirpes indoeuropeas, que se abatieron precozmente sobre el área de la civilización egea y del Próximo Oriente, poseían ya en el segundo milenio una lengua bien definida, los otros pueblos, que permanecían en su patria originaria, hablaban dialectos apenas diferenciados entre ellos. Gracias a los documentos de Pilo y Hattusa sabemos que entorno al 1400 BC en el Peloponeso se hablaba ya una lengua griega y que en la alta Mesopotamia el estado de Mitanni escribía sus documentos en una especie de sánscrito. Pero es presumible que en esa misma época lso antepasados de los latinos y de los germanos histo´ricos hablasen dialectos en estado fluido y, por así decir, que se difuminaban los unos en los otros.

- El vocabulario septentrional del latín.

Numerosas formas latinas se pueden confrontar fácilmente con formas célticas, otras con formas célticas y germánicas. Al latino piscis corresponden el gótico fisks (alemán moderno Fisch) y el irlandés iask. El latino salix encuentra su corresponjdencia en el antiguo alemán salaha y en el antiguo irlandés sailech.

Más allá del parentesco genealógico existe un tipo dea finidad lingUística que podríamos definir como ambiental. El latín, además de ser un estrecho pariente del germánico y del céltico, posee todo un corpus de términos que encuentran sus correspondencias no sólo con estas lenguas sino también con el báltico y el eslavo. Es el caso del nombre del viente del norte: en latín carus, en gótico skura, en lituano sziaurè, norte y viento del norte, en el antiguo eslavo severu, norte. Palabras que designan el frío: antiguo alto alemán kalt y kuoli, lituano galmenis «frío intenso», antiguo eslavo goloti «hielo» y zledica, latino gelu y glacies. Este vocabulario nos habla de una época en la que los antepasados de los latinos, de los germanos y de los eslavos vivían en un ambiente gélido y septentrional.

Todavía más interesante es otro término geográfico. El gótico marei, el lituano mares, el antiguo eslavo morje, el galo mori y el latino mare designan a veces el mar pero a veces también lagunas y lagos cerrados y pantanosos. El moderno alemán Moor, al igual que el latino muria no designan el mar sino el pantano. También aquí se postula una condición ambiental presente en la Europa septentrional prehistórica: un paisaje de marismas, pantanos y lagunas extendido entorno a un mar semicerrado como el Báltico.

Si se desea situar en el tiempo esta estrecha comunidad céltico-germánico-itálico-ilírico-báltica, es preciso remontarse hasta la Edad del Bronce - es decir al tercer milenio BC - época en la que los celtas no habían traspasado el Rin, ni los itálicos los Alpes ni los ilirio-vénetos el Danubio mientras los germanos vivían en sus sedes escandinavas y de la Alemania septantrional. En cuanto a los pueblos bálticos, ocupaban todavía la Prusia oriental y confinaban con los veénetos en la desembocadura del Vístula (sinus Veneticum). La participación de los eslavos en esta comunidad lingüística quizás sólo sea aparente, surgiendo del hecho de que el eslavo debió asimilar en Polonia gran parte del vocabulario venético [91]. Sólo al alba de la Edad del Hierro los celtas invaden la Galia, los itálicos Italia y los ilirios la península balcánica, lo que conducirá a una gradual expansión de los germanos por todo el territorio situado entre el Rin y el Vístula.

- Latín y germánico.

En esta unidad indoeuropea nordoccidental se pueden aislar numerosos vocablos comunes únicamente al latín y al germánico.

Pueden recordarse términos que designan partes del cuerpo como collus (posteriormente collum) y Hals, lingua (antiguo dingua) e inglés tongue y alemán Zunge, caput y Haupt. Hay también algunos términos relativos a objetos de la naturaleza como el latino limus y el alemán Lehm, gramen (de grasmen) y Gras, acer y Ahorn, saxum y antiguo alto alemán sahs «cuchillo», far y antiguo nórdico barr «grano».

Mayor importancia todavía revisten algunas particularidades gramaticales sólo compartidas por el latín y el germánico. Ambas lenguas forman adverbios numerales y distributivos con el sufijo -no: latino bini (de *duisno) y nórdico tvennr (germánico *twizna) «doble». Ambos responder a la pregunta «¿dónde?». Con adverbios de lugar que acaban en –ne: gótico utana («¿de fuera?» «von aussen») y latino superne («de arriba»). Ambos, por último, construyen sustantivos abstractos mediante un sufijo –tu: latino iuventus, «juventud» y alemán Altertum «antigüedad».

Estas particularidades, junto con otras que sería largo citar, han permitido afirmar a Krahe (1969) que el latín y el germánico fueron en un tiempo hablados por dos pueblos limítrofes: «En aquel periodo arcaico al que se remontan las coincidencias léxicas mencionadas, los antepasados de los “itálicos” se hallaban situados entre los antepasados de los celtas y los de los germanos, de forma que mantenían separados a estos dos últimos pueblos. Por esta razón la comunidad lingüística italo-germánica es más antigua que la céltico-germánica. La primera se remonta a la Edad del Bronce puesto que la palabra para “bronce” (latino aes-aeris, gótico aiz, antiguo nórdico eir, antiguo alto alemán er, de donde proviene el alemán ehern (broncíneo”)» es común sólo al germánico y al itálico. Sólo tras la emigración de los “itálicos” hacia el sur, los celtas tomaron contacto directo con los germanos, con los que comparten el término para “hierro”: galo isarno, irlandés iarnn y gótico eisarn».

Pero, aún más interesante, el latín presenta una serie de palabras que sólo encuentran correspondencia con el escandinavo, esto es con el antiguo nórdico. Al latino os corresponde el nórdico oss «desembocadura de río», al latino sanctus el nórdico sattr, al latino longaevus el nórdico longaer, y podríamos aducir más ejemplos todavía. Rudolf Much, que ha llamado la atención sobre este hecho, ha puesto de relieve que el latino auster y el noruego austr indican ambos el sur, y no el este como en el resto de las lenguas indoeuropeas, lo que en Noruega se explica debido a la particular orientación de los valles. Much ha reconocido igualmente que entre los hérulos de Odoacro se encontraban también rugios, originarios de Noruega, preguntándose si durante la prehistoria no se hubiera producido algo semejante. Por otro lado, los mismos godos eran originarios de Suecia.

- La cultura de los Campos de Urnas y el indogermanisches Restvolk.

Tanto las afinidades europeas de la lengua latina como su vocabulario septentrional pueden explicarse mediante el denominado indoeuropeo nordoccidental de Devoto, es decir, mediante aquella afinidad característica que se encuentra entre itálico, céltico, germánico, ilírico, así como el báltico y el eslavo. Esta afinidad, según Krahe, es la delindogermanisches Restvolk, esto es la de aquellos indoeuropeos que permanecieron en sus antiguas sedes centro y nordeuropeas.

No es éste el lugar para comentar todas las complejas vicisitudes de la formación del ethnos indoeuropeo y de su progresiva dispersión. Nos limitaremos a remitir a nuestra introducción a la obra de H. F. K. Günther Religiosità indoeuropea, donde aquel que lo desee podrá encontrar una amplia exposición sobre el problema indoeuropeo.

Bastará recordar brevemente que la expansión indoeuropea está ligada a dos grandes movimientos migratorios. El primero corresponde al de la cerámica de cuerdas y de las hachas de combate, estrechamente relacionado con el de las ánforas globulares, que alcanza tanto Grecia como Anatolia, el Volga y el Cáucaso. A este primer movimiento, datable entre el 3200 y el 2700 BC, se debe la separación del tronco común de griegos, hititas, tracios y arios.

El segundo, más reciente, se sitúa en torno al 1300-850 BC. Es el movimiento de los denominados Campos de Urnas (Urnenfelder).

El área nuclear de la Urnenfelderkultur es Lusacia y, en términos generales, el territorio situado entre el Elba y el Óder. Hacia el 1400 BC la cultura lusaciana se transforman en la cultura de los Campos de Urnas, que toma su nombre de los cementerios a flor de tierra en los que las urnas se alinean unas junto a otras. El rito de quemar los muertos tiene antiguas raíces en la Europa central, pero sólo ahora adquiere un carácter orgánico y totalitario. Constituye una nueva expresión del culto del cielo y del fuego que está en los orígenes de la religiosidad indoeuropea. El simbolismo de la Urnenfelderkultur se relaciona con el de las incisiones rupestres escandinavas.

Hacia el 1300 BC la cultura de los Campos de Urnas, extendida en ese momento por el territorio situado entre el Rin, el Vístula y los Alpes, estalla violentamente. Toda una serie de armas de tipo centroeuropeo, los cementerios de urnas, ornamentos, ritos, utensilios de fabricación austríaca, alemana, bohemia y húngara se expanden rápidamente hacia el sur.

Pero también hacia el oeste ocurre lo mismo. Los Campos de Urnas se extienden por todo el área francesa, la Islas Británicas y Cataluña.

La migración de los Campos de Urnas provoca la dispersión del indogermanisches Restvolk: celtas al oeste, itálicos hacia el sur e ilirios hacia el sudeste. En Grecia las ciudades micénicas caen bajo el empuje de la «migración dórica».

- Los Campos de Urnas en Italia

En Italia la incineración hacia su aparición poco antes del 1300 BC en la región de cómo, en la de Milán y en la del lago de Garda. Los bronces relacionados con estas tumbas son estrictamente centroeuropeos. Es probable que la incineración estuviese ya presente en esta época en las terramaras, los asentamientos sobre postes de la Emilia, e indudable que los modelos cerámicos remiten a ejemplares lusacianos.

Pero será tras el 1250 cuando el flujo de los Campos de Urnas inunde la península apenínica. Primeramente encontramos manifestaciones características en la llanura padana y sólo vanguardias en la Italia central (Forli-poggio Berni, Lamoncello in val di Fiora). Posteriormente las necrópolis de Pianello del Genga (Fabriano), de las acerías de Terni, de Palombara Sabina, Tolfa y Allumiere proporcionan la evidencia de una penetración de los pueblos incineradores a lo largo del valle del Tíber. Estas manifestaciones se atribuyen comúnmente a un periodo datable entorno al 1050-1000 BC.

Poco posteriores son las necrópolis de incineración que pueblan densamente los montes Albanos. En el Véneto, sobre los montes Bericios, aparece la cultura atestina. Entre el Véneto y el Lacio, en la región de Bolonia, en Tarquinia, Vetulonia y en toda la Etruria, florece la cultura denominada, debido al nombre de una localidad cercana a Bolonia, «villanoviana».

Per o los incineradores no se detuvieron en el Lacio. Desde hace casi un siglo se conoce el cementerio de Timmari, junto a Matera. Y además, tras la última guerra, han salido a la luz nuevas acrópolis de incineración Torre Castelluccia (Tarento), en Pontecagnano (Salerno), en Torre dei Galli (Pizzo Calabro) y en Milazzo. Estos hallazgos están destinados a cambiar muchas de las ideas actuales sobre los orígenes de los itálicos.

Los incineradores encuentran la Italia central ocupada por la denominada cultura apenínica, cuyos orígenes pueden remontarse hasta el 2.300 BC. Substrato mediterráneo y superestrato centroeuropeo se mezclan y se condicionan mutuamente. Sobre los montes Albanos, donde no está presente la cultura apenínica, podemos esperar encontrar con mayor pureza el superestrato nórdico. Por otro lado, donde el substrato es rico y tenaz, el elemento protoitálico resulta absorbido. Éste es precisamente el caso de Etruria. La moderna arqueología ha hecho justicia con la fábula de Herodoto sobre proveniencia del pueblo etrusco de Lidia. Existió, si, en época ya tardía, una moda orientalizante, pero no existen hallazgos precisos que puedan probar un origen en el Asia Menor. El pueblo etrusco, y la lengua etrusca, son indígenas. Y esto implica, no obstante, que la cultura apenínica de la Edad del Bronce no pudo ser indoeuropea. Los elementos de la cultura del hacha de combate que penetraron hasta la Toscana (Rinaldone) o hasta Campania (Gaudo) no pudieron haber constituido más que vanguardias de indoeuropeidad. En caso contrario, si la cultura apenínica hubiese sido ya itálica ¿de dónde habrían salido el etrusco, el piceno de Novillara y el resto de tenaces residuos mediterráneos atestiguados hasta épocas recientes?

Resulta imposible no ligar el origen del itálico, o al menos del latín, con los Campos de Urnas. El nacimiento del ethnos latino a partir de la cultura incineradora de los montes Albanos va a demostrarla.

- Los montes Albanos y Roma

Cuatro son las principales culturas incineradoras de la primera Edad del Hierro (1000-650 BC). La primera es la atestina, sobre los Montes Euganeos, matriz de la nacionalidad véneta. La segunda es la de Golasecca, en la Lombardía occidental y en el cantón Ticino. Su identificación étnica parece incierta. En función de algunas inscripciones, podría hablarse de una parcial indoeuropeización de los ligures. Todavía más complejo se presenta el caso de la cultura villanoviana, extendida desde la región de Bolonia hasta la Maremma a través de Umbría, y sobre cuyo asentamiento se desarrolla la floreciente civilización etrusca. En la zona Toscana cabría pensar en una absorción de las corrientes itálicas por parte del rico substrato apenínico. El etrusco conserva huellas de aquéllas en el vocabulario: en etrusco usil sol se relaciona con el indoeuropeo *sawel, itálico auselo (en el nombre de la gens Aurelia «a sole dicta»). El etrusco aisar se relaciona con el véneto aisus y con el germánico Asen. En la zona umbra es necesario creer que corrientes transadriáticas, a través de Las Marcas meridionales, habían inundado un área protovillanovia a fin a la véneta y a la latina. Las diferencias y las afinidades entre umbro y latino podrían explicarse mediante esta hipótesis.

En el Lacio, al sur del Tïber, los incineradores encontraron un país prácticamente desierto. Los montes Albanos, cubiertos de bosques, los bajíos del Tíber y los pantanos Pontinos no parecen haber atraído a los colones de la Edad del Bronce. Los asentamientos de los incineradores aparecen particularmente densos sobre los montes Albanos: alrededor se extienden las llanuras pantanosas. Las necrópolis de Marino, Albano, Grottaferrata, Frascati, ROcca di Papa, Castell Gandolfo, Lanuvio, Velletri, Ardea y Anzio nos proporcionan un cuadro exhaustivo de la más antigua cultura latina. EL rito es el centroeuropeo de la incineración. Fíbulas, cuchillas y armas nos remiten a ejemplares austríacos y alemanes. En la urna en forma de cabaña se ha visto a menuda una influencia indígena. Pero las urnas en forma de cabaña de Harz y del bajo Vístula, el propio nombre del Lat-ium, idéntico al de Letonia (Lat-via) y el mismo nombre de Roma, frecuente en la Prusia Oriental para designar un «lugar sagrado» (Rom-uva), Rom-inten) nos remiten a un «área venética» no muy lejana del golfo de Danzig (sinus Veneticum).

Nada menos que Giacomo Devoto ha puesto el acento sobre la mención de Venetulani en el elenco pliniano de los antiguos pueblos del Lacio y ha explicado el nombre Rutili como «los rubios».

Anotaciones

91. Véase nota 21 (*).
 
Old May 30th, 2012 #13
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Old August 20th, 2012 #14
Andres
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REalmente agradezco el trabjo de postear este material, al cual hace tiempo deseaba poder leer. Es el texto completo?
 
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